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31 OCTUBRE 2020
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El arte de cambiar de perspectiva

Giuseppe Frangi | 0 comentarios valoración: 2  26 votos
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Los museos reabren sus puertas, los teatros empiezan a asomar la cabeza tímidamente y los cines vuelven a encender las luces. Hay que alegrarse de este lento retorno a la vida, pero cuando hablamos de arte y cultura es inevitable plantearse una pregunta más ambiciosa: ¿qué son capaces de proponer el arte y la cultura a este mundo que sale de la tempestad? ¿Puede contentarse con volver a ser como antes, buscando el consuelo de una presunta continuidad? ¿O la cultura, para llegar a ser ella misma, es decir para ofrecer esperanza y experimentar nuevas perspectivas necesarias, debe tener el coraje dar un salto de discontinuidad respecto a su pasado? Si durante las semanas de la crisis hemos repetido hasta la saciedad el mantra del “nada será como antes”, le toca sobre todo al arte y la cultura remar en esa dirección.

Desde este punto de vista, repasar nuestra historia puede ser un ejercicio útil. Muchas veces, salir de grandes tempestades ha sido posible gracias al coraje de cambiar de perspectiva y de lenguaje, como por ejemplo en la famosa peste negra de 1348, la del Decamerón. En la posguerra, el historiador de arte norteamericano Millard Meiss publicó un estudio para demostrar que la pintura, para superar el trauma de la epidemia, había dado la espalda a la sólida sintaxis del Giotto para aventurarse por senderos más delicados y líricos: los del nuevo gótico florentino, con un carácter más metahistórico. Probablemente Meiss, al afirmar esto, estaba condicionado por la etapa histórica de la que él mismo había sido testigo. La salida de la Segunda Guerra Mundial consagró en Estados Unidos la consolidación de un lenguaje abstracto (los primeros dripping de Pollock datan de 1947); un lenguaje que representaba una clara ruptura con el pasado pero que sobre todo daba forma a una profunda necesidad de libertad y espiritualidad a la vez. Era algo nunca visto, que contagiaría también a Europa al salir de la guerra. Aquí esta novedad se afirmó mediante una confrontación intensa y vivaz entre los que apostaban por un nuevo arte abstracto, libre y gestual, y los que en cambio buscaban una renovación de la tradición realista por vías audaces, donde Picasso era la referencia indiscutible.

Pero si damos un paso atrás en la historia, resulta interesante ver cómo el arte contribuyó a reconstruir la perspectiva después de la tempestad económica de 1929. En este caso, gracias también a un programa público genial, el ‘Public Works of art Project’, los artistas propusieron grandes imágenes murales que estimulaban perspectivas colectivas y de cohesión social. En ese caso fue una inversión valiente (y convincente) en el arte como energía de cambio y reconstrucción.

Personalmente, siempre pienso en la audacia inaudita con que Venecia decidió pasar página en la historia tras la peste de 1576. Decidió construir la Basílica de Santa María de la Salud, enfrente de San Marcos, en señal de agradecimiento pero también como expresión clamorosa de impulso hacia el futuro.

Es por esto que, aun con la alegría de volver a empezar, no podemos ocultar que de la cultura y del arte el mundo se espera algo más, o acaso algo distinto, más allá de la mera continuación del espectáculo después de este largo parón. El coraje de nuevas formas y de nuevas aventuras.

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