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25 MAYO 2020
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Viajando por Tiempos recios, leyendo Latinoamérica

Lucas de Haro | 0 comentarios valoración: 2  8 votos
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A trompicones, por los numerosos incidentes e interrupciones de estos meses, he conseguido terminar Tiempos recios, la última novela de Vargas Llosa. No lograba entrar en ella durante los primeros capítulos; luego, la aparición de Trujillo y Johnny Abbes disparaba la sospecha de que me estaba leyendo una copia lejana de La Fiesta del Chivo.

Pero, según avanza el relato, algunos personajes te van conquistando, sus maltrechas historias –que no sepultan su inteligencia y astucia– transmiten simpatía y compasión; con menos dureza que en la novela sobre el dictador de Dominicana, son las mujeres y los mayores que recuerdan cuando fueron alguien los que mantiene el hilo de humanidad del relato. Un hilo que no fui capaz de identificar con claridad en todo el tiempo que entregué a las más de setecientas páginas de Conversación en la Catedral; me desilusionó la que los expertos catalogan como la obra maestra –o, al menos, una de ellas– de MVLL. Compré la novela en una librería de Lima y los días siguientes paseé por algunos de los escenarios que recorre Zavalita en aquel Perú de Odría, eso calentó la imaginería épica de mi lectura; pero, a pesar de hacerme camino a través de la enrevesada des-cronología narrativa y acabar encajando la majestuosa construcción de los personajes que los entendidos destacan de Conversación en la Catedral, no encontré el rescoldo de vida que se esconde tras el infame recuerdo de Urania Cabral y que estructura La Fiesta del Chivo o en el seductor carácter de Martita, Miss Guatemala, que guía al lector a través de Tiempos recios. Supongo que escribir estas ignominias sólo se las puede permitir un no-experto.

Tiempos recios no sólo merece la pena por ese magnético personaje basado en Gloria Bolaños, ni por el largo desarrollo de los avatares del torturador Abbes García, ni por el cambio final de marcha en el que el autor aparece en las últimas páginas sin saber si él también se une a la fabulación narrativa o si el libro se ha transformado definitivamente en un ensayo para dejar de ser una investigación novelada. Es precisamente en esas últimas páginas, en las ultimísimas líneas, cuando MVLL –gran conocedor, investigador y analista de la historia política de Latinoamérica en el siglo XX y la influencia de Estados Unidos en la misma– lanza una hipótesis que intercepta todo mi interés. Una hipótesis que me hace recorrer la decena de obras ambientadas en esa región y esas décadas que he leído desde que abriera las primeras páginas de La Fiesta del Chivo en 2012 hasta estos días de cierre de Tiempos recios. Recupero todos esos libros, uno a uno, de la librería de nuestra casa echando en falta los cuentos de Cortázar, ¡a saber dónde estarán o en qué avión los habré olvidado! Me detengo en las de mayor peso histórico y político, ni las historias de Green sobre Méjico y Cuba (muy temprana en el siglo pasado la primera y particularmente cómica la segunda), ni el trepidante Adiós Muchachos de Ramírez, ni las propias obras de Vargas Llosa aventuran una hipótesis tan grave. Recorro también mis treinta visitas a trece países diferentes de América Latina y el Caribe desde aquel 2012 y cómo he seguido más o menos de cerca muchas de las noticias políticas que sucedían allí, llenando las conversaciones con las gentes que encontraba: la inesperada y apreciada gestión económica de Ollanta Humala, el rescate del FMI a Argentina y la enésima devaluación del peso en 2018, las últimas y apuradas elecciones de Evo, la ruptura entre Lenín Moreno y Correa, las políticas estatalitas de AMLO, el suicidio de Alan García, el chascarrillo continuo de los panameños al recordar a los paracaidistas americanos enredados en los manglares de la ciudad durante la invasión contra Noriega, etc. En algunos casos incluso he asistido a discursos de Macri y Santos, he anulado un viaje a Bolivia por una de sus virulentas huelgas generales, salí entre (lejanos) disparos y (cercanas) columnas de fuego y humo de Puerto Príncipe en unas de esas sangrientas y habituales revueltas de Haití que pasan desapercibidas para el resto del mundo a pesar de que mueran asesinadas decenas de personas, etc. Y en este ir y volver de recuerdos entre viajes y libros me resulta particularmente relevante la idea de MVLL de que la intervención de la CIA en Guatemala para subir al poder a Castillo de Armas en 1954 es la acción que mayor desequilibrio provocó en el continente durante el siglo pasado y la raíz del retraso en el desarrollo de aquellos países.

¿Guatemala? ¿La intervención en ese pequeño país de Centroamérica consiguió afectar de manera tan negativa a gigantes como Méjico, Perú o Chile? Estados Unidos sospechaba de una posible deriva comunista del gobierno de Árbenz –cuya acción presenta el Premio Nobel orientada a la modernización y socialización del país, hacia una democracia capitalista– poniendo en peligro no sólo el equilibrio de la región en favor de la geoestrategia soviética, sino también los intereses de la estadounidense United Fruit dedicada a la exportación de las bananas guatemaltecas. Para remediar estos supuestos peligros, se orquesta la llegada de Castillo de Armas, quien aparece en Tiempos recios como un hombre inseguro de quien los norteamericanos desconfían incluso antes de darle el poder para así derrocarlo, si es que se supiera quién lo asesinó, tan solo tres años después.

Estos pasos en falso disparan la siguiente aritmética en MVLL: “Hechas las sumas y las restas, la intervención norteamericana en Guatemala retrasó decenas de años la democratización del continente y costó millares de muertos, pues contribuyó a popularizar el mito de la revolución armada y el socialismo en toda América Latina”. En estos recios tiempos de polarización global y disputas locales, resuenan claras las palabras que critican los populismos y los excesos que ayudaron a generarlos.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  3071 votos
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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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Elena Simón | 431 comentarios valoración: 2  4174 votos

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