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10 JULIO 2020
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Importa la diferencia

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  23 votos
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Hace unos días se presentaba la segunda temporada de The Politician. Una de las series de éxito en Netflix durante 2019, con Ryan Murphy como uno de sus guionistas. Habrá que ver si los nuevos episodios reflejan el cambio que ha supuesto el COVID. Las series, los grandes relatos de este comienzo del siglo XXI, son el mejor test para identificar los cambios culturales. En este caso, la posible transformación provocada por la pandemia. Las series suelen ser más incisivas que las reflexiones teóricas, algunas de ellas interesantes, otras simples reciclados de las sobras del desconcierto anterior. Sobras con las que se han elaborado las “sopas de Wuhan”. Teorías y discursos en los que es difícil encontrar algún ingrediente que no conociéramos ya.

En la primera temporada de The Politician se cuenta la historia de Payton, un joven estudiante que quiere ser presidente de los Estados Unidos. Inicia su carrera política en unas elecciones del instituto. Quiere entrar en Harvard, porque es “la fábrica” de presidentes. La serie decae y hace las típicas concesiones que son necesarias para que una historia se considere correcta. En cualquier caso es relevante cómo denuncia una forma de hacer política basada en lo fake. Los sentimientos y la razón de los votantes están permanentemente manipulados por falsedades que instrumentalizan la realidad. Pero lo más interesante, al menos al comienzo, es que los personajes se ven tan atrapados en lo que no es real: lo fake se ha convertido en su identidad. No distinguen las reacciones humanas prefabricadas por intereses de las que son auténticas. Parecen incluso tener nostalgia de algo con peso. En una de las escenas más dramáticas del primer capítulo, se ve a Payton en la entrevista previa al ingreso en Harvard. El profesor que le está evaluando le pregunta cuándo fue la última vez que lloró. Payton responde refiriéndose a una situación en la que lloran todos los estadounidenses y el profesor le pregunta: “¿Lloraste porque se supone que debías llorar o porque te afectó?”. Y Payton responde: “¿importa la diferencia?”.

Difícilmente un personaje post-pandemia hubiera respondido con este cinismo o esta incapacidad de distinguir entre el llanto sincero y el llanto causado por un deber, por una apariencia. O sí. El tiempo lo dirá. En cualquier caso, nosotros hemos llorado como quizás no habían llorado las dos o tres últimas generaciones. Hemos sentido que “no podíamos respirar”. Hemos visto algo sólido moverse dentro de nosotros, hemos distinguido realidad de fake. Quizás una prueba de ello es que, de momento, ciertas instrumentalizaciones buscadas por los radicalismos políticos, siempre dispuestos a utilizar en su favor la sensación de vacío, no han prosperado en Europa. El último trabajo de Krastev, con las encuestas de Datapraxix y YouGOv, revela que no se ha producido un repunte de posturas populistas y nacionalistas. Los europeos piden más cooperación entre los Estados de la Unión. Los españoles, de hecho, se alejan de los extremos. Lo que coincide con otras encuestas (GAD3) en las que el 80% por ciento reclama un pacto.

En este momento hay algo que parece resistir a lo que el sociólogo español Víctor Pérez Díaz denomina la “destrucción del demos (pueblo)” a través de la polarización. Ese mecanismo por el que el poder hace “de cada una de las (supuestas) mitades del conjunto, las izquierdas y las derechas, su enemigo” hacia el que no cabe ninguna amistad cívica. Hacia esa mitad “solo puede haber desconfianza, hostilidad, recelo, desdén, temor, antipatía: sentimientos negativos”. El mecanismo es más eficaz en la medida en la que la sociedad está desagregada, haciendo de cada cual lo que suele llamarse “un empresario de sí mismo”. Se “propicia la dispersión de grupos de interés y de identidad, reforzando la tendencia de cada segmento a afirmarse a sí mismo en competición con otros”. Se busca que “cada cual se exprese con su lenguaje propio y rechace el lenguaje común, como un modo de enmascarar estrategias de dominación por parte de los otros”.

¿Cuánto y cómo es posible que resistamos a lo que Pérez Díaz llama las “oligarquías políticas, los demagogos, ciertas élites”?

El reciente informe que ha publicado Cáritas en España contiene una interesante hipótesis de respuesta. La ONG de la Iglesia ha hecho una valoración rápida de la respuesta a la pandemia en su informe ‘Derecho social y derecho al cuidado’. Sus responsables se muestran sorprendidos de que se haya superado lo que llaman “la fatiga de la compasión”. Hasta el año pasado parecía que las energías sociales de la solidaridad se habían agotado. Se había pedido un gran esfuerzo durante mucho tiempo (desde la crisis de 2008). Y, sin embargo, ante la necesidad, ha aparecido una nueva gratuidad, en forma de donaciones de empresarios y particulares, en forma de tiempo entregado. Es otra forma en acto de la existencia de algo sólido. Pero los autores del informe, con gran realismo, apuntan: “¿Se consolidarán las muestras de solidaridad que se están manifestando en este tiempo? ¿Adquirirán los valores comunitarios un mayor peso frente a los valores más individuales? Es pronto para dar una respuesta a estos interrogantes”. ¿Se consolidará la resistencia a la destrucción del demos? Todo depende de que la chispa que ha resucitado la conciencia de interdependencia vaya más allá de la emergencia, sea sostenida críticamente, comunitariamente. Cáritas señala: “la ciudadanía de los aplausos y los balcones está tratando de dar un paso adelante en responsabilizarse colectivamente de lo que nos sucede”. Responde de forma estable el que sabe distinguir si llora porque las cosas le afectan o porque debe llorar. Responde, sobre todo a sí mismo, el que no está solo.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  3146 votos
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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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Elena Simón | 527 comentarios valoración: 2  4251 votos

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