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19 SEPTIEMBRE 2020
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La batalla del otoño

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  32 votos
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Melania lució la semana pasada en la Convención Nacional de los Republicanos, para apoyar a su marido, un traje verde con hombreras anchas, botones metálicos, falda por debajo de las rodillas y un cinturón que le ceñía la chaqueta. El estilo recordaba claramente el de un oficial del ejército. Melania es conocida por los mensajes que lanza a través de sus atuendos. Explican los especialistas en la primera dama de los Estados Unidos que cuando está enfadada con su marido recurre, por ejemplo, a los trajes de corte masculino. Melania quiso dejar claro la semana pasada que está preparada para la batalla. ¿Qué batalla? ¿Contra los demócratas liderados por un candidato demasiado viejo? ¿Contra la segunda ola del coronavirus? ¿Contra la crisis económica? La batalla para que la está preparada Melania es la batalla del temor. De esa batalla depende la recuperación de la intención de voto de Trump, que sigue por detrás de Biden en las encuestas.

El editorialista del New York Times, David Brooks, aseguraba este fin de semana que las elecciones presidenciales de los Estados Unidos las va a ganar quien sepa usar mejor el miedo. El resultado estará en función “de cómo los dos rivales manejen la percepción de cuáles son las amenazas” que ponen en peligro la seguridad personal de los estadounidenses. Ganará el candidato que mejor “nos persuada de aquello que debemos temer”. Es una lucha no en el campo de los hechos sino de las percepciones. Brooks venía a sugerirle a Biden que era imposible sustraerse a esta dinámica. Y el columnista del New York Times sugería al candidato demócrata que utilizara la “extendida ansiedad por la seguridad personal”, insistiendo en que el peligro real no son los desórdenes públicos o la globalización sino la incompetencia de Trump y su destrucción del orden social. Doble ración de polarización en unas elecciones presidenciales en las que un estado patológico se considera un dato insuperable y determinante. Todo esto en un contexto en el que las redes sociales y la segmentación de las audiencias en internet están convertidas, después del confinamiento, en un modo de separar el mundo y la percepción que se tiene del mundo. Cada vez son más una realidad en sí misma que instrumentaliza, a menudo, la angustia para echarle la culpa al otro.

El ecosistema de la ansiedad no es ni mucho menos un fenómeno exclusivo de los Estados Unidos. En el centro y en sur del continente americano esa ansiedad no la provoca la guerra de las percepciones sino la inminencia de una nueva década perdida. América Latina representa el ocho por ciento de la población mundial, pero ha registrado ya el 40 por ciento de los contagios mundiales por Covid. Brasil es el segundo país del mundo por muertos. El PIB caerá este año casi un 10 por ciento y la recuperación será muy lenta. La América de habla hispana, que ya es una de las zonas más desiguales del planeta, verá aumentar la desigualdad. A su lado la Unión Europea tiene menos que temer, pero el desconcierto, la angustia no conoce estadísticas. Sobre todo porque el hecho de que la primera y la segunda ola hayan sido tan seguidas ha provocado una “fatiga del optimismo”. Es difícil seguir manteniendo los estúpidos lemas que aseguraban que todo iba a ir bien o que la recuperación sería en uve cuando las previsiones han saltado por los aires.

La enfermedad, la crisis económica, la inseguridad, más allá de la instrumentalización de las percepciones, son hechos. Pero quizás no son los hechos ni su percepción lo que más alimenta la ansiedad, sino la persona, la sociedad, la conciencia que tiene de sí misma viviendo esos hechos. Gran parte de ese estado patológico que nos amenaza a todos tiene que ver, seguramente, con lo que el escritor Manuel Vicent, en El País, considera un dogma: “de pronto un simple virus nos ha hecho saber que la vida de la humanidad es un episodio contingente, una aventura bioquímica sin sentido en la historia de este planeta”. La batalla, para la que no es suficiente un uniforme verde, es contra la sombra del sinsentido.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  3254 votos
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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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Elena Simón | 808 comentarios valoración: 2  4361 votos

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