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10 JULIO 2020
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José Gregorio beato. Un santo no es un santurrón

Bernardo Moncada Cárdenas | 0 comentarios valoración: 2  28 votos
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«No pude nunca penetrar aquella psicología, ni alcancé jamás a descubrir los secretos de aquella ecuanimidad imperturbable. Yo le veía recorrer, con incansable actividad, el intrincado laberinto del mundo, sin comprender qué fuerza le guiaba o sostenía.» Francisco Antonio Rísquez, sobre José Gregorio Hernández.

«No tengas miedo de la santidad. No te quitará fuerzas, vida o alegría. Todo lo contrario, porque llegarás a ser lo que el Padre pensó cuando te creó y serás fiel a tu propio ser». Papa Francisco, Gaudete et Exsultate.

La iconografía tiende a representar a los santos en actitudes de afectación rayana en mojigatería. Lejos están las actuales estampitas populares de la fuerza que grandes pintores mostraron en los santos en el medioevo y el renacimiento. Miradas arrebatadas, gestos dulcificados, cuando no rígidamente austeros, reflejan una religiosidad quizá demasiado apoyada en el sentimentalismo y el moralismo. Tal suerte había corrido la imagen del nuevo beato de la Iglesia, el doctor José Gregorio Hernández, con atuendo negro y pose imperturbable. En vísperas del dictamen de la beatificación, muy bien ha hecho la Conferencia Episcopal Venezolana en promover su ligero pero determinante cambio de imagen.

Como acentuaba el cardenal Porras Cardozo en homilía del centenario del accidente que truncó la vida del doctor Hernández, «José Gregorio no fue un superdotado ni un ser excepcional imposible de seguir e imitar. Los invito a que lean la novela que sobre su vida acaba de publicar un profesor universitario de la ULA, titulada “Médico del alma”. Allí constatamos un ser normal como cualquiera de nosotros, salido de este mismo suelo venezolano escaso en recursos y ayuno de muchos medios. Sin embargo, su constancia, su norte seguro como ciudadano y como cristiano lo llevó a ser lo que es hoy para todos nosotros: espejo de lo que cada uno de nosotros queremos y podemos ser».

La trayectoria del beato José Gregorio Hernández muestra cómo se podía habitar, a principios del siglo XX, en el descreído y cínico ambiente de cierta ciencia moderna manteniendo una fe inquebrantable y sincera, sin dividir la personalidad; por el contrario, gozando de envidiable unidad personal. La religiosidad guio una exitosa carrera científica y profesional, y la ciencia, entendida como ferviente búsqueda del sentido divino de la existencia y servicio al bien común, reforzó la religiosidad.

A los cien años del fallecimiento de José Gregorio Hernández, pudimos descubrir la multiplicidad de mundos que este personaje, reducido a severa figurilla de negro, unió en su verdadera historia, todo un cosmos vivo, regido por la fe. La oportunidad fue un coloquio en la Academia de Mérida, cuando Ricardo Contreras, el padre Cándido Contreras, y Fortunato González Cruz, disertaron sobre las facetas de ese diamante de venezolanidad que fue el “Médico de los Pobres”.

En aquel recorrido por la biografía del doctor Hernández, la desbordante humanidad del facultativo, científico, músico, gustoso danzarín y profundo hombre de Iglesia rompió afablemente la habitual estampita para que asomara el hombre. La estatuilla de sombrero negro se abrió como una crisálida para dejar salir la rica calidad de este venezolano ejemplar.

José Gregorio Hernández enfrentó la división de evolucionismo y creacionismo que la filosofía positivista trazaba, resaltando que ambas tesis no son excluyentes. Pionero de la modernización de la medicina, fue presencia de encuentro y conciliación, en lugar de abanderado de posiciones más ideológicas que científicas o religiosas. Unía ciencia clásica –la de Copérnico, Galileo y Newton– con ciencia moderna, en el estudio y ejercicio de la medicina. De la clásica tenía la certeza de que existe la verdad, que el cuerpo humano tiene una dignidad y un sentido trascendentes, e investigar era buscar esa verdad. De la moderna, aplicó decididamente el conocimiento en técnicas y operaciones para sanar la enfermedad, sobre todo en los más necesitados. Más que un anacrónico santurrón, fue un santo habilidoso, como Jesús en su tarea salvífica; humanidad envidiable siempre vigente.

Los venezolanos de hoy, como nunca, necesitamos esa capacidad de ser líneas de unión más que de separación, más umbrales que confines, para lograr la síntesis capaz de superar la actual maquinaria de rencor, en camino al país que necesitamos.

Citaba el doctor González Cruz el libro “Elementos de filosofía”, donde José Gregorio Hernández expresa: «Si alguno opina que esta serenidad, que esta paz interior de que disfruto a pesar de todo, antes que a la filosofía, la debo a la religión santa que recibí de mis padres, en la cual he vivido y en la que tengo la dulce y firme esperanza de morir. Le responderé que todo es uno».

Entendamos el ejemplo de santidad del Médico de Los Pobres como apertura y unidad, confluyentes en una identidad integral, en vez de encerrarnos en el mutuo rechazo, con moralinas y dogmatismos discriminatorios.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  3148 votos
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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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Elena Simón | 527 comentarios valoración: 2  4253 votos

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