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22 SEPTIEMBRE 2020
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Coronavirus. Cuando falta la política

Martino Diez | 0 comentarios valoración: 2  34 votos
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Ha habido cuatro grandes protagonistas en este drama planetario que ha puesto en escena el coronavirus. El primero, sin duda, es la ciencia. Médicos, virólogos, investigadores de enfermedades infecciosas, pero también biólogos, estadistas y matemáticos nos han ayudado a comprender lo que estaba pasando, realizando un considerable esfuerzo de divulgación. En todas partes ha crecido la estima por el conocimiento científico, como si hubiéramos redescubierto que la razón humana, cuando se aplica en serio, es capaz de conocer porciones significativas de la realidad, adaptándose rápidamente a desafíos enormes. Pues solo es cuestión de tiempo, la cura y la vacuna contra el virus acabarán llegando.

En paralelo, hemos asistido a una aceleración tecnológica. Amplias franjas de la población que en Europa habían quedado al margen de la revolución digital por su edad o por pereza han tenido un curso acelerado de alfabetización informática, especialmente urgente en el caso de los profesores, que han tenido que introducirse en ellas de cabeza, y también a sus alumnos, sobre todo enseñándoles un uso crítico.

Aunque la inesperada notoriedad ha generado episodios de protagonismo autocomplaciente, en general los científicos han conservado el sentido del límite. Experiencias como la enfermedad y el contagio, pero también el confinamiento, han despertado preguntas radicales sobre el significado del vivir y el morir. Los positivistas de todos los tiempos sostienen que al progreso de la ciencia corresponde una regresión de la fe. Pero no ha sido así. La gran mayoría de fieles cristianos y musulmanes se han atenido a las rígidas normas del confinamiento, a pesar de que hayan supuesto el sacrificio de renunciar a celebraciones comunitarias tan importantes, aunque no solo, como la Pascua y el Ramadán.

Si la ciencia no ha sustituido a la religión, tampoco la religión –nuestro segundo protagonista– ha sustituido a la ciencia. Es cierto que ha habido grupos que, por ejemplo en Pakistán, han contrapuesto ambas realidades (“mejor escuchar a Dios que a los médicos”), como si ciencia y fe no brotara ambas de la misma fuente. Pero en general ha prevalecido la convicción de que, si bien Dios es totalmente libre para realizar milagros, tampoco hay que forzarle. Cuando el diablo le sugiere que se tire desde el alero del templo, Jesús responde: “No tentarás al Señor, tu Dios” (Mt 4,7). Y dice un famoso hadith: “Un hombre se acercó al enviado de Dios y le preguntó: ‘¿Ato mi camello y confío en Dios o lo dejo libre y confío en Dios?’. Y este le respondió: ‘Átalo y confía en Dios’”.

El problema del mal

Naturalmente, la pandemia plantea de manera ineludible el problema del mal. Por eso han sido tan potentes los gestos del papa Francisco en una plaza vacía, en una basílica desierta, volviendo a hacer visible la respuesta cristiana: que el mal no forma parte del proyecto originario de Dios en su creación y que si Dios lo permite (no “lo quiere”), es para asumirlo en la pasión y resurrección de su hijo, que pasó por ello y salió victorioso

Para el islam, donde no hay caída ni por tanto redención, el problema del mal resulta más complicado. Ha puesto en crisis al pensamiento mutazilita, la antigua escuela teológica que intentó plantearlo defendiendo la libertad humana y la justicia divina (pero sin pecado original ni redención), haciendo triunfar a los partidarios de la predestinación, aunque aún hoy gran parte de los creyentes lo considera insatisfactorio. En un primer momento, las autoridades religiosas islámicas han respondido a la pandemia en términos jurídicos, insistiendo en la necesidad de seguir las indicaciones de los gobernantes.

El tercer protagonista es la sociedad: médicos y enfermeros, voluntarios y todos aquellos que han tratado y tratan de que todo siga adelante. Con gestos heroicos o con la rutina cotidiana, con el fatigoso arte de sacar del tiempo de la jornada unos minutos preciosos, como pepitas de oro en una mina, para dedicarse a cuidar de sus hijos, ayudarles con las tareas, jugar con ellos y atender a sus mayores, pendientes de las necesidades del día a día. Paradójicamente, en el momento de estar solos, redescubrimos el sentido y el valor de ser comunidad, la importancia de la solidaridad, no solo entre vecinos sino también a nivel planetario. La lógica del don, que ha unido a personas de orientaciones muy distintas, ha ofrecido razones para hacer frente a muchos miedos.

Una prueba general

También resulta educativo reflexionar sobre las relaciones que se han instaurado entre estos tres protagonistas. Desde la citada tentación de confundir ciencia y fe a una mayor “aceptación social” de las preguntas últimas sobre el sentido de las cosas, aunque no sabemos si persistirá después de la crisis sanitaria. Pero el aspecto más interesante probablemente es la relación entre ciencia y sociedad. Aunque al principio en el mundo científico no había unanimidad alguna y surgieron múltiples puntos de vista (muchos decían que el coronavirus “es poco más que una infección”) pero los hechos mostraron cuál era la lectura más adecuada, aunque la valoración final sigue abierta y lo estará mientras no dispongamos de dos datos fundamentales, como son las tasas de contagio y mortalidad del virus.

En esta experiencia hay una importante lección para la próxima gran cuestión que nos espera, la ecológica. Siempre podremos encontrar algún científico que plantee la tesis más tranquilizadora y menos impactante, pero no está dicho que tenga razón. La diferencia es que en el caso del coronavirus la evolución ha sido muy rápida, pero el problema ecológico tiene un aspecto muy serio, y es que se suele plantear su gravedad solo en el momento en que el problema ya es casi irreversible.

Por último, el coronavirus ha sido la primera gran epidemia de la era de las redes sociales. Y aquí el balance es más opaco porque las nuevas herramientas de comunicación, aunque nos han permitido permanecer en contacto, también han disparado las emociones. Primero infravalorando el problema, luego amplificándolo de manera obsesiva, exaltando y denigrando las mismas cosas en cuestión de semanas. En los días más negros de la cuarentena fueron nuestro divertimento pascaliano, tal vez inevitable pero nocivo en grandes cantidades.

El gran ausente

Pero todavía no ha pasado lo peor. Ha faltado un foco capaz de aprovechar y multiplicar las energías que estos protagonistas han puesto sobre el terreno. Nunca tanta gente ha esperado y seguido las ruedas de prensa de las autoridades, y sin embargo la política ha sido el gran ausente, el cuarto personaje que faltaba. Cualquier análisis que eluda esta paradoja será parcial y engañoso.

España comparte con Italia y Bélgica el triste primado de la relación muertos/habitantes en todo Occidente, lo que significa que algo no ha funcionado. Y la culpa no será de los runners (que mejor estaban quedándose en casa) ni de los ancianos (que mucho mejor si no salían cuatro veces al día a comprar algo). La culpa será de la falta de competencias de una clase dirigente que durante meses infravaloró completamente la crisis para luego imponer unos procedimientos caóticos e improvisados. Porque obviamente todo el mundo ha sufrido, pero no todos han estado tan encerrados, durante tanto tiempo y con tantos muertos.

¿Y ahora?

Ahora se erige, como una roca, la cuestión más difícil, ¿cómo recuperarse del shock económico, peor que la crisis de 2008? ¿Cómo replantearse el papel de los estados nacionales en un momento en que la globalización ha puesto de manifiesto sus límites y las entidades supranacionales, como la Unión Europea, se han mostrado poco incisivas cuando no abiertamente hostiles?

En el momento de la reapertura se enfrentan consideraciones opuestas. Las exigencias sanitarias, por sí solas, pueden llevarnos a una muerte por asfixia. Las exigencias económicas, por si solas, pueden acabar pasando por encima de las personas, “pues son ancianos y morirán igualmente”, como llegó a decir el holandés Jort Kelder, expresando sin vergüenza el credo utilitarista-tecnocrático que ha hecho fracasar el proyecto europeo. La capacidad de sintetizar exigencias opuestas, tomar decisiones en nombre de una visión a largo plazo y no solo de la emergencia, del bien común y no solo de intereses partidistas, es la tarea insoslayable de la política. No ser capaces de hacerlo supondrá un alto precio para la acción política, precio que pagaremos durante años. Ilusionarse con poder hacerlo sin un verdadero debate sobre la futura forma de nuestra sociedad, a golpe de procedimiento, será el síntoma más alarmante de la crisis de la democracia.

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