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10 JULIO 2020
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Identidad y hechos, en conflicto

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  29 votos
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Paradójico. Estados Unidos, Bélgica y el Reino Unido pertenecen al club de países occidentales más golpeados por el COVID. La realidad de la pandemia ha irrumpido con fuerza desbaratando, con su irreductibilidad, opiniones e interpretaciones. La objetividad de los muertos, los enfermos, los problemas del sistema sanitario y la crisis económica es difícil de diluir. Y ha sido en estos países en los que con más furia ha prendido la guerra de las estatuas. Rueda por el suelo Colón, Leopoldo II, o Churchill. La lucha contra el racismo, siempre necesaria, exige ahora derribar la memoria de piedra. Y la emprende con figuras tan absolutamente dispares y lejanas entre sí como el descubridor de América y un monarca belga responsable de las mayores atrocidades del colonialismo contemporáneo. Cuando un hecho biológico se ha impuesto de forma incontestable, algunos han sentido la necesidad de cancelar los hechos, personajes en este caso complejos, con la guillotina de un juicio anacrónico.

La guillotina que decapita estatuas está afilada en un catálogo de valores que pretende simplificar la complejidad de la historia. Colón no fue un santo, pero tampoco un genocida. Su descubrimiento y la posterior conquista de América están llenos de sombras pero generaron un fecundo mestizaje que inaugura la Edad Moderna y permite el desarrollo de los derechos humanos universales. Churchill era un británico a caballo del XIX y del XX, sabemos o sabíamos lo que eso significa. Pero sin él hubiera sido más difícil acabar con el racismo nazi.

La guerra de las estatuas, cuando no ha acabado la pandemia, posiblemente tiene que mucho que ver el conflicto tan propio de nuestro tiempo entre la identidad y los hechos. Tenemos una extraña facilidad para que sea la identidad (en este caso pensada y decidida al margen de la realidad) la que determine los hechos. Cuando lo normal y lo sano es lo contrario, que sean los hechos los que configuran la identidad. La lucidez, todavía no alcanzada en el terreno práctico, sobre la igualdad de todos los hombres (en realidad no hay razas) y lo abominable del racismo, se alcanza a través de un largo y complejo proceso histórico. Nuestra identidad de personas del siglo XXI, conscientes de que “Black Lives Matter” no surge por un ejercicio abstracto de ingenuo maniqueísmo.

Los hechos, con su tozudez, son los que nos configuran. Antes de la pandemia podíamos haber elegido una identidad antiglobalización, soberanista, partidaria del cierre de fronteras para los migrantes. Pero los hechos nos han mostrado que sin la mano de obra extranjera, que vive en nuestros países de forma irregular, nuestras economías no están en pie: no se pueden recoger las cosechas en el campo. Italia y Portugal han tenido que regularizar una buena cantidad de migrantes. Han sido menos en España, pero el país se ha dado cuenta de que sin los 700.000 irregulares con los que cuenta hay muchas cosas que no funcionan.

Podíamos haber elegido, por el contrario, una identidad de globalista ingenuo porque estábamos convencidos de que la libre circulación de capitales y mercancías, sin entrar en las libertades de cada país, era suficiente para garantizar una vida relativamente próspera, segura y pacífica. Y nos hemos dado cuenta de que la historia no ha acabado: la tercera edad del espíritu no se ha materializado todavía. Nos hemos dado cuenta de que la falta de suministro nacional o regional de algunos bienes (como las mascarillas o ciertos fármacos) y la dependencia de un mercado global nos hace vulnerables a potencias con sueños imperiales como China. Buen aviso para el desarrollo del 5G. Nos hemos dado cuenta de los peligros de una globalización solo económica sin un Gobierno del Mundo, sin un G20 eficaz. Nos hemos dado cuenta de que no podemos tener una identidad global que se desentienda de los problemas de libertad y de derechos humanos en un rincón del planeta. La semana pasada las imágenes por satélite de Wuhan, analizadas por un grupo de investigadores de Harvard, han puesto de manifiesto que el virus ya hacía estragos en la ciudad durante el pasado verano. Se ha hecho evidente que la falta de transparencia del régimen comunista nos era un problema local, nos ha golpeado a todos.

Los ejemplos se pueden multiplicar casi hasta el infinito. Pongamos uno más. Podríamos haber mantenido una identidad anti-europea. Pero con todas las torpezas y retrasos, parece que la Unión Europea (con su plan de 700.000 millones de euros) va ser uno de los mejores sitios del mundo para pasar la nueva crisis.

Una identidad no fraguada por los hechos, una identidad que los selecciona y se defiende de ellos es siempre una identidad débil. Tan débil que tiene que usar la censura para defenderse de películas como ‘Lo que el viento se llevó’. El mecanismo lo han detallado Jonathan Haidt y Greg Lukianoff en ‘La transformación de la mente moderna’. Los dos autores estadounidenses han explicado que los alumnos actuales de las universidades de su país, blindados en burbujas ideológicas y sobreprotegidos, se sienten atacados y ofendidos por casi todo lo que no coincide con una visión del mundo muy restrictiva. Son víctimas del miedo.

El miedo está en el origen y en el final de la identidad pensada en oposición a la realidad. Hay en este siglo XXI una corriente subterránea disociada, que no se acepta a sí misma, no acepta la historia de la que viene, no acoge el presente que le podría sanar.

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