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26 OCTUBRE 2020
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Bizancio desarmado: ninguna guerra de civilizaciones

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  86 votos
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No ha sido un 29 de mayo. Pero casi. A finales de mayo de 1543, Mehmet II, conocido luego como el conquistador, conseguía entrar en Constantinopla. La tomaba después de un largo asedio. Y hacía su camino triunfal desde Santa Sofía hasta el Palacio Imperial, aclamado por sus soldados. El viernes pasado, el camino ha sido el inverso: Erdogan salía de su residencia en un largo coche negro con dos banderas en las que ondeaba la media luna. Entraba en Santa Sofía para iniciar la oración del viernes. Los mosaicos cubiertos, que no quedara rastro de la Roma cristiana de Oriente. Erdogan ha querido deshacer simbólicamente el camino emprendido por Kemal Atatürk y su proyecto de una república laica. El presidente turco deja atrás el kemalismo con un nacionalismo religioso neotomano. En el momento en el que agarraba el micrófono para rezar hacía un gesto de teología política muy propio de este siglo XXI.

Los cristianos de Oriente lloran estos días la conversión de Haghia Sofia, de nuevo, en una mezquita. Hemos vuelto al siglo XVI, a la caída de Bizancio. Hay sin duda motivos para las lágrimas. Pero antes de la “reconquista de Constantinopla” por Erdogan, se había ya producido otra reconquista más importante. Esos cristianos orientales han recuperado, con su testimonio, no con las armas ni con la política, el Bizancio anterior a la primera basílica del 360, la construida por Constancio II. Con el testimonio dado bajo la presión sangrienta del Daesh y del yihadismo, los cristianos de Oriente han vuelto al Bizancio sin fracturas. El ecumenismo de la sangre ha devuelto la unidad que se perdió tras el Concilio de Nicea (325) y el de Calcedonia (451). Se ha cerrado, con la última persecución, la fractura abierta con la revuelta de Alejandría y de Antioquía contra el Bizancio que proclamaba la divinidad y la humanidad de Jesús. Ya no hay en la vida práctica distinción entre nestorianos, monofisitas e “imperiales”. El testimonio supera, por elevación, el buscado conflicto de civilizaciones.

El gesto de Erdogan es contrario a una tradición que es normativa en el islam. Los piadosos recuerdan que, cuando se le ofreció al segundo califa Umar (581-644) la posibilidad de rezar en el Santo Sepulcro, la rechazó. No quería que los musulmanes pudieran utilizar su oración como argumento para transformar una iglesia en mezquita.

El presidente turco lucha por recuperar su popularidad que ha descendido de forma considerable desde la crisis de 2008. La nueva recesión provocada por el Covid ha disminuido aún más el respaldo. Erdogan intenta poner de su parte a los sectores islamistas a los que tanto necesita. De hecho, en las elecciones municipales de marzo del año pasado, buscó la bendición de un grupo de clérigos.

Hay razones de política interna y de política exterior. Erdogan hace tiempo que dejó atrás el proyecto de una Turquía que sirviera de puente entre Occidente y Oriente. Su pertenencia a la OTAN, que lo convertía en el aliado de Estados Unidos, ya no es pacífica. Bajo su mandato, la Sublime Puerta ya no es la eterna aspirante a integrarse en la Unión Europea. Es el país subcontratado para contener a los refugiados sirios, afganos e iraquíes, que chantajea a Bruselas con lanzarlos contra las fronteras griegas. Erdogan ha querido usar Santa Sofia para decirle al mundo musulmán que Turquía no tiene nada que envidiar a Egipto con su mezquita de Al-Azhar o a los Emiratos Árabes Unidos su suelo sagrado. Puede haber errado su cálculo: se aleja de Rusia y de los cristianos ortodoxos y se queda aislado solo con el apoyo de Qatar.

Turquía, en alianza con Qatar, lidera en este momento un proyecto de expansión en el Mediterráneo y en el mundo de mayoría musulmana que tiene una dimensión política y económica, pero también un importante componente de instrumentalización religiosa. La lucha mantenida en el norte de Siria por controlar en la provincia de Iblid el llamado “cordón de seguridad”, una franja de 30 kilómetros, no es consecuencia de uno de los muchos cambios que se han producido entre los socios de esa guerra. Como tampoco es casual que Turquía y Qatar estén apoyando en Libia a Sarraj, frente al rebelde Hafter, apoyado por Egipto, Arabia Saudí y los Emiratos. Hay un proyecto que incluye el control de los recursos energéticos del Mediterráneo central y oriental.

Erdogan se enfrenta, junto con Qatar, a los Emiratos y a Egipto, en su intento de tutelar un islam religioso, capaz de dialogar con los cristianos. Fue en Abu Dabi donde Francisco firmó el año pasado, con el Gran Imán de Al Azhar (del Cairo), el importante Documento sobre la Fraternidad Humana. Qatar, por contra, es el gran patrocinador de los Hermanos Musulmanes. La organización islamista y anti-occidentalista busca, con el dinero qatarí, ampliar su implantación entre los musulmanes europeos.

Sería una torpeza entender lo que está sucediendo con una “guerra de civilizaciones”. Estamos ante un juego de poder, ante una pugna en el seno de los países de mayoría musulmana. La respuesta desarmada ya la han dado, con su testimonio, los mártires árabes, asirios y coptos.

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