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10 JULIO 2020
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El claroscuro de la vulnerabilidad

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  24 votos
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La primera invasión que han sufrido los Estados Unidos. Así titulaba David Brooks su columna en The New York Times hace unos días. Brooks, brillante editorialista, explicaba que su país “era inmune a las invasiones exteriores y a las corrupciones del viejo mundo. Para Estados Unidos era frecuente permanecer al margen de las plagas que afectaban a otras partes del planeta”. Esta sensación de estar a salvo de las maldiciones, según Brooks, ha tenido hasta ahora una traducción existencial: “nacer estadounidense significaba ser un individualista valiente, atrevido y autosuficiente”. Aislados por dos océanos, se puede sentir uno seguro. Seguramente un estadounidense blanco si vive en Boston o en Sacramento se sentirá mucho más seguro que un negro en Minneapolis. Pero el articulista tiene la lucidez de apuntar qué ha supuesto la pandemia para un país en el que han muerto más de 100.000 personas. “La vieja idea estadounidense sobre la falta de vínculos podía contener un torrente de energía, sin embargo la identidad que ha crecido en las sombras de la plaga puede ser una ocasión de compartir la vulnerabilidad, la humildad que surge cuando se entiende la precariedad de la vida”.

Brooks retoma, en estas circunstancias, el valor de la vulnerabilidad que se ha abierto paso en algunos exponentes culturales de los Estados Unidos con proyección popular. Uno de ellos es la investigadora Brené Brown de la Universidad de Houston. Archiconocida por su charla en TED sobre El poder de la vulnerabilidad, su documental en Netflix de hace un año ha causado furor. La tesis de Brown, después de décadas de investigación, es sencilla: la fuerza de la conexión entre las personas es no ocultar sino mostrar sus debilidades. Un mensaje liberador en un mundo en el que las exigencias de éxito personal, profesional y financiero son asfixiantes. Aire fresco en un país donde la “auto-explotación” está a la orden del día.

La vulnerabilidad existencial de la que hablan Brooks y Brown ha tenido en los últimos meses, en las últimas semanas, varias expresiones geoestratégicas. Estados Unidos, que siempre quiso apoyar la singularidad de Hong Kong, ha visto cómo en la última semana Xi Jinping imponía en la que fuera colonia británica una ley de seguridad nacional para restringir libertades. Apenas cinco meses después de que el coronavirus saliera de Wuhan, el régimen comunista impone la restricción de los derechos humanos que ha favorecido la extensión del patógeno por todo el mundo. Hasta el comienzo de este año podíamos pensar que esa restricción de los derechos era una cuestión local: nada tenía que ver el dinero chino, las inversiones de Pekín, su desarrollo tecnológico que alcanzaba a todo el mundo, con el comunismo nacional que solo sufrían sus ciudadanos. Desde enero se nos ha hecho evidente que la frustración de las libertades tiene consecuencias globales: sin libertad no hay confianza, sin confianza no hay gobernanza. El poder, enmarañado en este círculo vicioso, tarda en reaccionar (el retraso en Wuhan fue esencial). Lejos de ponerse en cuestión este modelo, China se presenta ante el mundo como la potencia salvadora y en las narices de Estados Unidos aplasta a Hong Kong.

Estados Unidos se revela aún más vulnerable o, lo que es peor, irrelevante. En Libia se libra en este momento una guerra decisiva entre Turquía y Rusia, a través de combatientes interpuestos, sin que la Administración Trump tenga nada que decir. Lo mismo sucede en Siria, donde los rusos y los turcos tienen diferentes aliados de los países del Golfo. Y de Afganistán el presidente ya ha dicho que quiere marcharse cuanto antes.

Brooks dice que la vulnerabilidad trae un cambio de “significaciones, valores y narrativas”. Pero la vulnerabilidad es solo un umbral, la interpretación del límite está, como toda experiencia humana, a merced de la libertad, en un claroscuro. Puede ser simplemente comprendida como una derrota geoestratégica o existencial. Slavoj Zizek, de hecho, en su reciente ensayo Pandemia sostiene que la plaga certifica que “nosotros no somos importantes de una manera profunda”. La vulnerabilidad como confirmación del nihilismo: “la epidemia actual es el resultado de la pura contingencia (…) somos una especie que no posee una importancia especial”. Vulnerables y finitos en una finitud en la que nada es nada. O vulnerables y finitos porque la enfermedad, la muerte, la impotencia abren la puerta a percibirse a uno mismo como recibido, como alguien que decide muchas cosas pero que no ha decidido estar en el mundo. La vulnerabilidad como oportunidad para reconocerse no como un hombre o una mujer cualquiera sino como “este hombre y esta mujer”, con su manera única de atarse los zapatos, de rebañar el café por las mañanas, de besar, de sufrir. Como este hombre y esta mujer que se reciben a sí mismos cada mañana al sonar el despertador, que se reciben en tiempo verbal pasivo: ya siendo, ya llamados, ya puestos en el mundo, ya amados, con la oportunidad de querer ser lo que ya son. Brown puede hablar de “la vulnerabilidad como arma” porque al otro lado hay otro. Un sistema de libertades genera seguridad no solo porque limite los derechos del poder o los derechos del otro, sino porque genera confianza: conciencia de una vulnerabilidad que es mutua dependencia.

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