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14 AGOSTO 2020
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>Entrevista a Fernando Vidal

"Ante el tsunami del coronavirus se ha alzado un tsunami de solidaridad social de primera magnitud"

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 1  45 votos
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El sociólogo apuesta por la sociedad civil avivando la comunidad de barrio, fortaleciendo la autonomía y desarrollo de la sociedad profesional, y estrechando la cooperación con la sociedad empresarial para ser capaces de estar a la altura del desafío que tenemos por delante.

¿Qué le ha parecido la respuesta de la sociedad civil frente a esta pandemia? ¿Existe una energía social para construir?

La pandemia Covid-19 ha sido un tiempo que ha confinado a dos tercios de la humanidad en un periodo imprevisto, corto e intenso, lo cual ha cortado drásticamente la expansión del contagio. Dicho confinamiento no hubiera sido posiblemente meramente con el peso de la ley, sino que ha sido un gran logro de la sociedad civil. La auto-organización es lo que ha hecho posible que en las condiciones de cuarentena las personas vulnerables hayan sido atendidas, gracias a los voluntariados organizados por ONG, redes vecinales y la solidaridad familiar. La necesidad levantó una gran ola solidaria no solo en España. A mitad de marzo el gobierno británico solicitó a una de las mayores ONG la creación de una red de 250.000 voluntarios para poder atender a dos millones de personas vulnerables durante el confinamiento. En dos semanas ya se habían apuntado más de setecientos mil ciudadanos y el programa tuvo que dejar de aceptar voluntarios. En España carecemos de datos generales, pero en una de las ciudades más castigadas, Madrid, se organizaron cincuenta redes vecinales espontáneas que con distintos tamaños y modos movilizaron a más de cinco mil voluntarios que atendieron a unas quince mil personas. El dato fue aportado por uno de los líderes de dichas redes en la Comisión de Reconstrucción del Ayuntamiento de Madrid. También hay datos de una de las principales organizaciones que ayudan a personas sin hogar, Bocatas. Durante el confinamiento recibieron medio millar de nuevos voluntarios para ayudar a las 675 personas sin hogar que se quedaron en las calles de Madrid durante la pandemia. La inmediata respuesta tras el confinamiento, ante la trepidante crisis económica, ha elevado más redes vecinales y parroquiales. Por ejemplo, en una de las zonas más afectadas de Madrid por la mortandad de la pandemia, Tetuán-Ventilla, las parroquias jesuitas han llegado a recaudar en una sola semana más de veinte mil euros y a movilizar voluntarios para conseguir doce toneladas de comida semanales para repartir en los hogares necesitados. Es evidente que ante el tsunami del coronavirus se ha alzado un tsunami de solidaridad social de primera magnitud.

“Una de las medidas más importantes para construir una mayor sociedad civil sería el fortalecimiento de las sociedades profesionales”

Otros que, sin duda, han estado a la altura han sido los servicios sanitarios.

Hay otro aspecto crucial respecto la sociedad civil. Lo que sí ha funcionado de la respuesta a la Covid-19 se ha debido principalmente a los profesionales. Uno de los elementos más valorados durante esta crisis sanitaria ha sido la profesionalidad del personal sanitario y servicios esenciales, pero también de tantos trabajadores que se han adaptado al teletrabajo y continuado con su labor, incluso de modo más eficaz. En su conjunto, en nuestra sociedad se ha degradado la dimensión de la profesionalidad. Su valor ha sido rebajado en favor del materialismo, el individualismo, cuando no la corrupción. Una de las medidas más importantes para construir una mayor sociedad civil sería el fortalecimiento de las sociedades profesionales, que devuelvan a las profesiones su carácter de proyecto moral y servicio público.

Junto con esto, ha habido otro elemento que ha funcionado: la solidaridad de las empresas. Multitud de empresas han ayudado no solo tratando de beneficiar lo más posible a sus trabajadores y haciendo bien su trabajo, sino también donando bienes y servicios en la medida de sus recursos. Algunas han enviado dos o tres profesionales para trabajar gratuitamente en la instalación de los hospitales de campaña, otras han financiado y gestionado grandes compras de respiradores y material sanitario. La CEOE agregó gran parte de lo que se ha realizado en un programa común, pero sobre todo debemos atender también a la actividad solidaria incontable de las centenares de miles de pequeñas empresas que han hecho lo que han podido. Algunas siguieron con sus cocinas en marcha para alimentar a quienes estaban sin medios, otras han repartido paquetes gratis, otras han hecho atención psicológica o pedagógica gratuitamente y así de un modo multitudinario.

“Solo avivando la comunidad de barrio, fortaleciendo la autonomía y desarrollo de la sociedad profesional, y estrechando la cooperación con la sociedad empresarial vamos a ser capaces de estar a la altura del desafío”

¿Qué lección deben de sacar de esto las administraciones públicas?

La Administración ha hecho parte de su trabajo y los gestores podían haberlo hecho mucho mejor. Lo que sí ha funcionado es la gente y la sociedad civil. Este país necesita aprender esta lección de vida: solo avivando la comunidad de barrio, fortaleciendo la autonomía y desarrollo de la sociedad profesional y estrechando la cooperación con la sociedad empresarial vamos a ser capaces de estar a la altura del desafío que tenemos delante. Por el contrario, las acciones estatalistas y la estigmatización de la iniciativa social y empresarial que ha protagonizado el gobierno van en la dirección contraria y, lejos de fortalecer lo público, lo debilitan y empobrecen dramáticamente. España tiene una carencia crónica de sociedad civil y la reconstrucción post-Covid19 es una oportunidad histórica para constituir la sociedad civil del siglo XXI que necesitamos.

Una crisis como la que estamos viviendo puede ser el caldo de cultivo para el crecimiento de los distintos “ismos” pero también puede ser ocasión de superar la discordia y construir juntos. ¿Se dan las condiciones para que ocurra esto último?

Socialmente hay una exigencia casi unánime de unión de los políticos en un proyecto nacional común que trascienda los intereses partidistas: las encuestas han constatado que lo pide el 95% de la población. Los políticos que han obedecido a ese mandato –como es el caso de la alcaldía de Madrid o la presidencia de Castilla y León– han logrado elevar su perfil político extraordinariamente y forjar alrededor de sus figuras una altísima reputación ideológicamente transversal. Por el contrario, quienes han incitado a la división, han carecido de grandeza y principalmente han buscado desgastar a sus contrarios, han quemado su capital político y han provocado depresión política entre la población. No se dan las condiciones políticas para crear ese proyecto común compartido y se ha demostrado en la mayoría de comisiones de reconstrucción creadas en parlamentos y plenos municipales, pero muy especialmente en el Congreso de los Diputados.

“Estos acontecimientos de vida y muerte y esa experiencia en torno a lo esencial van a dejar una huella indeleble en todos los que lo hemos vivido”

¿Percibe que vence el pesimismo o como el hombre de otras épocas nos creceremos ante la adversidad?

Durante el confinamiento y el periodo posterior de crisis está habiendo una experiencia positiva, solidaria y profunda que ha afectado a las capas más esenciales de la conciencia. Uno de los interrogantes que más se repite en las conversaciones es si ese cambio perdurará o fructificará. Mi intuición es que esos acontecimientos de vida y muerte y esa experiencia en torno a lo esencial van a dejar una huella indeleble en todos los que lo hemos vivido. Si eso da fruto dependerá de si existe una segunda vuelta en la que se haga memoria y haya reflexión.

El anhelo humano de vida, elevación y totalidad es infinito e irreductible. Incluso en los tiempos más oscuros de nuestra historia y hasta en los hornos crematorios de Auschwitz fue incombustible: todo puede quemarse menos el amor y su esperanza.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  3198 votos
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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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Elena Simón | 596 comentarios valoración: 2  4304 votos

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