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29 MAYO 2020
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Despertar con un vasco y un navarro

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  16 votos
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Un vasco y un navarro han sido los protagonistas en paginasdigital.es de un diálogo de altura con motivo de la publicación del último libro de Julián Carrón, ‘El despertar de lo humano’. En esta conversación, en tiempo de confinamiento, han surgido cuestiones decisivas para comprender existencialmente cómo usamos la razón los huérfanos de la Ilustración y cuál es la naturaleza del cristianismo.

El navarro es Gregorio Luri, pedagogo y ensayista. El vasco, Mikel Azurmendi, antropólogo. Luri, que ha acogido el libro de Carrón con una seriedad poco frecuente, ha confesado su admiración “por la entrega entusiasta e insistente de mis amigos de Comunión y Liberación (CL) a sus hermanos”, al tiempo que ha expresado sus dificultades para compartir el subrayado en “un cristianismo de la experiencia” y en un “cristianismo del encuentro”. Luri, al que hay que agradecer su franqueza, “no puede evitar encontrar en el encuentro un emotivismo”. Le resulta difícil “aceptar un cristianismo como religión de la experiencia que ignore el valor de la ley”, un cristianismo que se ha convertido en “una religión de la salida de la religión”.

El navarro teme la enésima reaparición de Marción, el famoso hereje gnóstico del siglo II, que opuso el Dios del Antiguo Testamento, el Demiurgo malo, al Demiurgo bueno, el Dios del evangelio. Es lógico que Luri esté preocupado por la dialéctica que enfrenta la ley y el evangelio. La reinterpretación gnóstica del cristianismo que opone los dos Testamentos, como ha indicado Borghesi, recurre una larga trayectoria que tiene mucho que ver con el proceso teórico de la secularización.

También se entiende que Luri sienta cierto rechazo por el “cristianismo de la experiencia”, después de que el modernismo hiciera un uso del término subjetivista. La inquietud del navarro es la misma que tenía en 1963, el entonces cardenal de Milán, Montini, futuro Pablo VI, cuando le pidió a Luigi Giussani que aclarase qué entendía por experiencia. El fundador de CL escribió entonces un cuadernillo dedicado a este tema en el que aseguraba que “lo que caracteriza a la experiencia es entender una cosa, descubrir su sentido” y el “sentido de una cosa no lo creamos nosotros; la conexión que la une a todas las demás cosas es objetiva”. En ese texto “el cristianismo del encuentro” se concibe, no como una alternativa a la ley o la objetividad, sino como la forma, el método para que el cristianismo conserve su naturaleza, no sea noción o ética. Cualquier experiencia cristiana, señalaba Giussani, está hecha del “encuentro con un hecho objetivo, originalmente independiente de la persona que tiene la experiencia”. Pero además es necesario “poder percibir adecuadamente el significado de ese encuentro”, su significado para la existencia. “El valor del hecho con el que nos topamos trasciende la fuerza de penetración de la conciencia humana, y requiere por consiguiente un gesto de Dios”.

Azurmendi respondía a los pocos días a Luri reivindicando el valor de un encuentro particular. El vasco señala que esta es la respuesta al emotivismo cuyo origen hay que buscarlo precisamente en la Ilustración: “desde Descartes hasta Kant” los ilustrados “se hicieron con una buena provisión de estimables supuestos morales cristianos que consideraban intocables y superiores” y se pusieron a volver razonable la ley moral, “creyendo que su razonabilidad dependía de la finura argumentativa que lograsen (no de su origen cristiano). He ahí el inicio del fracaso de la Ilustración: haber pasado por alto la autoridad de la fuente de moralidad”. El fracaso se constata en el “repique de argumentarios cada cual más ‘auténtico’ (...) Nietzsche levantó acta de ese fracaso: que cada cual construya sus propios valores”. El origen de la emotividad líquida que vivimos no está en el cristianismo de la experiencia sino en una razón universal abstracta que ha perdido sustento.

¿Qué razón, qué sentimiento, qué racionalidad de la fe están en pie para el vasco y para el navarro? Luri parece cómodo con la solución que dio Hermann Cohen (siglo XIX). El pensador alemán después de haber buscado una “religión dentro de los límites de la razón (racionalista)”, apostó por un “judaísmo que dejara de ser tanto la religión de la ley como de la razón, porque el mandato de amor desborda los límites de cualquier otro imperativo”.

Azurmendi más bien indica que con el encuentro no se deja de lado la razón, el amor se hace forma de conocimiento. Se conoce a través de algo/alguien particular capaz de despertar “la admiración (...), la sorpresa ante un hecho que contradice nuestra experiencia pasada, (...) la emoción que remueve positivamente las neuronas-espejo”, conduce a la conclusión de que “aquello tan inesperadamente bueno (encontrado) es también bueno para mí”. Fue el método de Jesús con sus discípulos, de los primeros cristianos que hicieron “comparables sus vidas” con las de los paganos. “Es el método que usamos los humanos para constantemente mejorar nuestras vidas”, asevera el vasco.

El diálogo ha surgido en un momento en el que se nos ha hecho urgente volver a aprender cómo usar la razón para poder despertar.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  3077 votos
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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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Elena Simón | 432 comentarios valoración: 2  4180 votos

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