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10 JULIO 2020
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Laudato Si', el recurso de la razón

Giorgio Vittadini | 0 comentarios valoración: 2  25 votos
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Se han cumplido cinco años de la publicación de la Laudato Si’ del papa Francisco. Pero ni siquiera este aniversario ha dado a esta encíclica la importancia que merece, sobre todo teniendo en cuenta que justo estos días se está reflexionando mucho sobre cómo volver a empezar después de la pandemia, tratando de corregir los defectos del modelo económico, social y medioambiental en que vivimos.

La Laudato Si’ es un concentrado de apuntes, ejemplos, reflexiones, valoraciones que ayudan a mirar con una mirada global y profunda las dinámicas que determinan nuestro tiempo.

¿Por qué entonces se descuida con tanta despreocupación?

Porque tomarla en consideración como merece resultaría embarazoso. Al menos en ciertos casos.

El primero es la el radical estado de acusación al que se somete al sistema de desarrollo financiero. Citaré algunos de los pasajes a propósito de esto en la encíclica. “Los poderes económicos continúan justificando el actual sistema mundial, donde priman una especulación y una búsqueda de la renta financiera que tienden a ignorar todo contexto y los efectos sobre la dignidad humana y el medio ambiente”. “La economía asume todo desarrollo tecnológico en función del rédito, sin prestar atención a eventuales consecuencias negativas para el ser humano. Las finanzas ahogan a la economía real”. “No es una cuestión de teorías económicas, que quizás nadie se atreve hoy a defender, sino de su instalación en el desarrollo fáctico de la economía”.

Para quien pensara todavía que la Laudato Si’ es un manifiesto ecologista, estos párrafos, elegidos entre los muchos del mismo todo, muestran que la verdadera clave de esta encíclica es una visión global y unitaria que tiene en cuenta todos los aspectos implicados como fenómenos conectados entre sí. Los problemas sociales, económicos, ambientales son al mismo tiempo causa y efecto unos de otros.

La segunda razón por la que la Laudato Si’ puede resultar “incómoda” se refiere en cambio a los se dan cuenta perfectamente de que las cosas tal como están no funcionan pero consideran que el problema son los seres humanos. Desde hace tiempo se respira una crítica cada vez más extendida al antropocentrismo en clave culpabilista-apocalíptica.

Se ha acuñado un término, antropoceno, para indicar el impacto negativo que el homo sapiens ha causado al planeta Tierra con su presencia depredadora y destructiva.

La Laudato Si’ también puede sonar a decepción para esa parte del ambientalismo que se apoya en el sentido de culpa más que en el de la responsabilidad, más en la hiper-reglamentación que en la educación y en la confianza. Porque es precisamente una idea positiva del hombre, racional y relacional, la que el papa Francisco propone en cambio.

Por otro lado, deberíamos dejar de pensar en el planeta como si al planeta le interesara lo que piensa el hombre. Es al hombre a quien le interesa si se puede habitar y cómo.

En la Laudato Si’ se subraya el íntimo vínculo que existe entre el hombre y todos los demás seres vivos. Un vínculo misterioso pero que fundamenta nuestra racionalidad. Que el hombre deba dar un paso atrás, volver a una civilización preindustrial, está fuera de toda discusión. No hay ni rastro de algo que ni siquiera llegue a parecerse a un declive feliz, al contrario hay páginas fundamentales sobre la dignidad del trabajo, el desarrollo y la economía real. La racionalidad económica es lo contrario de la optimización de beneficios.

Un hombre racional y relacional no solo debe dar un paso atrás, sino que debe poner aún más en juego su responsabilidad al gobernar procesos y delegarlos a tecno-estructuras que, como pilotos automáticos, perpetúan la ley de la selva, donde solo gana el más fuerte.

El redescubrimiento de la experiencia de una nueva racionalidad económica consiste en vivir intensamente lo real en lo cotidiano y en lo concreto. Un hombre es racional en economía cuando persigue un beneficio que mejora sus condiciones de vida, les asegura un futuro mejor en núcleos familiares y de amistad donde puede vivir sus afectos, educarse, trabajar en condiciones no humillantes, disfrutar del desarrollo.

Es bueno que el hombre esté en el centro del mundo, pero solo si vive su  naturaleza de ser relacional, que vive el mundo como una morada humana y por tanto la respeta, la custodia, la mejora, la ama en todos sus aspectos como una “casa común”.

Sobre todo deja a un lado toda ideología. De hecho, en la encíclica no encontramos recetas que seguir sino notas para reflexionar. Se invita a crecer y ponderar, paso a paso, superando ideologías y maximalismos. Sugerencias aún más importantes ahora, cuando hará falta confianza para remangarse y reconstruir, pero también cuando haya que presupuestar diversos intereses. Por ejemplo, para que la economía vuelva a empezar será inevitable que la contaminación siga creciendo mientras no se encuentren energías distintas. Lo mismo pasa con el plástico, no se podrán cerrar de un día para otro las empresas que lo producen, habrá que darles tiempo para reconvertir su actividad. Una política de pequeños pasos, dados de manera racional y pragmática.

El Papa reclama también a la centralidad del encuentro, físico, no solo virtual, como corazón de la convivencia y de la civilización.

Ahora podríamos decir que suena profético, después de la larga cuarentena que hemos vivido debido a la pandemia, lo que leemos al respecto del uso de los nuevos instrumentos de comunicación. “Los medios actuales permiten que nos comuniquemos y que compartamos conocimientos y afectos. Sin embargo, a veces también nos impiden tomar contacto directo con la angustia, con el temblor, con la alegría del otro y con la complejidad de su experiencia personal. Por eso no debería llamar la atención que, junto con la abrumadora oferta de estos productos, se desarrolle una profunda y melancólica insatisfacción en las relaciones interpersonales, o un dañino aislamiento”.

Esta es, en mi opinión, la novedad metodológica más importante que la ecología integral, contenida en la encíclica, sugiere al mundo social y económico: el encuentro entre hombres que razonan y argumentan sobre sí mismos. Es una revolución que tiene lugar no con nuevos esquemas ideológicos, ni con un empirismo sin razones, sino con el encuentro en lo pequeño de la vida cotidiana y en lo grande de los Estados, la convivencia en cuerpos intermedios, la educación en el bien común, una formación que redima de la ignorancia, una creatividad por parte de los que innovan, y con el trabajo de todos, un desarrollo auténtico e integral.

Por otra parte, hasta la ONU con sus 17 objetivos de economía sostenible anima a este cambio y la encíclica, en este sentido, representa un pensamiento orgánico que permite leerlos de manera unitaria.

Doscientos directivos de importantes multinacionales norteamericanas han firmado un documento para apoyar su responsabilidad no solo ante los accionistas sino también ante los clientes, trabajadores, proveedores y comunidades donde sus empresas actúan. Demuestran así que la partida entre una economía basada en el encuentro entre los hombres y una racionalidad distinta y sus enemigos al menos ha comenzado. El próximo encuentro mundial sobre economía promovido por Francisco en Asís ofrecerá nuevos testimonios.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  3146 votos
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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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Elena Simón | 527 comentarios valoración: 2  4251 votos

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