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29 SEPTIEMBRE 2020
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Primacía del asombro

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 1  45 votos
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Abraham Joshua Heschel no escribía sobre el asombro después de haber vivido una vida tranquila y sosegada. Polaco, rabino hijo de rabinos, supo pronto lo nocivo que puede ser un virus: su padre murió de gripe en 1916. Después de trasladarse a Berlín, conoció en propia carne la otra pandemia: la del odio racial. La Gestapo lo deportó a Varsovia, desde donde consiguió escapar a tiempo a Londres y luego a Nueva York. Buena parte de su familia murió en los campos de concentración. “Esta es la tarea en la más negra noche: estar seguro del amanecer, seguro de poder transformar una maldición en una bendición, seguro de que la agonía se convertirá en una canción”, escribía Heschel mientras todo su mundo se derrumbaba. Es seguro que los organizadores del Meeting de Rímini no tuvieron presente, al elegir como lema una de sus frases, las circunstancias en las que se había desarrollado la vida del rabino. Nadie hace un año podía prever que a estas alturas una epidemia habría provocado más de 21 millones de contagios, casi 800.000 muertes y una crisis económica difícil de calificar. Pero aquí estamos, en una devastación para Europa sin precedentes desde la época en la que Heschel tuvo que escapar.

El Meeting de Rímini ha mantenido el lema inicial: “sin asombro nos quedamos sordos ante lo sublime”, frase del rabino polaco. La valoración de la sorpresa que la realidad provoca, la trascendencia que en cada cosa se insinúa no fue para Heschel un motivo para fugarse de lo concreto. Todo lo contrario. El polaco se preguntaba: “¿Es acaso inconcebible que nuestra civilización entera haya sido construida sobre una mala interpretación del hombre? O que la tragedia del hombre se deba a que es un ser que ha olvidado la pregunta: ¿quién es el hombre?”. Fueron esas preguntas las que le hicieron a Heschel comprometerse en la lucha contra el racismo, apoyando a Luther King.

Encerrados en nuestras casas, rodeados por la muerte y la enfermedad, empujados por la necesidad de una reconstrucción económica que exige repensar muchas cosas, nos hemos encontrado todos preguntándonos quiénes somos. En estos últimos meses todos nos hemos planteado de forma muy concreta ese interrogante, asomados a un abismo en el que la tentación de la nada, el nihilismo, no era un juego filosófico. “¿De quién dependo, del azar, de una cadena de ARN o de algo positivo?”, nos hemos preguntado, cientos, miles de veces. “Sin asombro nos quedamos sordos ante lo sublime”. Comentando la frase de Heschel, el presidente del Meeting de Rímini, Bernhard Scholz, ha señalado que “el estupor ante la realidad, incluso en las circunstancias más difíciles, genera una capacidad de iniciativa casi indomable. Sorprenderse de la propia existencia y de la existencia de los otros provoca que atendamos a fuentes de humanidad que en tiempos normales no sabríamos tener. Sin la sorpresa no es posible recomenzar, sin la sorpresa recomenzar es un cálculo. Esa sorpresa es la conciencia de que lo que se ha dado, se te ha dado, gratuitamente”.

La sorpresa como motor de cambio. Durante los momentos más duros de la pandemia, se ha corrido el velo que tradicionalmente cubre las cosas y nos tapa a nosotros mismos. Aunque sea solo durante unos instantes, hemos sido conscientes de estar navegando entre dos aguas, entre la nada y la vida. Y en este viaje quizás se nos ha hecho más evidente que nunca la “primacía de la realidad”: lo primero, encerrados en casa, con el miedo golpeando nuestra ventana, era el árbol, los pájaros, la calle que veíamos a través de los cristales. Lo primero ha sido no lo que éramos capaces de hacer, que en algunos casos era poco y en otros mucho –no ha habido fatiga de compasión– sino la sorpresa de estar vivos, la sorpresa por la gratuidad de los sanitarios, la pregunta asombrada: pero “¿quién soy yo?, ¿qué es el mundo?”. Hemos experimentado la primacía de la realidad y del asombro no en un sentido cronológico: como un comienzo que se queda en el pasado y que se convierte en una inspiración. Hemos experimentado la primacía de la realidad, después de haber recuperado, al menos momentáneamente, el oído y de haber escuchado cómo el asombro puede ser la forma agradecida de la acción, lo que Scholz llama la “atención a fuentes de humanidad” y a una reconstrucción posible.

Esta primacía de la realidad, la sorpresa por lo sublime, tiende a desaparecer con facilidad. Hemos sido testigos también de cómo todo tiende a volver a la sordera, especialmente la vida política. Por eso es necesario volver a escuchar las voces que oyen y miran con intensidad, con ingenuidad crítica. Ese es el propósito de la serie ‘Not too much to ask’, una serie de entrevistas a personalidades internacionales que se estrena en el Meeting de Rímini. Se trata de escuchar, gracias a las voces de otros, la primacía del asombro.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  3268 votos
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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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Elena Simón | 918 comentarios valoración: 2  4375 votos

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