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27 SEPTIEMBRE 2020
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Reflexión

Pilar Rahola | 0 comentarios valoración: 2  30 votos
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La maravilla de esta revolución digital acelerada por el confinamiento... De golpe, ahí estamos, cinco supervivientes de la época del papiro pero felizmente metidos en nuestra cajita-pantalla, esperando el turno para hablar, porque esto de la videoconferencia no permite el pisoteo clásico de los debates apasionados. Y así, desde Milán a Barcelona, pasando por Madrid y Granada, mantenemos una intensa reflexión sobre lo humano y lo divino, animados por el culpable del encuentro, nuestro lúcido anfitrión Julián Carrón.

El motivo es la presentación, en YouTube, de su último libro, El despertar de lo humano, una profunda reflexión en formato de entrevista con Alberto Savorana. Y, como pasa siempre que nos enfrentamos a las reflexiones de este sacerdote, profesor universitario, estudioso del Nuevo Testamento y presidente de Comunión y Liberación, todos los participantes intentamos elevar el pensamiento para estar a su altura. Carrón es un magnífico agitador de ideas, pero no en el sentido provocador del término, sino en la dimensión ética y transformadora. Y así, siguiendo las huellas de su “despertar humano”, el escritor Jesús Montiel, el periodista Pedro Cuartango, la profesora de la Complutense Guadalupe Arbona y yo misma debatimos sobre los desconciertos y los miedos, pero también las esperanzas que nos ha provocado lo que Carrón llama este “tiempo vertiginoso”, en un viaje hacia los abismos interiores de la existencia.

De la intensa conversación, extraigo algunas ideas-fuerza para la reflexión colectiva. Por ejemplo, la convicción de Cuartango de que la explosión de humanidad que hemos vivido con el confinamiento, con toda esa cantidad ingente de personas que se han dejado la piel en ayudar a la población, médicos, enfermeros, científicos, personal de la limpieza, trabajadores de la alimentación, policías..., es la evidencia de la muerte del nihilismo. La nada ha sido devorada por un todo de miles de seres humanos entregados a la humanidad. Y, también, la idea del amor, que Jesús Montiel eleva a categoría de fuerza-motor, capaz de rescatarnos y protegernos. Hablamos del sentido de lo humano, de la recuperación de valores, de la razón, de la fe... Y aunque unos somos agnósticos y otros creyentes, todos acordamos que el Dios humano, ese que sufre y duele con los dolientes, es una presencia luminosa. Los creyentes la perciben y les acompaña. Los no creyentes, la percibimos en los creyentes que nos acompañan. Y en ambos mundos, se impone la voluntad de trascender por encima de nuestras miserias.

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