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14 AGOSTO 2020
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Adiós a Georg Ratzinger

Federico Pichetto | 0 comentarios valoración: 2  35 votos
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Primeros años noventa del siglo pasado. El majestuoso coro de la catedral de Ratisbona que acompaña la imponente melancolía de la música de Bach en la Pasión de Mateo acaba de sonar ante el crucifijo que ocupa la nave central cuando, entre la suave luz de las vidrieras góticas, asoma la figura de Georg Ratzinger. La mirada firme y decidida del anciano director del coro parece atormentada por la búsqueda de lo sublime mientras otros tormentos, en ese mismo momento, afligen a su hermano menor Joseph en la lejana Roma, donde se enfrenta a las crecientes desviaciones de la fe, que muestran una incapacidad cada vez más evidente de las palabras de la doctrina para mover los corazones.

Georg y Joseph crecieron juntos a la sombra de una cítara que tocaba su padre, como queriendo recordar a los dos hermanos que algo que no es capaz de “mover” tampoco puede aspirar a “enseñar”. Si para Joseph, el teólogo, esto siempre supuso la búsqueda de una fe sencilla que mostrar a aquellos que se adentraban en el nuevo milenio, para Georg, el músico, la trampa se escondía justo en el tercer polo de la tríada ciceroniana, el “delectare”, donde veía el riesgo de la música sacra contemporánea que él estigmatizaba como destino de cualquier canción “moderna”, buscando por el contrario en la profunda inquietud de Mozart y Bach la auténtica clave de su propio ministerio.

Tocar no para gustar sino para despertar. Al principio parecía casi imposible arrogarse una tarea semejante en una época tan proclive al sentimentalismo, pero hasta en los años más oscuros –como soldado reclutado en la Wehrmacht, “liberado” por los aliados y encarcelado en Nápoles– las notas del órgano que aprendió a tocar a los once años compusieron en la mente de Georg una sólida base de la que partir constantemente para poder mirar hacia adelante, a la misericordia de ese Dios por el que siempre se sintió amado y buscado.

Esta firmeza en su fe, este brillo en sus ojos fue lo que empujó a su docto hermano Joseph por el mismo camino, que les llevó juntos al sacerdocio el mismo día en una lejana tarde de junio de 1951. La pregunta de Georg, su perenne insatisfacción y melancolía, se convirtió así para Joseph en puerto seguro para toda certeza conquistada racionalmente, hasta el punto de que para el teólogo bávaro el logos ya no podía calificarse como un razonamiento abstracto formal sino que era necesariamente una Persona, el Verbo de Dios. En el Verbo, lo divino y lo humano, la certeza y la pregunta, el cielo y la tierra, se encuentran sin confundirse ni distinguirse. La grandeza del Dios cristiano reside justamente en el hecho de que Él no necesita apagar el deseo para poder reinar sino, por el contrario, viene al mundo para que ese deseo brille en todo su esplendor.

A los hermanos Ratzinger les encantaba hablar  de esto en sus habituales encuentros y por eso, por un pensamiento tan fresco y verdadero, el joven teólogo estuvo desde el principio entre los acompañantes de su obispo en el Concilio Vaticano II, para luego convertirse en arzobispo de Múnich y prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Mientras tanto, su hermano músico crecía en su búsqueda de la Belleza más allá de todas las cosas y se convertía en director de los Regensburger Domspatzen, los “Gorriones de la catedral de Ratisbona”, el coro juvenil que guió con pasión e inteligencia de 1964 a 1994. Abriendo sus corazones al amor de Dios como los hermanos capadocios Basilio y Gregorio en el siglo IV, los Ratzinger se convirtieron en el lugar donde el pecado de Caín era visiblemente rescatado por la gracia de una custodia mutua que se declinaba en viajes, conversaciones, oraciones y encuentros. Hasta aquel mes de abril de 2005, cuando Georg quedó profundamente turbado al oír el nombre de su frágil compañero del camino de la vida bajo el nombre de Benedicto. Un poco enfadado y deprimido, según reconoció él mismo, aceptó la nueva situación y no dejó de llevar en su corazón a su hermano menor, el teólogo convertido en Papa.

No fue casual que precisamente en Ratisbona Joseph tuviera uno de sus discursos más decisivos. Tan cierto como que el logos no era una mera abstracción, también era verdad que Dios había puesto ese logos como cauce para su acción, por lo que se podía decir, sin miedo a ser desmentido, que lo que iba en contra del logos, como la violencia, iba en contra de Dios. Una de las cumbres de la cultura occidental se había visto alcanzada y narrada en el querido lugar de una familia donde la música de Georg aún podía proteger las palabras de Benedicto.

La renuncia de 2013 y la enfermedad de Georg marcaron el resto. Cada vez menos unidos visiblemente, los dos hermanos parecían en cambio estar reforzados y aún más unidos en una comunión que no es la de las cosas sensibles sino un don de Dios, la imagen trinitaria de un destino escrito para todos.

A la luz de esto se puede leer y entender la última profecía: el anciano papa emérito que percibe que su hermano va a dejar este mundo y se precipita, violando los protocolos que él mismo había establecido para la figura inédita del emérito, hacia su amada Alemania, de camino a casa, para despedirse de él. El último viaje, el último encuentro, el Misterio que se cumple. El pequeño Joseph pasa de protegido a protector, de custodiado a custodio, y acompaña a su hermano al umbral del cielo. A los pocos días del regreso a Roma de Benedicto, Georg se apagó con la generosidad de quien va a preparar un lugar para ambos, con la pasión de quien ha culminado, con su inquietud por la Belleza, todo el camino que separa a cada hombre del Amor. Acaso convencido de haber sido siempre “el otro”, el hermano del famoso e importante, pero sin darse cuenta de que su música era capaz de despertar a las estrellas. Aún hoy, más de uno está dispuesto a admitir que al final de aquel concierto de la Pasión de Mateo, aquel día a principios de los años noventa, no solo el público sino hasta el gran crucifijo de la nave central dejó caer una secreta lágrima de gratitud. Como esas lágrimas que acompañan a todos los grandes que, con su humanidad, hacen más humana la tierra y acompañan a todos, también a los Papas, por el sendero que cambie el mundo y que, inevitablemente, abre de par en par las puertas del paraíso.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  3198 votos
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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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Elena Simón | 596 comentarios valoración: 2  4304 votos

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