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28 NOVIEMBRE 2020
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Las manos de Ana llegan a Hong Kong

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  31 votos
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Una mañana de la semana pasada. En Madrid. Ana tiene que acudir al médico. Es su primera salida en la “nueva normalidad” (expresión naíf: nunca hubo normalidad, hubo sucesión de comienzos y de declives). Ana tiene más de 75 años, es una superviviente. En España, al menos 37.000 de su generación ha muerto por el virus. Son los que pasaron hambre en la postguerra, los que amasaron con discreción la reconciliación, los que dejaron de hablar de las dos España, los que emigraron masivamente del campo a la ciudad o Alemania y a Francia para darle un futuro a sus hijos, los que saludaron el retorno de la democracia, los que sufrieron el terrorismo, la desindustrialización, la epidemia de la heroína de los 80… Están hechos de otro material, de otra pasta. Ana vive con una hija a la que ayuda una cuidadora latinoamericana. Levantar a Ana de la cama, lavarla, vestirla requiere dedicación. No se vale por sí misma. Esta mañana han empezado antes para llegar a tiempo a su cita.

Seis horas antes, a más de 10.000 kilómetros de Madrid, se despierta Astrid en Hong Kong. Se dirige al centro de la ciudad. Astrid lleva una bandera de color azul oscuro con un lema en chino y en inglés: Hong Kong Independence. Es difícil comprender y describir el material del que está hecho Astrid. Nació poco antes de que los británicos se marcharan de la ciudad. Ha crecido en un mundo próspero, sin restricciones y sus habilidades tecnológicas y la información de la que dispone es muy similar o superior a la de un joven occidental. Conoce con detalle cómo Xi JinPing ha transformado el régimen chino, conoce su proyecto imperial. Ha seguido de cerca, desde enero, las noticias de la expansión del coranavirus. Y está convencido de que la falta de transparencia en Wuhan impidió dominarlo a tiempo. Es un acontecimiento que recuerda a menudo para darse fuerzas. Buena parte del carácter se le ha terminado de formar en las protestas que comenzaron hace un año, estuvo en el encierro de la Universidad Politécnica, vivió días de excitación cuando él y sus compañeros, algunos cristianos, consiguieron tumbar la ley de extradición. Ahora que se ha aprobado la nueva ley de seguridad, muchos de sus amigos han decidido exiliarse.

Ana apenas responde a las palabras que le dirigen su hija y su cuidadora. Las dos la llevan casi en volandas hasta una silla de ruedas. La sientan, le ponen la mascarilla. Y Ana se queda arrugada. La postura de su cuerpo refleja un cansancio casi infinito. Las manos se le caen sobre su regazo. La cara, inexpresiva, parece reflejar el agotamiento de una generación que lo dio todo, muchas veces sin hacerse preguntas, casi siempre sin formular discursos: porque era evidente que había que perdonar, porque era evidente que había que trabajar para prosperar. Así fue en los 50 y en los 60 y así fue en la crisis de 2008, cuando alguno de sus hijos vivió de su pensión.

Las tres mujeres salen a la calle. Y sobre la mesa del comedor queda el periódico al que estaba suscrito su marido. En portada, una foto de Angela Merkel. Cuenta el diario que Alemania asume la presidencia de la UE y que Angela quiere que se apruebe cuanto antes el Plan de Reconstrucción por valor de 750.000 millones de euros. Describir el material humano de Angela, que vivió en su infancia en Europa Oriental, llenaría varios libros. El material político del que está hecha ha cambiado mucho con la historia, con la historia reciente. Hace diez años, cuando estalló la otra crisis, sus decisiones eran expresión de la sensibilidad germana: vigilancia para que el ahorro de años no lo acaben malgastando los “alegres” europeos del sur con su falta de austeridad. Ahora Angela está convencida de que hay ser solidarios, también con España e Italia, gastar mucho y con inteligencia: invirtiendo en desarrollo sostenible, manteniendo la cohesión social. Lo tiene más fácil porque los británicos se van, pero hay mucho que mejorar en el Gobierno de la UE.

Astrid llega a su destino. Extiende la bandera en el suelo y pronto aparece la policía. Lo detienen y su foto aparece al instante en twitter. Es una advertencia a los ciudadanos de Hong Kong: la nueva ley de seguridad nacional se va a aplicar a rajatabla. La voluntad de Xi Jinping es implacable. En esas mismas horas se producen 300 detenciones más. Trump ya acabó con los beneficios comerciales a Hong Kong, en mayo, cuando se promulgó la nueva norma. Pero es difícil pensar en una respuesta sistemática a Pekín. Sigue funcionando la mentalidad pre-Covid: las libertades chinas son un problema interno; el dinero chino, lo que nos interesa, es una cuestión externa.

Ana, la superviviente de un virus no denunciado a tiempo en Wuhan, llega a la puerta de la clínica. Para entrar no puede usar la silla de ruedas. Su hija le extiende las manos y la llama como a una niña, con la ternura de quien sabe que se dirige a una superviviente. Ana se despierta de su sopor y extiende con vigor sus manos al escuchar su nombre. Astrid, a más de 10.000 kilómetros, no lo sabe, pero esas dos manos que se encuentran son esperanza para su lucha. Quizás Angela tampoco lo sabe, esperemos que lo intuya.

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