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14 AGOSTO 2020
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Importa la diferencia

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  33 votos
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Hace unos días se presentaba la segunda temporada de The Politician. Una de las series de éxito en Netflix durante 2019, con Ryan Murphy como uno de sus guionistas. Habrá que ver si los nuevos episodios reflejan el cambio que ha supuesto el COVID. Las series, los grandes relatos de este comienzo del siglo XXI, son el mejor test para identificar los cambios culturales. En este caso, la posible transformación provocada por la pandemia. Las series suelen ser más incisivas que las reflexiones teóricas, algunas de ellas interesantes, otras simples reciclados de las sobras del desconcierto anterior. Sobras con las que se han elaborado las “sopas de Wuhan”. Teorías y discursos en los que es difícil encontrar algún ingrediente que no conociéramos ya.

En la primera temporada de The Politician se cuenta la historia de Payton, un joven estudiante que quiere ser presidente de los Estados Unidos. Inicia su carrera política en unas elecciones del instituto. Quiere entrar en Harvard, porque es “la fábrica” de presidentes. La serie decae y hace las típicas concesiones que son necesarias para que una historia se considere correcta. En cualquier caso es relevante cómo denuncia una forma de hacer política basada en lo fake. Los sentimientos y la razón de los votantes están permanentemente manipulados por falsedades que instrumentalizan la realidad. Pero lo más interesante, al menos al comienzo, es que los personajes se ven tan atrapados en lo que no es real: lo fake se ha convertido en su identidad. No distinguen las reacciones humanas prefabricadas por intereses de las que son auténticas. Parecen incluso tener nostalgia de algo con peso. En una de las escenas más dramáticas del primer capítulo, se ve a Payton en la entrevista previa al ingreso en Harvard. El profesor que le está evaluando le pregunta cuándo fue la última vez que lloró. Payton responde refiriéndose a una situación en la que lloran todos los estadounidenses y el profesor le pregunta: “¿Lloraste porque se supone que debías llorar o porque te afectó?”. Y Payton responde: “¿importa la diferencia?”.

Difícilmente un personaje post-pandemia hubiera respondido con este cinismo o esta incapacidad de distinguir entre el llanto sincero y el llanto causado por un deber, por una apariencia. O sí. El tiempo lo dirá. En cualquier caso, nosotros hemos llorado como quizás no habían llorado las dos o tres últimas generaciones. Hemos sentido que “no podíamos respirar”. Hemos visto algo sólido moverse dentro de nosotros, hemos distinguido realidad de fake. Quizás una prueba de ello es que, de momento, ciertas instrumentalizaciones buscadas por los radicalismos políticos, siempre dispuestos a utilizar en su favor la sensación de vacío, no han prosperado en Europa. El último trabajo de Krastev, con las encuestas de Datapraxix y YouGOv, revela que no se ha producido un repunte de posturas populistas y nacionalistas. Los europeos piden más cooperación entre los Estados de la Unión. Los españoles, de hecho, se alejan de los extremos. Lo que coincide con otras encuestas (GAD3) en las que el 80% por ciento reclama un pacto.

En este momento hay algo que parece resistir a lo que el sociólogo español Víctor Pérez Díaz denomina la “destrucción del demos (pueblo)” a través de la polarización. Ese mecanismo por el que el poder hace “de cada una de las (supuestas) mitades del conjunto, las izquierdas y las derechas, su enemigo” hacia el que no cabe ninguna amistad cívica. Hacia esa mitad “solo puede haber desconfianza, hostilidad, recelo, desdén, temor, antipatía: sentimientos negativos”. El mecanismo es más eficaz en la medida en la que la sociedad está desagregada, haciendo de cada cual lo que suele llamarse “un empresario de sí mismo”. Se “propicia la dispersión de grupos de interés y de identidad, reforzando la tendencia de cada segmento a afirmarse a sí mismo en competición con otros”. Se busca que “cada cual se exprese con su lenguaje propio y rechace el lenguaje común, como un modo de enmascarar estrategias de dominación por parte de los otros”.

¿Cuánto y cómo es posible que resistamos a lo que Pérez Díaz llama las “oligarquías políticas, los demagogos, ciertas élites”?

El reciente informe que ha publicado Cáritas en España contiene una interesante hipótesis de respuesta. La ONG de la Iglesia ha hecho una valoración rápida de la respuesta a la pandemia en su informe ‘Derecho social y derecho al cuidado’. Sus responsables se muestran sorprendidos de que se haya superado lo que llaman “la fatiga de la compasión”. Hasta el año pasado parecía que las energías sociales de la solidaridad se habían agotado. Se había pedido un gran esfuerzo durante mucho tiempo (desde la crisis de 2008). Y, sin embargo, ante la necesidad, ha aparecido una nueva gratuidad, en forma de donaciones de empresarios y particulares, en forma de tiempo entregado. Es otra forma en acto de la existencia de algo sólido. Pero los autores del informe, con gran realismo, apuntan: “¿Se consolidarán las muestras de solidaridad que se están manifestando en este tiempo? ¿Adquirirán los valores comunitarios un mayor peso frente a los valores más individuales? Es pronto para dar una respuesta a estos interrogantes”. ¿Se consolidará la resistencia a la destrucción del demos? Todo depende de que la chispa que ha resucitado la conciencia de interdependencia vaya más allá de la emergencia, sea sostenida críticamente, comunitariamente. Cáritas señala: “la ciudadanía de los aplausos y los balcones está tratando de dar un paso adelante en responsabilizarse colectivamente de lo que nos sucede”. Responde de forma estable el que sabe distinguir si llora porque las cosas le afectan o porque debe llorar. Responde, sobre todo a sí mismo, el que no está solo.

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