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10 JULIO 2020
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Contagios en Perú a pesar de una estricta cuarentena

Arturo Illia | 0 comentarios valoración: 1  25 votos
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En el que parece destinado a ser el nuevo centro de la pandemia del Covid-19, América Latina, llama muchísimo la atención el caso de Perú. El país andino ocupa actualmente el segundo lugar entre los países contagiados del continente, con más de doscientos mil casos registrados y cinco mil muertes, pero también cien mil curaciones (dato importante para presentar un contexto real del fenómeno).

Pero lo que llama la atención a los observadores es el hecho de que mientras que en Brasil (líder de esta trágica situación) el gobierno de Bolsonaro, al menos inicialmente (pero también después con sucesivas demostraciones teatrales de su presidente), no tomó medidas de prevención, en Perú, en cuanto llegó el virus fue “recibido” con una de las cuarentenas más estrictas de toda América Latina, solo superada por la de Argentina. Pero la firme estrategia del presidente Martín Vizcarra ha servido de muy poco, viendo los números. Más que emergencia se ha definido como catástrofe sanitaria, que ha puesto a todo el sistema al límite de su capacidad, con una ocupación de más del 80% de las camas disponibles. Tal vez sea un poco exagerado el término utilizado por los medios locales, en comparación con las cifras de los sistemas sanitarios de otros países, europeos incluidos, pero refleja muy bien el pánico que se ha generado en todo Perú.

Su historia reciente está dominada por las catastróficas consecuencias políticas del escándalo Odebrecht, empresa de construcción brasileña y caso de corrupción que ha implicado a los poderes de media América Latina y que en Brasil dio origen al denominado “Lava Jato”, en cuyas garras acabó el expresidente Lula y gran parte del mundo político del país. Odebrecht se comportó como un auténtico virus que en Perú no solo hizo estragos entre presidentes pasados y presentes (hasta cuatro), sino que fue la causa que llevó al suicidio del más conocido de ellos a nivel internacional (después de Balaude Therry, uno de los políticos más luminosos de la historia latinoamericana), Alan García, protagonista de dos presidencias de signo totalmente opuesto (algo que no es extraño en Sudamérica). Un verdadero huracán que increíblemente acompañó, a pesar de la crisis política que provocó, a un relanzamiento económico del país con cifras “chinas” que hacían inexplicable, al menos en un primer momento, la difusión del Covid.

Pero aquí llega la otra cara de la moneda, que en la práctica es similar al caso de Chile. La situación de bienestar económico dejó al margen a parte de la población, la más pobre y marginada, que en Perú suele vivir aislada en contextos que parecen haberse detenido en el tiempo de la conquista o en la inmensidad de la selva amazónica. Pero el pico de contagios se ha registrado obviamente en los grandes conglomerados urbanos, donde hemos asistido estos últimos años a una concentración de masas de indigentes, sobre todo en los alrededores de la capital, Lima. Y si prestamos atención a los datos del censo de 2017, encontramos una explicación para la expansión viral. Solo el 49% de las familias posee un frigorífico o un congelador, dato que aumenta hasta el 61% en las proximidades de los centros urbanos, lo cual muestra cómo, simplemente para alimentarse (pero también para trabajar cuando la cuarentena lo permite), la gran parte de los peruanos se ven obligados a comprar a diario en los mercados, y ese movimiento puede ser básico para la expansión del Covid-19. Se han registrado así concentraciones masivas de gente que, a pesar del uso de mascarillas, no ha podido evitar el distanciamiento social que ha aumentado, siempre debido a la necesidad alimentaria, tras el toque de queda aprobado el 11 de abril, causando, debido al cierre forzoso de muchas actividades, una gran confusión en todo el país.

Igual que en Argentina, se han tomado medidas de ayuda económica por parte del gobierno hacia las clases más pobres, pero la distribución mal organizada de los subsidios a través del sistema bancario se ha revelado en Perú como otra mecha en la que ha prendido la pandemia, al contrario que en Argentina, donde una concentración parecida realizada el pasado 2 de abril no tuvo afortunadamente consecuencias, gracias a la débil expansión del Covid-19 en aquel momento. También hay que señalar la completa ignorancia de las autoridades al prevenir estas reuniones masivas, pues solo el 38% de los adultos tiene acceso a una cuenta bancaria y el fenómeno era altamente previsible. Según el Instituto Nacional de Estadística peruano, más del 72% de los empleados trabaja en condiciones de economía informal (en la práctica, en negro) y más del 30% de las viviendas del país son de pequeñas dimensiones, obligando en muchos casos a dormir más de siete personas en una misma habitación.

Lamentablemente, fenómenos de inesperado bienestar económico necesitan años para poder generar condiciones de vida de calidad y Perú todavía está al principio, al contrario que Argentina, donde en cambio, a pesar de las riquezas de que dispone, el peronismo gobernante ya ha arraigado en las villas miseria y solo en los últimos años se ha empezado a mejorar estructuralmente, uno de los pocos méritos del gobierno “neoliberal” de Mauricio Macri. Aunque no ha llegado a completar ni de lejos la obra iniciada. De hecho, el aumento de contagios de coronavirus ya ha empezado a afectar a estas aglomeraciones que el populismo ha desarrollado de manera anormal desde hace más de cuarenta años. Demostrando que esta problemática sanitaria ha sacado a la luz situaciones que lamentablemente vienen de lejos y que necesitarán urgentemente soluciones radicales cuando acabe la pandemia.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  3146 votos
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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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