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14 AGOSTO 2020
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Bernanos, las máquinas y el determinismo

Antonio R. Rubio Plo | 0 comentarios valoración: 2  28 votos
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‘Francia contra los robots’, publicada en 1946, es una obra de poco más de un centenar de páginas, escrita por George Bernanos y dada a conocer dos años antes de su prematuro fallecimiento. Está editada en español por Nuevo Inicio, una editorial que aprecia especialmente a dos autores católicos fuera de lo común, Péguy y Bernanos, a los que algunos quisieron arrojar a las tinieblas de un catolicismo heterodoxo, o incluso negar su condición de católicos. Ambos autores tienen algo en común: quieren a su patria y asumen como un todo su historia, pero no son ni católicos nacionalistas, ni nacionalistas católicos. Católicos franceses, aunque universales. Tampoco estaban dispuestos a que el Estado usurpara el papel de la nación, algo que sí sucedió durante las dos guerras mundiales. En el caso de Bernanos, hay que añadir la cualidad de tener un corazón generoso, capaz de reconocer la grandeza de una obra, por encima de ideologías y religiones. De ahí su explícito reconocimiento a Balzac, Hugo, Baudelaire, Proust o Picasso.

‘Francia contra los robots’ es el resultado de una serie de experiencias vitales que marcaron a Bernanos: el compromiso de Múnich que supuso la cesión a la Alemania de Hitler de territorios checos por parte de las democracias francesa y británica, o la Francia de Vichy, una pretendida “revolución nacional”, desmentida por la colaboración con una potencia tan totalitaria como desprovista de escrúpulos. Georges Bernanos huyó a Brasil durante los años de la Segunda Guerra Mundial y desde allí alimentó la llama de la resistencia al ocupante de su país y a los colaboracionistas. Con la llegada de la victoria sobre las potencias del Eje en 1945, el escritor no creía que hubiera comenzado una nueva era para el mundo, marcada por la paz y la democratización. Sin pelos en la lengua, califica a los vencedores de democracia plutocrática americana, democracia imperial inglesa e imperio marxista soviético. Fueron los participantes en la histórica conferencia de Yalta, que excluyó de un papel destacado en el mundo de la posguerra a Francia, y en general a Europa occidental.

Más allá de una reflexión sobre las relaciones internacionales, Bernanos va a lo esencial y piensa que el mundo triunfante es el de la concepción del hombre que tenían los economistas ingleses de finales del siglo XVIII, lo que más tarde se conocería como liberalismo manchesteriano. Subraya también que Marx y Lenin, pese a su oposición a estas ideas, eran los continuadores de una visión del mundo que reducía al hombre a la categoría de animal económico. Todos estos pensadores estaban lastrados por un determinismo que rebajaba al ser humano a la categoría de hombre masa. Todos apelaban al progreso, aunque en realidad lo único que progresaba era la técnica. Bernanos denuncia a los profetas del determinismo económico, con independencia de su ideología, que eran capaces de justificar por igual las crisis socioeconómicas que las guerras.

Uno de los aspectos más logrados del libro es el modo en que el escritor fustiga la hipocresía de los que son prisioneros del determinismo, económico o no, los que tienen la extraña, y muy extendida, capacidad de hacer compatible lo incompatible. Los empresarios textiles de Manchester eran capaces de explotar a niños en sus fábricas durante doce horas diarias, pero eso no era incompatible con leer la Biblia por las noches. A quien les reprochara su conducta, hubieran respondido que las leyes de la economía, tan implacables como las de la naturaleza, mandaban. Pero Bernanos también arremete contra los pilotos de guerra, que desatan terribles bombardeos. Esos pilotos son el culmen de la insensibilidad: no han visto nada, no han tocado nada, no han oído nada. Lo malo es que cuando tengan unos días de permiso, serán capaces de jugar con los niños y ser increíblemente amables. Es el triunfo de la máquina de vapor o de las máquinas de guerra. La técnica es un instrumento de deshumanización. En la visión de Bernanos, las máquinas no contribuyen a la mejora del hombre, sino que son medios para enriquecer a unos pocos. Son incluso un medio para eludir la responsabilidad, que acaba pasando al gobierno, al Estado o al partido. Cuando se hace dejación de responsabilidad, se vuelve a hacer compatible lo incompatible. Bernanos apunta irónicamente que un católico tiene derecho a ayudar a misa y a recibir la comunión. Una vez más, la continua denuncia del autor, reflejada en otras de sus obras, el rechazo a que se confunda la moral cristiana con la moral burguesa. Una forma de pensar que explica su consideración como heterodoxo no solo en Francia sino también en otros países que consideran que la religión cristiana está entre sus genes históricos.

Nos equivocaremos si creemos que Bernanos es un nostálgico del pasado, de eso que se llama los viejos y buenos tiempos. Lo que no gusta a nuestro autor es que la técnica acabe por aplastar al ser humano, y que esto lo hagan por igual las dictaduras que los regímenes democráticos. Además, sigue siendo muy actual su afirmación de que quien cree en cualquier otra cosa que no sea la técnica, termina siendo señalado como enemigo.

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