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10 JULIO 2020
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Meditación de Pablo VI ante la muerte. El don de comprender el secreto de la vida

Danilo Zardin | 0 comentarios valoración: 2  24 votos
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“Finis venit, venit finis. Es el fin… viene el fin”. La lapidaria sentencia del profeta Ezequiel (7,2) marca el tono con que arranca la Meditación de Pablo VI ante la muerte. Se trata de una suerte de testamento espiritual recogido en pocas páginas. El santo pontífice lo redactó muy probablemente en los primeros meses de 1966.

Hacía poco que había concluido el Concilio Vaticano II. La fuerza transformadora del impacto de la crisis de aquellos años cruciales aún no había manifestado los dolorosos resultados que se verían poco después y el vicario de Cristo, a punto de cumplir setenta años, conservaba toda la vivacidad de una inteligencia aguda, unida a una fina sensibilidad pastoral en su largo servicio a la Iglesia. No asomaban amenazas de salud que hicieran presagiar el riesgo de una interrupción próxima de su aventura en el escenario del mundo. Pero el realismo obligaba a reconocer que nada está garantizado para siempre en la vida, ni siquiera las metas más altas y entusiasmantes. El trasfondo de la fragilidad, la volubilidad de las circunstancias, el riesgo de precipitarse en el vacío y en el dolor se perfilan entre los pliegues de cada momento en el camino de la existencia. Ni siquiera un Papa está exento, es algo que todos compartimos.

Pablo VI, en su intensa meditación personal entre los apuntes de sus memorias autobiográficas, se deja interpelar severamente. El contragolpe de su humilde sentido de finitud le obliga a medirse con la vida que pasa. Se convierte en fuente de juicio sobre su camino, sobre las perspectivas más auténticas a las que se abre. En esta línea, su “meditación ante la muerte” es todo lo contrario de una sombría obsesión dominada por las incógnitas de un remoto más allá. Reflexionar sobre el último límite abre la conciencia de par en par hacia una luz más pura y penetrante en el misterio de la existencia en su conjunto. No solo se refiere al fin, o al modo de prepararse para su venida, más tarde o más temprano. Es una meditación que implica al yo como tal, inmerso en el flujo que nos arrastra por el paso del tiempo. Tiene que ver con el compromiso concreto de la vida, en su totalidad, partiendo del presente, del “ahora”, dentro de la profundidad del instante. En este sentido, resulta perfectamente legítimo el subtítulo elegido para la publicación de esta meditación de Pablo VI en una reciente reedición a cargo de Claudio Stercal, ‘Sobre el sentido de la vida’.

“Se impone esta consideración obvia sobre la caducidad de la vida temporal y sobre el acercamiento inevitable y cada vez más próximo de su fin. No es sabia la ceguera ante este destino indefectible, ante la desastrosa ruina que comporta, ante la misteriosa metamorfosis que está por realizarse en mi ser, ante lo que se avecina”.

La áspera y desconcertante seriedad de un discurso que va inmediatamente a lo esencial podría parecer, juzgada según los cánones de la mentalidad dominante actual, una simple reliquia con formas arcaicas de declinar las pretensiones de lo sagrado en relación con las expectativas del sujeto humano. Los signos de su anclaje en una florida tradición son vistosos, en efecto. Pasando por una cadena de citas de los textos del Viejo y del Nuevo Testamento, de Agustín a los Padres de la Iglesia, con ciertos frutos especialmente fiables de la literatura de la piedad surgida a lo largo de los siglos, especialmente la ‘Preparación para la muerte’ del gran san Alfonso María de Ligorio.

Pero la recuperación de fuentes autorizadas se ve traspasada por la estricta adhesión existencial a los movimientos del corazón que se confiesa, traduciendo en palabras el contenido de su disposición ante la presencia de Dios que le interpela, que sugiere, advierte y atrae hacia sí. Vuelve a salir a la luz el nexo ineludible con la vida que late en las venas de quien se expone en primera persona como autor. Tras la arquitectura literaria de un lucidísimo examen de conciencia, en el límite extremo de la vida que declina hasta traspasar la muerte física, no hay nada retórico, y eso es algo que, tal vez precisamente por las circunstancias excepcionales del contagio epidémico en que estamos inmersos, pueda ayudarnos a resurgir con toda evidencia objetiva y dramática. Contra toda ilusión soberbia de perspectivas sesgadas, si no se conforma a pliegues más cómodos de beneficio inmediato, la razón no podrá aceptar que el final del túnel de la existencia solo sea el anticipo de una disolución total.

La clave de esta meditación ante la muerte es evidentemente de signo opuesto. Superando cualquier cerrazón miope sin salida hacia el infinito, podrá superarse también el bloqueo del doloroso resultado de una vida que se repliega amargamente sobre sí misma. El chantaje del pesimismo se ve rescatado cuando asoma con fuerza el sentido vivo del reconocimiento, “más aún de gratitud”. El acento se desplaza inmediatamente hacia lo positivo. La vida solo se puede comprender hasta el fondo mirándola en su ser abrazada por el Amor que la ha generado y la conduce, bajo la corona de un señorío claramente sobrehumano que, con la fuerza de lo alto, crea el contexto prodigiosamente admirable del mundo que nos acoge, el marco de la historia en que cada hombre es una pequeña parte. Y a la gratitud se une una predisposición inexorable al arrepentimiento: por toda la distancia interpuesta al vínculo con el misterio que nos llama a existir y se hace cercano, por todas las traiciones y los errores cometidos. Pero rebajarse a la miseria de los propios límites no puede ser la última palabra. En la contabilidad de presupuestos siempre con pérdidas (“aquí aflora a la memoria la pobre historia de mi vida…”) salta el grito invencible de la necesidad que nos relanza hacia adelante, a ese ardor confiado que invoca la “dulcísima misericordia” del Único que posee una “infinita capacidad de salvar”.

Es la conversión de la mirada, con una inclinación de la conciencia que se liga a la fuerza sanadora de una Presencia reconocida, cercana y familiar, objeto de un amor que funde en unidad y crea comunión. Este es el único movimiento capaz de generar el arranque la libertad que pronuncia su sí. Se hace entonces deseable, en primer lugar para uno mismo, el único y definitivo “acto de buena voluntad: no mirar más hacia atrás, sino cumplir con gusto, sencillamente, humildemente, con fortaleza, como voluntad tuya, el deber que deriva de las circunstancias en que me encuentro”. Se trata por tanto de “hacer pronto. Hacer todo. Hacer bien. Hacer gozosamente lo que ahora Tú quieres de mí, aun cuando supere inmensamente mis fuerzas y me exija la vida. Finalmente, en esta última hora”.

La Presencia divina que llama a responder adhiriéndose con toda la propia voluntad su buen designio para nosotros, dentro del perímetro definitivo de la vocación a la que se ve entregada y la tarea que de ello deriva, remite a la realidad de Cristo que se encarna y se deja encontrar. Pero el encuentro se apoya sobre una “elección”. Es la iniciativa de Otro, nace del contacto entre la propia “pequeñez” y la grandeza de “tu libertad misericordiosa y potente”. Alcanzados por la imponencia del amor que nos atrae hacia el horizonte de su gratuidad, nos vemos llevados al consentimiento más racional que existe. “Yo creo, yo espero, yo amo, en tu nombre, Señor”. El amor correspondido fluye en el despertar de una disponibilidad indómita al don generoso de uno mismo. Se convierte en ofrenda de caridad en un servicio consumado como gratitud:

“Y heme aquí a tu servicio, heme aquí en tu amor. Heme aquí en un estado de sublimación que (…) para reaccionar en la más ilimitada confianza con la respuesta que debo: amén; fiat; Tu scis quia amo Te. Sobreviene un estado de tensión y fija mi voluntad de servicio por amor en un acto permanente de absoluta fidelidad: in finem dilexit”.

Todo ello, a imitación exacta del modelo supremo de Cristo, en el que no se puede hacer otra cosa que identificarse en una suerte de ósmosis sin reservas ni barreras. “Recojo las últimas fuerzas y no me aparto del don total cumplido, pensando en tu ‘consumatum est’”.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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Elena Simón | 527 comentarios valoración: 2  4251 votos

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