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24 NOVIEMBRE 2020
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Memoria del futuro en Rímini

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  47 votos
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Hace unas horas ha terminado el Meeting de Rímini, la tradicional cita cultural que marca el final del verano y el comienzo del curso en Italia. Ha sido probablemente la edición más extraña desde que echara A andar hace cuarenta años esta iniciativa. No había multitudes, como siempre. Ha sido, de hecho, uno de los primeros congresos que se han celebrado en el país desde que apareciera el Covid. Una mezcla de 'on line' y 'on life'. En el antiguo Palacio de Congresos de Rímini, mil personas presentes al día en carne y hueso. En la web del Meeting, decenas de miles de visitantes. La digitalización ha favorecido una intensa internacionalización. El mundo post-Covid y el mundo durante el Covid han estado muy presentes, no solo entre los políticos, los hombres de empresa y científicos que han intervenido. Quizás la aportación más original del Meeting de 2020 ha sido interrogarse si hay alguna posibilidad de superar ese nihilismo que ha crecido con la pandemia y que no se puede vencer ni con mascarilla ni con distancia social. Las palabras que iban a marcar el final de este verano eran reconstrucción y recomienzo. Pero la primera ola del virus prolongada o la segunda ola que ya está presente impide cualquier posibilidad de concretar ese juego de palabras utilizado en España, "nueva normalidad", cada vez más se antoja como un sueño. Pensábamos que a estas alturas ya estaríamos hablando de los malos meses que nos trajo el virus conjugando los verbos en pasado, pero el patógeno se ha instalado obstinadamente en el presente y cuestiona de forma insistente cualquier forma de optimismo. El virus no se va, no hay progreso garantizado a la vista. Casi 23 millones de contagiados en el mundo, casi 800.000 muertos oficiales, las previsiones de recuperación son absolutamente vaporosas.

Como ha señalado el psiquiatra Umberto Galimberti, pertenecíamos a una cultura en la que se Solía dar por descontada la esperanza: todo necesariamente tenía que progresar. Los jóvenes son los que más rápidamente se han dado cuenta de que no hay nada necesario al mirar el futuro, nada necesariamente mejor. Por eso su presente, nuestro presente, sucumbe a la nada. No hay tregua y limitarse a esperar a que la situación pase, como ha señalado Julián Carrón, el presidente de la Fraternidad de Comunión y Liberación, provoca que las jornadas se vuelvan más insoportables. El Meeting de Rímini, aunque está sostenido por personas que pertenecen a Comunión a Liberación, no suele tener una intervención de su máximo responsable. Se cuentan con los dedos de la mano las ocasiones en las que Giussani y Carrón han participado en las cuatro últimas décadas. El sacerdote español ha hecho en esta ocasión una aportación, en un diálogo ágil con el presidente del Meeting, Bernhard Scholz, sobre las cuestió más candente del momento: qué puede sostener la esperanza. No se ha tratado de una intervención fácilmente archivable en la carpeta de "consejos espirituales para un tiempo borrascoso". De hecho, la experiencia y las preguntas formuladas por Carrón tienen el valor de ser una hipótesis para ese diálogo social que a menudo nos falta: ¿por qué se puede esperar un futuro mejor? Sin responder seriamente a este interrogante es difícil seguir batallando contra el virus, remitirlo todo al momento en el que Astrazeneca o Moderna nos anuncien que tienen disponible la vacuna (con eficacia necesariamente limitada). Es casi imposible empeñarse en una reconstrucción después de un desastre económico que imaginamos con dificultad. "La sociedad no puede aceptar un mundo sin esperanza", había señalado Mario Draghi en la inauguración del Meeting. ¿Qué permite esperar? No es poco que la reunión en Rímini haya formulado preguntas que no se refieren a la vida después de la muerte, sino a nuestro modo de relacionarnos con la realidad. Ahora que, de pronto, hemos empezado a hablar de cosas de las que nunca hablábamos, sería interesante escuchar las respuestas que nos damos todos, sobre todo las respuestas no prefabricadas, las que obedecen a la gramática de los hechos.
Carrón, para responder, quiso partir del presente, de lo positivo que ya estaba sucediendo: el propio Meeting. Es la misma indicación metodológica que había lanzando horas antes el psiquiatra Eugenio Borgna, utilizando palabras de Agustín de Hipona: la esperanza es "memoria del futuro". Todo depende del punto de apoyo que hay en el presente, de lo que podemos sorprender hoy, ahora, para estar en pie. El mundo entero lleva desde marzo sometido a un test de resistencia que ha revelado hasta qué punto las estructuras sanitarias, económicas, y sobre todo las estructuras culturales y de sentido, estaban construidas sobre un suelo que se ha revelado inseguro. ¿Qué me permite ser yo mismo en unas circunstancias como estas? ¿Qué hemos aprendido durante la cuarentena? La cuarentena ha puesto nuestras certezas ante el tribunal exigente de la vida, ante el tribunal inapelable del presente. "La esperanza -señaló Carrón- es posible cuando hay algo en el presente que nos hace mirar de modo diferente el futuro". La invitación a una indagación sincera sobre las razones del presente, que permiten tener una memoria esperanzada del futuro, no es privatizable. No es privatizable como hasta ahora eran privatizables las cuestiones de sentido. Ahora el sentido se ha convertido en la cuestión pública por excelencia. Mario Draghi señalaba al comienzo del encuentro en Rímini que "la participación en la sociedad del futuro exigirá a los jóvenes de hoy más capacidad de discernimiento y de adaptación". ¿Pero cómo es posible educar en esa capacidad de adaptación si viven con el miedo en la sangre? Con el miedo en la sangre, que según Carrón le meten los padres y los educadores invadidos por el temor al futuro, por el temor a la libertad. Solo se confía en el futuro, solo se ama y se educa en la libertad por algo, alguien, presente.
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