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29 MAYO 2020
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Juan Pablo II, la grandeza de la normalidad

Antonio R. Rubio Plo | 0 comentarios valoración: 2  16 votos
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En la conmemoración del centenario del nacimiento de Juan Pablo II han aparecido varios libros interesantes sobre aquel gran pontífice, uno de los más destacados del siglo XX y que sigue siendo fuente de inspiración y meditación para muchos cristianos. Confieso como historiador que hay algo que no llevo bien al abordar la historia del papado. Me refiero al capítulo de las comparaciones, a la manía de algunas personas de destacar los rasgos de un pontificado y contraponerlos a otro, como si de polos opuestos se tratara. Esta mentalidad arroja a algunos papas al olvido o se fija solo en lo anecdótico, en cosas con menos importancia de las que se cree. No se debe caer en la tentación fácil de ideologizar el Magisterio pontificio. Según el papa Francisco, la ideología mata, asesina la vida y hace del Magisterio una pieza de museo. En consecuencia, el Vicario de Cristo no debe ser valorado exclusivamente por unos aspectos de sus enseñanzas, o de su carisma, porque la percepción resultante no se ajustará a la realidad. Por eso ha sido muy oportuna la publicación de ‘San Juan Pablo Magno’ (ed. Palabra), obra en su mayor parte del sacerdote, teólogo y escritor Luigi Maria Epicoco. Es además una entrevista al papa Francisco donde se recogen sus recuerdos y opiniones sobre Juan Pablo II.

La conclusión básica que se debe sacar de la lectura de este libro es que Francisco tiene siempre entre sus referencias al papa polaco. De hecho, en la homilía de la misa que el cardenal Bergoglio pronunció en su memoria en Buenos Aires el 4 de abril de 2005, lo calificó de Juan Pablo II, el coherente: “La coherencia se va elaborando en el corazón con la adoración, con la unción al servicio de los demás y con la rectitud de conducta”. No se trata de cualidades que uno pueda adquirir por sí mismo, no es un voluntarismo de empeñarse en llevar una vida recta. Eso estaría muy en línea con lo que hoy algunos llaman la “autorrealización”. Antes bien, Bergoglio conocía el secreto de Karol Wojtyla, un secreto bien sencillo y aconsejable para todos los cristianos: “Era coherente porque se dejó cincelar por la voluntad de Dios. Se dejó humillar por la voluntad de Dios”. Pero como bien dice el papa Francisco, la elección de Dios es misteriosa, elige el instrumento que Él quiere. Lo único que debe tener en cuenta el elegido es que ha sido elegido porque es amado. Toca a Dios escribir su historia.

Las cualidades de Juan Pablo II fueron importantes: capellán universitario, profesor de Filosofía, alpinista, esquiador, hombre de intensa oración… Pero quien tenía la última palabra era Dios. Y esto mismo podría aplicarse a Jorge Mario Bergoglio, con tareas y responsabilidades desde su juventud. Ambos tendrían que enfrentarse a situaciones inéditas con una mezcla de valor y temor al tiempo. De esa mezcla nace la virtud de la prudencia, la auténtica virtud del gobierno, tal y como señala Francisco en el libro. El valor acompañado del temor sirve para mantener una actitud humilde que permite avanzar con los pies bien pegados a la tierra.

Luigi Maria Epicoco inserta unos fragmentos de ‘Don y misterio’, el libro con el que Juan Pablo II conmemoró el 50º aniversario de su ordenación sacerdotal. Es una obra bien conocida por el papa Bergoglio, que ha reconocido la influencia del pensamiento de Juan Pablo II sobre el sacerdocio en su etapa de arzobispo de Buenos Aires, en las cartas dirigidas a los sacerdotes y en las homilías del Jueves Santo. No deja de ser curioso que en aquella época, según reconoce Francisco, algunos le tacharan de conservador. Cabe añadir que las etiquetas son a menudo tan efímeras como cambiantes, y se asemejan probablemente a lo que se suele conocer como escándalo farisaico (Lc 7, 31-35). La tarea fundamental del sacerdote es, sobre todo, la oración y el anuncio de la palabra, pero otro de sus principales carismas es el del acompañamiento. Pero como bien señala Francisco, no debemos olvidar que este es un carisma de todo bautizado, válido para laicos, consagrados y sacerdotes. Todos debemos aprender de un pastor como Juan Pablo II que deseaba estar en contacto con la gente, que amaba a la gente y la gente le correspondía con su amor. Por lo demás, el papa actual recuerda la vinculación de Juan Pablo II con la misericordia. Una de sus primeras encíclicas fue ‘Dives in misericordia’ e instituyó la fiesta de la Divina Misericordia. Misericordia es uno de los nombres de Dios, recuerda, por su parte, el papa Francisco. El sacerdote encuentra su plena realización en el testimonio de la misericordia, añade en este libro, aunque esto vale también para cualquier cristiano.

‘San Juan Pablo Magno’ es un libro que combina acertadamente pasajes de la vida de Juan Pablo II con recuerdos personales e interesantes observaciones de Francisco. El papa polaco es un ejemplo de santidad asequible, aunque se le haya dado el calificativo de Magno. Sobre este particular, añade el papa actual: “Pienso que la grandeza de este hombre está escondida en su normalidad. Nos ha demostrado que el cristianismo habita en la normalidad de una persona que vive en una profunda comunión con Cristo”.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  3077 votos
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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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Elena Simón | 432 comentarios valoración: 2  4180 votos

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