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22 SEPTIEMBRE 2020
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Fumar en solitario

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  82 votos
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Disonancia cognitiva. Esa fue la expresión que fue acuñada ya hace más de 70 años por el psicólogo social Leon Festinger. Es un término con el que quiso explicar cómo reaccionamos cuando conocemos dos hechos contradictorios o cuando un hecho conocido contradice un comportamiento. La disonancia no puede mantenerse mucho tiempo. Es necesario olvidar el hecho conocido, cambiar de conducta o construir una justificación. El fumador sigue encendiendo doce o veinte pitillos al día, pero sabe que “fumar mata” porque lo dicen todas las cajetillas. La contradicción no se puede mantener mucho tiempo. Por eso los fumadores o lo dejan o tienden a darse un motivo que justifique sus actos: “fumo porque me mantengo delgado, porque no quiero morir de viejo” (las justificaciones no suelen ser coherentes). La disonancia cognitiva es más dolorosa cuando las evidencias ponen en cuestión el modo habitual en el que una persona o un grupo se ven a sí mismos.

El votante que ha optado por determinado partido, casi inconscientemente, tiende a justificar las acciones de los líderes que representan a sus siglas, aunque sean incorrectas o inconvenientes. Y el comprador habitual de una marca de coches suele olvidar que es cara o que los modelos gastan mucha gasolina. Las decisiones tomadas disparan una especie de pertenencia que acaba olvidándose de los hechos. El mecanismo es sencillo y lo conocemos todos, pero solemos minusvalorar su poder emotivo. Y este es un tiempo en el que la emotividad es prácticamente todo.

Un par de psicólogos sociales han retomado la disonancia cognitiva para explicar en The Atlantic el comportamiento de muchos estadounidenses durante el Covid. El país está siendo golpeado duramente por la pandemia. El confinamiento, el aislamiento o el uso de mascarilla, evidentemente, sirven para frenar al virus. Esos datos están en contradicción con la decisión de volver al trabajo, al bar favorito o a la reunión de amigos. Por eso hay tanta gente diciendo que las mascarillas les impiden respirar o reclamando una libertad que va contra sus vidas.

La disonancia cognitiva explica comportamientos sociales, pero también comportamientos de las élites y de la clase política. Es una buena herramienta, por ejemplo, para entender lo que sucede en la vida política española. Los datos son contundentes, la pandemia se ha gestionado mal. El Informe Anual sobre Desarrollo Sostenible de la Universidad de Cambridge ha llegado a asegurar que, de todos los países de la OCDE, España ha sido el que peor ha respondido al virus. Y esta mala nota no se puede atribuir desde luego al comportamiento de los ciudadanos que, en su inmensa mayoría, han sido ejemplares durante el confinamiento. Ni a sus médicos y a sus enfermeras, que han sido heroicos. La sociedad civil, el mundo de la empresa, se ha volcado con una generosidad que ha ido más allá de un cansancio que hubiera sido comprensible. España está a la cola por la gestión de su Gobierno central y, probablemente, de buena parte de sus Gobiernos Autonómicos. Es un problema, fundamentalmente, del Gobierno de Sánchez, pero también de la organización del sistema territorial de competencias entre las Comunidades Autónomas y la Administración Central.

En lo económico el resultado no es mejor. Hace un mes la OCDE señaló que sería el país más golpeado en un escenario de segunda ola como el que se avecina. Las viejas debilidades son ahora un importante lastre: no se aprovechó el tiempo de crecimiento para hacer las necesarias reformas en el sistema educativo, en el sistema de pensiones o en el mercado de trabajo. España ha entrado en la era Covid con un déficit y una deuda alta, con una excesiva dependencia del turismo, con pequeñas y medianas empresas demasiado pequeñas y con una enseñanza desconectada del mundo productivo. El 56 por ciento de los trabajadores españoles están empleados en una actividad que implica riesgo de contagio. El Gobierno socialista acertó al comienzo de la epidemia cuando aprobó una línea de créditos blandos. Acertó al pagar el salario a más de dos millones de trabajadores a través de la Seguridad Social (ERTES) para evitar el cierre de empresas. La nueva herramienta caduca en septiembre y entonces varios cientos de miles se convertirán en nuevos parados. El Gobierno de Sánchez lo ha confiado casi todo a percibir 140.000 millones del Fondo de Reestructuración de Europa. Y se ha visto sorprendido por el retraso, la limitación de las ayudas europeas y su condicionalidad.

Los datos de la “cajetilla” sanitaria y económica son insistentes. Pero también las advertencias sociales se repiten. Encuesta tras encuesta, los españoles dicen que, de forma mayoritaria, quieren un gran pacto de Estado. Insistentemente el Gobierno de Sánchez hace amago de llegar a acuerdos con el PP y nunca los materializa. No es solo el carácter radical de su socio, Podemos, quien se lo impide. Es una disonancia cognitiva la que le impide dar el paso. Ha decidido, pase lo que pase, “fumar”, gobernar, sin la derecha. Y lo justifica apelando al desgaste que sufrieron los socialistas griegos o los socialistas alemanes cuando apoyaron fórmulas de gran coalición. La derecha, por desgracia, se comporta a menudo copiando miméticamente el comportamiento del Gobierno.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  3258 votos
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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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Elena Simón | 843 comentarios valoración: 2  4365 votos

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