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29 MAYO 2020
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Recuperar el espacio público y la conversación

Francisco Medina | 0 comentarios valoración: 3  24 votos
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Ante la confusión que se está viviendo hoy en España, es alentador comprobar que aún existen algunas mentes pensantes en la prensa digital y en Twitter que constatan las consecuencias, a nivel social y político, de la cultura de las performances y de los llamados “zascas”, del postureo y el recurso al insulto inmediato, signo de la burbuja y de lo arraigada que está hoy la cultura de lo identitario como autoafirmación. A nivel político, ciertamente, las últimas sesiones del Congreso fueron un lamentable espectáculo, una patética puesta en escena en que el narcisismo del tipo “¿me estás amenazando, Echániz?” o “no envíes a tus sicarios a mi casa. Ven tú” son un reflejo de lo que a nivel social sucede. Los políticos son el rostro de lo que la sociedad, en cierto modo, elige.

Se puede y se debe criticar al Gobierno, y hasta se debe plantear alternativa. Con los desafíos que el COVID-19 ha planteado y los que ya están desde hace tiempo (una economía de rostro humano, una revolución tecnológica que no sustituya al pensamiento y al discurso de los hombres, una urgente toma de conciencia de los desafíos del cambio climático…) podría, y debería, empezar a abrirse camino en la sociedad –entre la gente, entre nosotros– el contenido de la experiencia de lo que significa la vida pública como estar juntos. Que yo pueda ser visto y oído por otros, que podamos mirar un mismo objeto desde diferentes puntos de vista, que existe un mundo común que compartimos, y en el que podemos hablar es un verdadero milagro que nosotros no podemos darnos, es consecuencia de algo que está antes: el origen es prepolítico.

Lo que ha puesto de relieve, a mi juicio, el autollamado movimiento de resistencia democrática es reflejo de un problema estructural originado por la incapacidad para dialogar y para escuchar. A los llamados escraches han sucedido las caceroladas y nuevos escraches, parte del tan cansino movimiento hegeliano que nos está consumiendo de tesis-antítesis, y del que no se deriva ninguna síntesis. Parece como si la única forma de narrar la experiencia de cada uno fuese exhibir banderas (anarquistas, republicanas o monárquicas, lo mismo me da que me da lo mismo) y músculo y soltar mamporros verbales (y físicos) a diestro y siniestro.

Nunca fueron inocentes las protestas que la izquierda, en su día, organizó contra el Gobierno del Partido Popular (el No a la Guerra, el Prestige…y tantas otras convocatorias “espontáneas”), como también resultó evidente la apropiación de un deseo de justicia que albergó, en el origen, el movimiento 15-M (fagocitado por las corrientes que, en su día, fundaron Podemos) o el de las Mareas. La ideología te acaba convirtiendo en un auténtico Maquiavelo. El problema es que te llevas a mucha gente por delante.

Tampoco es espontáneo el fenómeno de las caceroladas; es evidente que hay una organización detrás, personas de las que no se sabe en público su nombre, pero tienen un rostro. Y que dominan el arte de la agitprop y las redes sociales. Tanto que han conseguido que muchos llegaran a creerse esta lógica del asedio. No estamos en Venezuela, por mucho que se diga, y tampoco estamos en un estado policial. En el fondo, es la misma lógica asumida por los movimientos universitarios y de jóvenes apadrinados por la órbita antiglobalización. Lo que sucede es que ha surgido una especie de religión política a la derecha: introducir el Reino de Dios en la tierra. Quizá va siendo hora ya de que sea lectura obligatoria para los católicos el libro de Santiago Mata El Yunque en España, para darnos cuenta del peligro enorme que existe para quienes, como cristianos, vivimos y nos movemos en sociedad. Nos conviene abrir los ojos: esta aristocracia del espíritu no introduce más que división, como algún obispo ya ha constatado. En lugar de ciudadanos, crea napoleoncitos.

Se cuentan con los dedos de una mano quienes se han atrevido a asumir un pensamiento de frontera, que recoja la realidad poliédrica, la riqueza cromática que supera el binomio blanco-negro tan imperante en estos días. Nos falta conversación. Y para eso hay que asumir que el espacio público no es nuestra casa; es el mundo común, el lugar en el que ves y otros te ven, en el que interpelas y cuestionas, y en el que otros te interpelan; en el que criticas y te critican. Que esto no suceda ahora es reflejo de que, en el fondo, la vida pública se está privatizando: convierto el espacio de la calle, del trabajo, de la comunidad, en una proyección de lo que vivo en casa.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  3077 votos
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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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Elena Simón | 432 comentarios valoración: 2  4180 votos

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