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24 NOVIEMBRE 2020
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Fumar en solitario

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  82 votos
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Disonancia cognitiva. Esa fue la expresión que fue acuñada ya hace más de 70 años por el psicólogo social Leon Festinger. Es un término con el que quiso explicar cómo reaccionamos cuando conocemos dos hechos contradictorios o cuando un hecho conocido contradice un comportamiento. La disonancia no puede mantenerse mucho tiempo. Es necesario olvidar el hecho conocido, cambiar de conducta o construir una justificación. El fumador sigue encendiendo doce o veinte pitillos al día, pero sabe que “fumar mata” porque lo dicen todas las cajetillas. La contradicción no se puede mantener mucho tiempo. Por eso los fumadores o lo dejan o tienden a darse un motivo que justifique sus actos: “fumo porque me mantengo delgado, porque no quiero morir de viejo” (las justificaciones no suelen ser coherentes). La disonancia cognitiva es más dolorosa cuando las evidencias ponen en cuestión el modo habitual en el que una persona o un grupo se ven a sí mismos.

El votante que ha optado por determinado partido, casi inconscientemente, tiende a justificar las acciones de los líderes que representan a sus siglas, aunque sean incorrectas o inconvenientes. Y el comprador habitual de una marca de coches suele olvidar que es cara o que los modelos gastan mucha gasolina. Las decisiones tomadas disparan una especie de pertenencia que acaba olvidándose de los hechos. El mecanismo es sencillo y lo conocemos todos, pero solemos minusvalorar su poder emotivo. Y este es un tiempo en el que la emotividad es prácticamente todo.

Un par de psicólogos sociales han retomado la disonancia cognitiva para explicar en The Atlantic el comportamiento de muchos estadounidenses durante el Covid. El país está siendo golpeado duramente por la pandemia. El confinamiento, el aislamiento o el uso de mascarilla, evidentemente, sirven para frenar al virus. Esos datos están en contradicción con la decisión de volver al trabajo, al bar favorito o a la reunión de amigos. Por eso hay tanta gente diciendo que las mascarillas les impiden respirar o reclamando una libertad que va contra sus vidas.

La disonancia cognitiva explica comportamientos sociales, pero también comportamientos de las élites y de la clase política. Es una buena herramienta, por ejemplo, para entender lo que sucede en la vida política española. Los datos son contundentes, la pandemia se ha gestionado mal. El Informe Anual sobre Desarrollo Sostenible de la Universidad de Cambridge ha llegado a asegurar que, de todos los países de la OCDE, España ha sido el que peor ha respondido al virus. Y esta mala nota no se puede atribuir desde luego al comportamiento de los ciudadanos que, en su inmensa mayoría, han sido ejemplares durante el confinamiento. Ni a sus médicos y a sus enfermeras, que han sido heroicos. La sociedad civil, el mundo de la empresa, se ha volcado con una generosidad que ha ido más allá de un cansancio que hubiera sido comprensible. España está a la cola por la gestión de su Gobierno central y, probablemente, de buena parte de sus Gobiernos Autonómicos. Es un problema, fundamentalmente, del Gobierno de Sánchez, pero también de la organización del sistema territorial de competencias entre las Comunidades Autónomas y la Administración Central.

En lo económico el resultado no es mejor. Hace un mes la OCDE señaló que sería el país más golpeado en un escenario de segunda ola como el que se avecina. Las viejas debilidades son ahora un importante lastre: no se aprovechó el tiempo de crecimiento para hacer las necesarias reformas en el sistema educativo, en el sistema de pensiones o en el mercado de trabajo. España ha entrado en la era Covid con un déficit y una deuda alta, con una excesiva dependencia del turismo, con pequeñas y medianas empresas demasiado pequeñas y con una enseñanza desconectada del mundo productivo. El 56 por ciento de los trabajadores españoles están empleados en una actividad que implica riesgo de contagio. El Gobierno socialista acertó al comienzo de la epidemia cuando aprobó una línea de créditos blandos. Acertó al pagar el salario a más de dos millones de trabajadores a través de la Seguridad Social (ERTES) para evitar el cierre de empresas. La nueva herramienta caduca en septiembre y entonces varios cientos de miles se convertirán en nuevos parados. El Gobierno de Sánchez lo ha confiado casi todo a percibir 140.000 millones del Fondo de Reestructuración de Europa. Y se ha visto sorprendido por el retraso, la limitación de las ayudas europeas y su condicionalidad.

Los datos de la “cajetilla” sanitaria y económica son insistentes. Pero también las advertencias sociales se repiten. Encuesta tras encuesta, los españoles dicen que, de forma mayoritaria, quieren un gran pacto de Estado. Insistentemente el Gobierno de Sánchez hace amago de llegar a acuerdos con el PP y nunca los materializa. No es solo el carácter radical de su socio, Podemos, quien se lo impide. Es una disonancia cognitiva la que le impide dar el paso. Ha decidido, pase lo que pase, “fumar”, gobernar, sin la derecha. Y lo justifica apelando al desgaste que sufrieron los socialistas griegos o los socialistas alemanes cuando apoyaron fórmulas de gran coalición. La derecha, por desgracia, se comporta a menudo copiando miméticamente el comportamiento del Gobierno.

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