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11 JULIO 2020
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>Entrevista a Josep Antoni Durán i Lleida

"Esta pandemia exigirá una revisión de la globalización"

Ángel Satué | 0 comentarios valoración: 2  33 votos
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Vivimos en un tiempo de transformaciones sociales, agravadas por la pandemia planetaria de 2019. “Todo fluye y nada está en reposo”, decía Heráclito. ¿Estamos abocados al cambio continuo en la forma de organización del estado en España?

Como introducción, me parece necesario remarcar que la pandemia que estamos sufriendo va a cambiar muchas cosas. Todavía no sabemos exactamente cuáles y sobre todo en qué sentido y con qué intensidad.

Pero lo que vendrá tras la crisis será en muchos aspectos diferente a lo que tenemos ahora. La incertidumbre es, hoy por hoy, lo que domina cualquier reflexión sobre el futuro. Quien diga que tiene ya las respuestas está mintiendo y si mentir es siempre grave, lo es mucho más ahora en la crisis más global que hemos tenido en décadas.

Desde la Constitución del 78 España es un Estado autonómico, con pretensiones federales, pero sin llegar a ser un estado federal. Con anterioridad a la pandemia, el sistema autonómico español había entrado en crisis. Se necesitan cambios, que incluso pueden ser constitucionales.

La gestión muy centralizada de la crisis sanitaria, con concentración de poder en el gobierno central en competencias transferidas a las CCAA, puede acelerar en un futuro próximo esos ajustes en el Estado de las Autonomías. Alemania, que como es sabido es un Estado federal, ha optado por una permanente coordinación de las decisiones de la canciller Merkel con los ministros-presidentes de los länders. Aquí se ha optado por otro tipo de gestión y ha producido rechazo de las autonomías con mayor o menor intensidad en función de si su gobierno es o no del mismo color político que el del gobierno central.

En este sentido, la pandemia podría acelerar un cambio que previamente ya estaba en la lista de espera de la agenda política.

Estos cambios vendrían en un clima político, cuando menos, enrarecido…

El problema de España de cara a afrontar cambios en la organización del estado es la fuerte polarización de la política y el ascenso del populismo, sea de derechas o de izquierdas.

Los cambios positivos son aquellos que se dan mediante consenso, es decir diálogo, transacción, renuncias y acuerdo. No parece que el clima de nuestras Cortes Generales sea el más adecuado para profundizar esa vía. A ello hay que añadir la falta de lealtad institucional y no me refiero solo a la cuestión catalana con la posición secesionista del independentismo. Este es un caso aparte.

Y, ¿podría haber cambios en la propia organización de la Unión Europea?

La pandemia afecta y afectará también a la estructura de la Unión Europea. Europa se ha hecho paso a paso y la coyuntura global antes del coronavirus exigía ya dar pasos de gigante en la profundización de la unificación europea. Jean Monnet hablaba de que Europa se iría forjando en crisis y sería la suma de las soluciones adaptadas para esas crisis. La UE estaba inmersa en una de ellas, y muy profunda, antes de la pandemia. No resolvimos bien la crisis financiera de 2008, ni la del euro de 2010. Ni tampoco la de los refugiados de 2015.

Además, la globalización nos demandaba mayor integración para afrontar los retos políticos, económicos y tecnológicos de un nuevo escenario caracterizado por la pujanza de China y la renuncia de los EEUU al atlantismo y al multilateralismo.

¿Qué papel debería jugar la Unión en el mundo?

La UE debería garantizar su autonomía estratégica ante Washington y Pekín. Pero llegó la pandemia y ésta exigirá una revisión de la globalización. Son muchos los que dicen que la Covid19 provocará su repliegue. La UE tiene un reto a muy corto plazo: la pandemia es un test enorme para la UE y habrá que ver si será capaz o no de articular un plan de reconstrucción que impida que el binomio austeridad-solidaridad incremente la ya existente desigualdad. Si en los próximos días el Consejo Europeo no es capaz de consensuar una respuesta, se acabó la UE. Si lo consigue, dará un paso de gigante para abordar su segundo reto: influir en el diseño del mundo tras la pandemia e influir decisivamente para una gobernanza internacional que permita ser más eficaces y rápidos en el manejo de las crisis mundiales.

En este sentido, en una Europa que quiere abordar los desafíos y riesgos globales, derivados en parte de la globalización que menciona, ¿el modelo federal sería adecuado? ¿Por qué?

Europa tiene que ser capaz de asumir y gestionar su propio destino dotándose de un peso global que le permita ser un notorio actor estratégico. Debe volver a encontrar un lugar en el mundo y no será fácil conseguirlo. Nuestra estructura institucional no sirve para afrontar el actual marco geopolítico, las guerras comerciales y las geoestrategias derivadas de un mundo cambiante. A mí me parece bien la apuesta por una Europa federal, pero lo importante es definir su contenido (no creo que sea lo más importante ponernos de acuerdo con el continente, es decir con el nombre de la cosa). Los estados miembros deberían ceder mucha más soberanía a la Unión y hacer de la Comisión un auténtico gobierno europeo y por supuesto acabar de normalizar al Parlamento como máxima expresión de la soberanía de la ciudadanía europea. El principio de subsidiaridad –que no es ningún invento de Giscard d’Estaing, pues sabido es que por mucho que él lo introdujera en la Convención Europea procede de la Doctrina Social de la Iglesia– debería regular un eficaz reparto de competencias entre el gobierno de la Unión, de los Estados y de las «regiones».

¿Qué cuestiones apremiarían más en este ámbito europeo?

A mi juicio, hay cuatro cuestiones que me parecen urgentes: culminar la Unión Económica y Monetaria, hoy limitada a la unión monetaria; una política de inmigración común; una política de defensa y seguridad que asuma el nuevo escenario que crea la actitud de repliegue atlántico de EEUU con Trump y las guerras cibernéticas y bacteriológicas; y acabar con la regla de la unanimidad.

A partir de aquí podríamos hablar de políticas concretas; una política fiscal europea; incrementar los recursos presupuestarios; un nuevo contrato social; políticas firmes, pero asumibles en la lucha contra el cambio climático; una política eficaz de cooperación con África, con atención especial al África subsahariana; aunar esfuerzos para tener activos en la lucha por la hegemonía digital que hoy libran China y EEUU, en la que la UE ni está, ni se la espera… Y, finalmente, y en ello España debería jugar un relevante papel, hay que fortalecer la vinculación con América Latina. Y no son las relaciones económicas el factor más determinante de una mayor simbiosis con los latinoamericanos, sino la comunidad de valores. Tanto el continente americano, incluidos los EEUU, como la UE deberíamos ser muy conscientes de qué valores tenemos en común y de la necesidad de que ambos afronten mancomunadamente la carrera hacia el liderazgo global de China en el siglo XXI. No para pelearnos, sino para colaborar desde nuestras sólidas posiciones y, sobre todo, desde la defensa de los derechos humanos y la democracia liberal.

El principio de nacionalidad wilsoniano exigiría un estado para cada nación cultural, (cuius regio, eius natio). La idea de una Europa de los Pueblos sigue estando presente, ¿no cree que el anhelo de tener un estado no está ya muy devaluado en la sociedad global e interdependiente, donde por una parte la soberanía se comparte entre estados, entre estos organismos internacionales y con entidades infra-estatales, y con agentes sociales, y su noción se separa paulatinamente de la noción del territorio; y, por otra parte, el sentido de pertenencia, las lealtades de las personas se van transfiriendo a otros planos, como a las marcas globales y redes sociales?

La respuesta que le daré será totalmente distinta de la que le hubiese dado hace tres meses, antes del impacto de la pandemia. Es verdad que en un mundo global regido por la interdependencia lo óptimo era –y espero que siga siendo– crear espacios que superaran fronteras y acabaran con la división de los estados. Pero aun reiterando lo que le decía al principio en torno a la incertidumbre, no se puede ignorar que hoy la fotografía es distinta a la de hace tres meses. La Covid19 ha reforzado a los estados en detrimento de lo global, tal como lo veníamos entendiendo.

Y también frente a la UE. Vivimos tiempos de remisión del globalismo. La propia ausencia de una gobernanza global que gestione los efectos de la pandemia refuerza a los estados. Y, por cierto, también está reforzando a las familias. El filósofo Javier Gomá afirmaba estas últimas semanas que el combate contra la pandemia –que algunos conceptúan como «guerra », aunque personalmente no comparto este término– legitima al estado y debilita al nacionalismo no estatal. Los estados –y España es un ejemplo– refuerzan su soberanía y aparecen como garantes principales de la salud y los ciudadanos tienden, en momentos de grave inseguridad, a aceptar su protección. Nos estamos enfrentando a un reto para el que no estábamos preparados y, a pesar de que a mi juicio el reto es global y precisa de soluciones que solo se obtienen de la colaboración, los estados toman posiciones individuales. Cuando le contesto esta pregunta aparece en mi móvil que Francia pondrá en cuarentena a los ciudadanos españoles que viajen al país vecino. Es la respuesta a nuestra cuarentena. Vamos a ver cómo acaba la lucha entre la necesidad de una respuesta global a la crisis y las inercias en favor de fortalecer a los estados. Quien fuera director general de la OMC, Pascal Lamy, dejaba una buena reflexión para la dimensión comercial de este combate entre lo local y lo global: la Covid19 va a acelerar el tránsito del proteccionismo al precaucionismo.

¿Parece pues que la globalización tomará otro curso?

Como mínimo, habrá que pensar que vamos hacia una reforma de la globalización. Y si es en los momentos de crisis cuando se crean las mejores oportunidades, valdría la pena repensar la globalización en aquellos aspectos que han provocado la generación de demasiadas desigualdades. En cualquier caso, pienso que la posible remisión de lo global, si bien refuerza el nacionalismo, solo lo hace de aquel que deriva del estado-nación, no del nacionalismo que aspira a que su nación se constituya como un nuevo estado. Es decir, la Covid19 podrá reforzar el nacionalismo español, francés o italiano… pero no el catalán, el corso, o el padano.

En 1955 Adenauer decía que “la época de los estados nación ha llegado a su fin. (…) Ha terminado una era, y (que) comienza una nueva época en que los hombres miran más allá de sus fronteras y trabajan en cooperación fraternal”. ¿Es esta la aportación que podemos hacer los católicos al mundo, a la política, poner punto final a la desconfianza?

Para mí, el ideal hay que situarlo en la actualización de los valores de los padres fundadores de Europa, de Adenauer, que usted cita, de Schuman, de De Gasperi. No tiene sentido alguno crear nuevas fronteras, ni reforzar las existentes… no tiene razón de ser crear nuevos estados y el ideal europeo es superar la actual división y a partir de la cooperación fraternal que refiere la pregunta construir una Europa unida. Necesitamos la Europa de los valores que ésta perdió en 2015 con la crisis de los refugiados. La construcción de Europa fue principalmente, aunque no exclusivamente, obra de dirigentes cristianos y el espíritu de sus fundadores es el que hay que adaptar a los nuevos retos del siglo XXI. También los que nos legará la presente pandemia.

¿En esta nueva sociedad global, surgen ciudades con mucho peso planetario, así como regiones trasfronterizas, que son verdaderos polos económicos? Parece que el modelo de estado nación no es del todo eficiente en estas relaciones económicas y comerciales mundiales. ¿Comparte esta idea?

Sí, sí la comparto. A mi juicio son dos ideas distintas. Una es la de las ciudades con peso planetario y la otra, la de las regiones transfronterizas.

Esta última hace tiempo que viene funcionando. La de las ciudades con peso planetario es más reciente y es la que me parece más atractiva. No siempre son ciudades que ejercen la capitalidad de un estado. En España, aparte de Madrid, Barcelona es un ejemplo de ciudad de peso planetario.

Eso sí, con menos activos de los que podría tener debido a la merma que el independentismo ha provocado. Si yo fuera un dirigente independentista de los que reclama para Catalunya un estado propio independiente, habría centrado todas las energías en apoyar la potencialidad de Barcelona.

¿En qué sentido?

Esas ciudades con mucho peso planetario de las que habla vienen a ser una actualización de las ciudades-estado previas a la edad moderna. La gran fuerza de Catalunya radica en ese potencial de Barcelona. No se trata de ignorar al resto del país sino de saber que este tipo de ciudades son las que pueden actuar como palancas que amplifiquen la fuerza del conjunto. Habrá que ver cómo se van dimensionando los cambios que provoca la pandemia para poder valorar si el potencial de las ciudades con peso planetario sigue intacto o la reformulación del globalismo les resta potencial. No lo sé, sinceramente.

¿Qué se debe repensar de la relación entre la sociedad, el mercado y el estado tras esta crisis, a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia o de la propia encíclica del papa Francisco, Laudato Si’?

Nuestro sistema económico ha sido puesto en cuestión por la pandemia. Creo que la seguridad sanitaria pasará a ser el eje central de nuestras vidas. Todos primaremos –todavía más que ahora– la salud como componente fundamental de nuestro bienestar. Creo que la pandemia corregirá los excesos económicos en los que muchos hemos incurrido y, por supuesto, las administraciones públicas. Las personas hemos estado al servicio de la economía. Intuyo que tras la crisis actual se producirá una redimensión del consumismo que será útil en la lucha contra el cambio climático. Se tomará mayor conciencia de uno de los pilares de la Doctrina Social de la Iglesia: la economía al servicio de las personas, en la que el ser humano no es una mercancía más. Los excesos del liberalismo económico serán sustituidos por el comunitarismo, otro pilar de la Doctrina Social de la Iglesia: las personas no tenemos sentido si no nos contemplamos en nuestra solidaria proyección hacia el resto de la comunidad.

¿La solidaridad es la vía?

Hay que reforzar la solidaridad dentro de cada país y entre países. El individualismo reinante en nuestra sociedad ha sido letal. Por otra parte, nuestras sociedades no aguantan más desigualdad, están al borde del abismo y el aggiornamento de la globalización está obligado a contemplar las necesidades de la gente corriente si se quiere evitar –y quizás llegamos tarde– que el descontento alimente un populismo que acabe con nuestros sistemas democráticos.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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