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10 JULIO 2020
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América necesita los dos pulmones

Francisco Medina | 0 comentarios valoración: 2  22 votos
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La recientes oleada de disturbios que ha seguido a la muerte de George Floyd en Minnesota, a manos de un policía, ha dado paso a la campaña orquestada de derribo –en Estados Unidos y en varios países del mundo– de símbolos y estatuas dedicadas a personajes identificados por el pensamiento dominante como representativos de una cultura identificada como racista: primero fue el almirante genovés Cristóbal Colón; posteriormente, la reina Isabel la Católica o el franciscano español Fray Junípero Serra; y hasta el propio Miguel de Cervantes; sin olvidar a los propios Padres Fundadores (George Washington, Thomas Jefferson), o quienes se aliaron en el bando de la Confederación en la Guerra civil de 1861-1865.

Es tentador comparar la revolución americana del Norte, producida en los últimos estertores del siglo XVIII y que, en muchos aspectos, ha sido señalada como superior a la Revolución Francesa, con la revolución americana que se dio en el Hemisferio Sur del continente en los inicios del siglo XIX. En ambos casos, existía el motor del deseo de iniciar algo nuevo, un nuevo comienzo, un hombre nuevo… pero lo que está sucediendo ahora obliga a apartar la mirada a otro punto, a mi juicio más importante: ¿qué significa esta oleada de protesta en toda la nación estadounidense? ¿Cómo entender estos intentos de reescritura, de implantación de un pensamiento dominante como el Black Lives Matter?

Nunca estuvo cerrada la herida de los años de racismo, fomentada por cierto pensamiento protestante originado en el Bible Belt del Sur. El tema resulta más complejo: muchos de los Padres Fundadores que participaron en la Convención de Filadelfia de 1787, que alumbró la Constitución de los Estados Unidos de América, poseían esclavos y el tema no quedó cerrado, dado que la economía de las colonias del Sur se sustentaba en las plantaciones de algodón, en la que los esclavos constituían el 40% de la población. El caso La Amistad, dilucidado en la Supreme Court, disparó las tensiones entre el Norte y el Sur, que ni el Compromiso de Missouri de 1850 ni la derrota de la Confederación en la Guerra de Secesión consiguieron solventar. La Reconstrucción posterior, planeada por el presidente Lincoln en 1865, fue torpemente puesta en práctica a finales del siglo XIX y no logró la integración de la comunidad negra, a pesar de las medidas adoptadas por el Gobierno Federal, ni desactivar movimientos como el Ku Klux Klan surgidos en el South. Ya en el siglo XX, hubo intentos infructuosos más serios, como el del presidente Kennedy, de eliminar barreras a la integración racial, o el movimiento pacifista de Martin Luther King, que acabó siendo instrumentalizado en el movimiento de oposición a la guerra de Vietnam o en los Black Panthers.

Ahora, en la América del siglo XXI el problema de la integración ya no se identifica exclusivamente con el “problema negro”. De los 325 millones de habitantes que viven en EE.UU., un 18% –59 millones– son de origen hispano; en su mayoría, mexicanos, pero también procedentes de Cuba, Puerto Rico, Guatemala, República Dominicana, Nicaragua. Estados como California, Texas, Florida, New York, Illinois, Arizona, New Jersey, Colorado, Nuevo México y Georgia son los que albergan mayor número de población inmigrante hispana.

Estamos asistiendo a un claro rebrote de puritanismo de corte protestante secularizado. Un intento de reescritura del propio pasado derivado de un problema que la Constitución de 1787 dejó sin resolver: se quiso instituir un Gobierno que, al mismo tiempo, protegiese a los ciudadanos de los excesos del Estado, pero acabó privatizando el espacio público. La lógica de la predestinación está muy presente en el pensamiento anglosajón, eminentemente práctico, pero enormemente individualista, en el que la dimensión de la comunidad constituye un factor secundario.

Existe un claro sentimiento de culpa en la sociedad anglosajona, en general. Existe en la conciencia del pueblo y en las élites que no sólo no hubo integración racial sino masacres a la población india en la colonización del Oeste en el siglo XIX; que no se ha conseguido la integración de la población afroamericana en la sociedad; y que la comunidad hispana juega un peso cada vez mayor en el país, determina victorias o derrotas en unas elecciones presidenciales, y eso pone en riesgo muchos intereses creados.

Este neopuritanismo esconde, en realidad, las convulsiones de una mentalidad que se resiste a la idea de una América con dos almas: una católica y otra protestante. No debería dejar de prestarse atención al imparable ascenso del protestantismo en América Latina a costa de la presencia del catolicismo; pero tampoco al intento de homogeneización por parte de las élites de la costa Este de USA, que han sustituido la mentalidad wasp por un modelo de pensamiento en el que la diversidad parece prediseñada para neutralizar relatos o, en otras palabras, construir un espacio público como mero espacio de transición entre ámbitos privados. En suma, no resulta admisible para las élites que la América hispana pueda realizar –y de hecho lo está haciendo– una contribución decisiva. Esta mentalidad es el reverso del populismo de Trump: reduce la complejidad de la vida a la simplificación, prescinde del hecho y lo sustituye por identidades prefabricadas que no se dejan provocar ni cuestionar por los hechos. El resultado es el miedo.

Por eso, qué necesario es oxigenarse un poco de tanta narrativa televisiva y cinematográfica. Qué necesario es volver a sumergirse en nuestro propio pasado –el Descubrimiento, la América española y nuestra España del Siglo de las Luces, del Despotismo Ilustrado y de la Revolución Liberal de 1808– para darnos cuenta de la fecundidad de la escala de colores y grises, de las luces y sombras de la conquista de América, para volver a descubrir que españoles y americanos tenemos mucho en común: una historia, pero, sobre todo, un solo corazón. Y, especialmente, cuánto nos urge librarnos de las tonterías de una mentalidad pacata de los hombres sin mácula y dispuestos a hacer lo que la sociedad espera de ellos en este puritanismo secularizado que una mentalidad dominante 2.0 ha traído a España; eso sí, made in USA.

El miedo, la falta de confianza hacia el futuro y hacia el otro tan presentes en la sociedad norteamericana son señales de agotamiento de una identidad estadounidense basada exclusivamente en el predominio wasp –sea religioso, sea secularizado–. No es cuestión de cuestionar la aportación del pensamiento protestante americano, sino de que el continente no puede respirar con un solo pulmón; necesita el de esa América que generó un pueblo a partir de la fe católica –con sus luces y con sus sombras–, y que puede regenerar la savia de una nación que no sólo ha perdido la hegemonía a nivel mundial, porque padece un coronavirus existencial que ha contagiado la cultura de un mundo de hoy.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  3146 votos
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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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Elena Simón | 527 comentarios valoración: 2  4251 votos

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