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22 SEPTIEMBRE 2020
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El punto es una mirada

Costantino Esposito | 0 comentarios valoración: 1  36 votos
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El extraño Meeting de este año nos reserva sorpresas. Digo "extraño" porque cuando llegué inmediatamente pensé, formulando una pregunta muda para mis adentros: "¿¡Bueno, y!? ¿Dónde está el Meeting?".

Lo que faltaba era una pieza hasta ahora absolutamente necesaria, o más bien el protagonista principal, que son las personas, los rostros, los propios cuerpos, el movimiento de las personas, a veces incierto, a veces decisivo, pero siempre movido por algo que valía la pena descubrir, seguir, compartir. Gente de carne y hueso: esto es lo que no encontraba, una ausencia que dejó los espacios un poco sin sentido, casi inútiles. Vacíos. Pero incluso la ausencia –como pronto descubriría– puede traer consigo una promesa de plenitud.

Con unos amigos que afortunadamente había encontrado "presencialmente" –y con los que al principio nos miramos como si fuéramos supervivientes– algo absolutamente interesante despegó de inmediato: estábamos viendo a nuestro alrededor y en nuestros propios rostros por qué habíamos venido a Rímini (dejando en casa familia, amigos, compañeros, personas a las que hubiéramos invitado a venir con nosotros...).

Buscábamos, íbamos a la caza de lo que en teoría siempre habíamos sabido, y ahora, cuando la grandiosa maquinaria de las sucesivas ediciones ya probada durante cuarenta años no nos esperaba... pues ahora no era más difícil, sino paradójicamente más fácil, menos evidente, menos "sabido", buscar la presencia que nos había vuelto a atraer este año. Aunque con la mascarilla y el distanciamiento y la medición de la temperatura. Era como algo nuevo, y renacía el desafío y el placer de interceptarlo.

Había que mirar, mirar atentamente lo sucedido en los estudios equipados como una televisión en vivo, las pantallas con los grandes rostros de los invitados conectados a distancia, la forma de estar allí de los invitados que llegaban en persona, que aunque no tenían enfrente a los miles de espectadores del público, sabían que a través de la cámara estaban interactuando con personas de todo el mundo, en sus casas y en las muchas plazas conectadas. La ausencia estaba resultando una presencia aún más concreta, difundida y compartida.

Y es entonces cuando comprendí el punto decisivo, o más bien lo volví a entenderlo, como todas las otras veces que había venido al Meeting, pero esta vez de una manera inédita, extraña, más aguda incluso que cuando creía conocerlo por costumbre y lo esperaba a priori. El punto es una mirada, la mirada de alguien sobre la realidad, sobre el mundo y sobre sí mismo. Porque lo humano se juega todo en una sola mirada, que no es solo una capacidad visual, sino una posición, una "postura" del yo. Tanto es así que muchas veces miramos las cosas pero no las vemos, no las notamos. El punto decisivo, la razón por la que habíamos venido, era una invitación a mirar, seguir e identificarse con la mirada de quien ve más que nosotros, más lejos, más cerca o más profundamente. Y era la misma invitación dirigida a los muchos (la mayoría) que no habían venido, pero que estaban con nosotros siguiendo el rastro de las mismas miradas en diferentes partes del mundo, en diferentes husos horarios, en las más variadas condiciones.

Quisiera indicar solo algunas de estas miradas en las que "se despertaba lo humano", como dice el título del libro de Julián Carrón, que para mí ha marcado el horizonte de todo el Meeting de este año. La primera mirada fue la de Mario Draghi el primer día. No voy a los contenidos específicos de su discurso, portador de una visión amplia, crítica y consciente del dramático momento que vive Italia y el mundo entero con la pandemia del Covid-19. En cambio, me detengo en un punto aparentemente secundario, pero que en realidad constituye la clave secreta de la intervención de Draghi. Lo que he visto y oído es la mirada y el tono de un hombre para quien el análisis preciso de los factores técnicamente en juego en la actual situación socioeconómica iba acompañado y apoyado por una especie de anhelo por la vida y el destino de los jóvenes. Que no se pierda ni una sola vida. ¿No es este el objetivo de todas las estrategias bancarias, financieras y políticas del mundo?

Y fue una sorpresa ver al vasco Mikel Azurmendi entrevistado por Fernando de Haro, a propósito de su libro "El abrazo" (Rizzoli). Ya lo había escuchado criticar con pasión y ferocidad los prejuicios de la sociología y antropología modernas, que nunca se involucran con su verdadero objeto, es decir, la experiencia humana. Pero esta vez la crítica se había convertido en una libertad de propuesta, una nueva mirada sobre la experiencia de las personas, una cultura nueva nacida del encuentro con una comunidad cristiana viva que había cambiado radicalmente la vida de Mikel. La novedad cultural que se propondría a todos coincidió con su experiencia histórica particular.

Y cuando Eugenio Borgna, el icono mismo de la psiquiatría fenomenológica, hablaba de su trabajo con enfermos mentales y de la aventura de la investigación a lo largo de su vida, citó a su antiguo profesor que le decía: "aunque salves solo a uno, tu vida habrá tenido sentido”. Siempre es esa presencia irreductible que vuelve, la presencia del yo, la mirada de un hombre, la posibilidad de ser arrancado de la nada.

Umberto Galimberti lo relanzó a su manera, arriesgándose incluso a contradecirse a sí mismo. En un primer momento decía que ante el nihilismo que vacía de sentido la vida de los jóvenes y ante la técnica que reduce a las personas a meros ejecutores del mecanismo económico del consumo, había apelado, como vía de salvación, a la recuperación del sentido griego de la medida, es decir, a limitar sus deseos para no correr el riesgo de quemarse. Pero luego, inmediatamente después, con una mirada de conmovedora sinceridad a sí mismo, frente a todos nosotros, afirmó que del nihilismo solo puede arrancarnos una experiencia amorosa, un amor que es el único que nos hace conocernos verdaderamente a nosotros mismos y al mundo. Y lo hizo en primera persona recordando la figura de su esposa ausente.

Por eso vine al Meeting, por eso tantos se conectan con el Meeting para descubrir el origen de esta mirada. Una mirada humana que el hombre no podía darse con sus solas capacidades. Porque solo cuando eres amado puedes ver todo así. Hace falta un padre, uno que genere la mirada y reabra la esperanza. Como él decía –quisiera decir como "vio" y nos mostró Carrón en su diálogo con el presidente Scholz– se necesita un punto de certeza ahora, en el presente, un agradecimiento por el hecho de que la realidad está y yo estoy y tú estás, para seguir esperando. No por ilusión, sino por sorpresa, por asombro. Esa maravilla sin la cual no podríamos escuchar lo sublime que nos habla en las cosas cotidianas.

(traducción de Pablo Recalde)

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  3258 votos
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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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Elena Simón | 843 comentarios valoración: 2  4365 votos

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