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19 SEPTIEMBRE 2020
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>Entrevista a Dmitri Strotsev

El "fiurer" Lukashenko se preparaba para el "Maydan" y recibió "evalución"

Larisa Danilenko | 0 comentarios valoración: 2  20 votos
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«¿Qué novedad tenemos? Un pueblo», escribía Dmitri Strotsev en su página de Facebook uno de los días de las protestas en Bielorrusia.

Dmitri es un conocido poeta bielorruso, pensador y ciudadano comprometido, autor de diez poemarios, organizador del festival Pamezhzhza (“zona fronteriza”) y director del proyecto literario “Escuela de Minsk”. En estos momentos, la editorial de Kiev Dux y litera está preparando la edición de uno de sus libros de poemas en cuatro lenguas, dedicado a Bielorrusia y Ucrania.

En sus páginas de redes sociales, durante estos días, vemos fotografías de las acciones de protesta, algunos análisis breves de la situación y nuevos versos. Son leídos, citados y traducidos al ucraniano, georgiano, inglés, alemán y chino.

Como minskeño, Strotsev entiende y participa del estado de ánimo que los “expertos del diván” no perciben, cuando acusan a los bielorrusos de nos ser suficientemente radicales. Como poeta y filósofo, es capaz de formular el pensamiento sutil y menos evidente de lo que está sucediendo.

Grabamos esta entrevista durante varios días. Nuestros intentos de contacto tuvieron que ser interrumpidos en varias ocasiones, por los cortes de internet en Bielorrusia durante los primeros días de las protestas y por la decisión de Dmitri de acompañar a su hija a las calles y su participación en la marcha “Mujeres de blanco” por el mercado Komarovski, en Minsk.

Dmitri Strotsev ha relatado para Ucrainskaya Pravda cómo un pueblo supera su dependencia del absolutismo anclado en el poder. Nos ha hablado también del cuadro Eva (comúnmente llamado la Mona Lisa bielorrusa), que tras el año 92 se convirtió en el símbolo de las protestas, dando lugar a una nueva palabra en lengua bielorrusa: “evalución”. De por qué en Bielorrusia hoy no se escuchan las voces de Svetlana Alexievich y Serguey Mijalko, pero sí se escucha la de Victoria Tsoya. De cómo el sistema dictatorial construido en estos años está “fundiendo” a su creador. Y de por qué los bielorrusos no tienen prisa por asaltar el Palacio de la independencia, quemar su tejado y preparar “cócteles molotov”.

Nuestra primera pregunta es sobre lo que pasó en Minsk, el 23 de agosto, visto con los ojos de uno de los participantes en la marcha a la que asistieron cien mil bielorrusos.

La marcha del 23 de agosto estuvo precedida por amenazas de que dispararían a la gente. El ministro de defensa, Jrenin, en su discurso dijo más o menos: «Los soldados dispararán primero al aire y después, tirarán a dar». Acudimos a esta marcha como si fuera la última. Pero resultó que vino más gente de la esperada, más que el domingo anterior. Solo en la plaza de la Independencia y sus alrededores se concentraros más de 200.000 personas. La manifestación se encaminó al Palacio presidencial. Se trata de una construcción monstruosa en estilo asiático, a orillas del lago Kosmolski. Y resulta que el gobierno se asustó tanto, que montó una barricada de escudos, rodeándose de los geos y reforzándola con automóviles.

Entonces, en el territorio del palacio, vimos alzarse un helicóptero. Pensamos que el presidente escapaba, pero, en realidad, era lo contrario: el helicóptero volaba trayendo al dictador. Era una evidente puesta en escena: llega el “amo” y reparte a todos su merecido.

Russia Today filmó a Lukashenko y a su hijo en la cabina. La representación vino acompañada de un video y un fotorreportaje en Telegram que mostraba el despliegue de las fuerzas del ejército apostadas en el centro de Minsk, para bloquearlo. Fue un momento terrible. Imaginaos a unos cientos de lansquenetes armados en el centro de Minsk contra toda esa gente desarmada. Parecía que iban a empezar a disparar cuando en las calles no quedaran ya trescientos mil, sino diez. Pero no pasó.

Podemos suponer que el plan de represalias violentas acordado fracasó y fracasó porque el ejército se negó a llevarlo a cabo.

“Evalución”, una nueva palabra en el idioma de los bielorrusos

La deliciosa leche condensada, las carreteras sin baches, la isla de estabilidad, el firme administrador-presidente, son los grandes mitos de Bielorrusia en la época de Lukashenko. Para quienes no hayan seguido la historia de este país durante la última década, las protestas de ahora pueden dan la impresión de un trueno en un cielo despejado. ¿Hasta qué punto han sido inesperadas para los mismos bielorrusos?

Las protestas en Bielorrusia empezaron prácticamente en el momento en que Lukashenko se consolidó en el poder. Y la respuesta siempre ha sido la violencia. Llevamos así 26 años.

A mediados de los 90, se cometieron atrocidades. Se rompía el vientre a la gente a patadas con las botas militares. Hubo varios puntos calientes. En 2006 y 2010 la resistencia fue colosal. Pero siempre se trataba de protestas de este o aquel grupo de la oposición y algunos simpatizantes. Y el poder recurría, invariablemente, a la retórica de su victoria sobre la enésima organización terrorista contratada por Occidente.

A pesar del régimen autoritario, el país ha ido cambiando en estos 26 años. Dichos cambios se le han escapado al público europeo y no han sido lo suficientemente meditados por los mismos bielorrusos. Durante estos años, el pueblo ha buscado su propio lenguaje de protesta, la lengua de su dignidad. Lo que ha sucedido ahora es el nacimiento de una nueva comunidad. Cuánto durará, no podemos saberlo, pero, de momento, es así.

¿Por qué son distintas estas protestas?, ¿sólo por el número de participantes?

Hay que entender que lo que sucede ahora en Bielorrusia no es una guerra de la oposición contra el gobierno de turno. Esto eran las anteriores protestas. Pero ahora ya no. Por supuesto que en el país existe un grupo que se presenta a sí mismo como oposición política y hay también una comunidad del pueblo bielorruso que ha recorrido un largo camino para llegar a este punto. Las elecciones a la presidencia con la falsificación de los resultados han sido el factor que ha aglutinado a la sociedad.

El poder se está oponiendo a un pueblo que siente su nueva condición casi como el hombre siente su propio cuerpo.

¿Qué más hay de particular en las protestas bielorrusas?

La capacidad de solidarizarse al instante en cualquier sitio. En Bielorrusia hay en total mil quinientos antidisturbios. Si las protestas nacen simultáneamente por doquier, no llegan a cubrirlas. Se ahogan en su propio caldo. Los mandan de una punta a otra de la ciudad, algunos ciudadanos les han encontrado durmiendo durante el día con todas sus municiones. Se puede luchar contra una oposición que tiene sus límites, sus fronteras. Pero no se puede luchar contra todo un pueblo.

Hoy hay un pueblo bielorruso y una piel de dragón, una coraza que este pueblo quiere quitarse de encima. Esta nueva sensación de nosotros mismos se vive con solidaridad.

¿Qué ha llevado a la maduración de este nuevo cuerpo que es el pueblo?

En primer lugar, el factor de la cercanía a Europa, la libre integración. La gente viaja, trabaja donde quiere y recibe libremente información sobre el mundo entero.

En segundo lugar, el nacimiento del estado bielorruso. El estado bielorruso nunca ha existido. Todas las referencias históricas al Gran Ducado de Lituania, a la Commonwealth, al Imperio ruso, no han ayudado. Algún día tenía que suceder y está pasando ante nuestros ojos.

Otro factor ha sido lo que yo llamo en mis poemas la “confianza en la violencia”. Los habitantes de la tierra bielorrusa han sido educados durante siglos en una relación de violencia hacia sí mismos, manifestada en diferentes formas. La perspectiva cristiana aquí no ha prevalecido. El paganismo genérico siempre ha sido un fenómeno básico en Bielorrusia, un paganismo que no aporta los conceptos del bien y el mal, de la justicia. Pero la idea de la fuerza, del poder que lo cubre todo, siempre ha estado presente.

¿Quien tiene la fuerza, tiene el poder?

Más o menos. Para no sufrir más de la cuenta, hay que medir primero las fuerzas. Lukashenko lo ha intuido inmediatamente. Su discurso está fundado sobre las bases lingüísticas de la fuerza. Y, durante mucho tiempo, le ha salido bien. Las protestas se anegaban en sangre, se ha mantenido la pena de muerte, las declaraciones directas del principio de la fuerza han sido su último y único argumento. Pero ahora, los bielorrusos están superando su dependencia del absolutismo acoplado en el poder.

Pero parece que esta superación pasa por furgones policiales, comisarías y UCI. Da la impresión de que Lukashenko estaba preparado para esto, que no le ha pillado por sorpresa. ¿Es así?

Lukashenko, sabiendo que se estaba madurando una protesta de gran envergadura, se preparó para reprimirla por la fuerza. Lo esperaba. Una protesta violenta le habría puesto el triunfo en las manos. Se dice que reunió a los “matones” y a drogadictos que querían armar follón para empujar a la sociedad y hacer que perdiera su estabilidad.

Pero lo que ha recibido es “evalución”, el fenómeno que ha surgido al inicio de las protestas. Se trata de un fenómeno, de una palabra muy importante, que no viene sólo de “revolución”, sino también de “evolución”. Una nueva palabra para la nueva lengua de los bielorrusos.

Al principio fue Eva, después el triunvirato y ahora todas las mujeres

Esta vez, la lucha por la independencia tiene rostro de mujer. Más aún, tres rostros: Svetlana Tijanovskaya, Verónica Tsepkalo y Mariya Kolesnikova. La voluntad de unirse en torno a la imagen femenina ¿es una maniobra para confundir al abusador?

Ha sucedido algo para lo que Lukashenko no estaba preparado. La primera mujer que se convirtió en un símbolo de las protestas en Bielorrusia fue “Eva” Jaima Sutina, el cuadro más querido del país, la perla de la colección de Belgasprombank (el presidente de este banco, hasta mayo del 2020, fue uno de los líderes de la oposición, Víctor Babariko, arrestado en junio). Se trata del retrato de una mujer normal. Justo después del arresto de Babariko, incautaron el cuadro e iniciaron un proceso contra él. Pero inmediatamente la imagen se difundió, imprimiéndose en camisetas, bolsos, por todo el país y, hasta las elecciones, se convirtió en un símbolo de protesta. En respuesta, el equipo de Lukashenko realizó su siguiente movimiento, después del cual, todo debería haber quedado en nada. En las listas de los candidatos no aparecieron ni Babariko ni Tsepalo, a los que la gente habría votado. Solo consiguió entrar en las listas Tijanovskaya.

¿Por qué la dejaron a ella?

Porque Lukashenko es un caudillo “macho”. Ni siquiera consideró que una mujer pudiera hacerle la competencia. Y cometió un error. Estaba seguro de que un ama de casa que fríe patatas no podría hacerle frente. Incluso bromeó acerca de ello.

Y, de pronto, el tono de “Eva” lo sostuvo Tijanovskaya, atrayendo a todo el país. Se ha iniciado un proceso que Lukashenko no puede ni ver ni entender. Y en el que no cree. La dirección de los partidos de los candidatos que no fueron admitidos en las listas, se alineó con Svetlana, dando lugar al triunvirato femenino.

¿Ocasional y fuera del sistema?

La cuestión no es la idea política o alguna u otra cualidad de estas mujeres, sino el símbolo femenino que ha movilizado y reunido a toda la sociedad. Lo repito, Lukashenko es un abusón, un monstruo muy macho, que está dispuesto a batirse a muerte con cualquier hombre. De eso es capaz y para eso había preparado todo. Y, de pronto, se encuentra con tres mujeres que han conseguido atraer la atención y la voluntad de toda la sociedad.

No importa tanto lo que dicen como su imagen, todos los signos y el significado que ellas portan. Con el “corazón”, el “puño” y la “victoria” , el triunvirato comienza su marcha por el país y va recolectando piquetes. Sobre ellos se alza la voz de Tijanovskaya, alta y clara. Svetlana no es una fachada, una imagen construida para la ocasión. Yo estuve presente en su encuentro con la vieja oposición. Era una mesa redonda para algunas personas de confianza. Yo observé cómo se comportaba, cómo hablaba. Decía que ella no estaba preparada para asumir el poder, que el poder “no es su elemento” y esto hizo que la gente se pusiera aún más a su favor.

¿Es verdad que la falsificación de los resultados de las elecciones esta vez ha sido algo tan colosal?

Te pongo un ejemplo del que yo mismo he sido testigo. En el colegio electoral de mi zona había unas urnas transparentes. En ellas, todos metieron las papeletas dobladas en forma de armónica, lo que era un signo de que habían votado a Tijanovskaya. Por la tarde, la gente acudió al colegio para conocer el resultado del recuento de los votos. Esperaron tres horas. En un determinado momento, aparece en la escuela, a la velocidad del rayo, un enorme autobús de antidisturbios. La gente se apelotona. Los antidisturbios pasan rozando a la gente, atraviesan la verja e irrumpen en el colegio. Rápidamente cogen a la comisión y se la llevan en el autobús. Esto solo puede tener una explicación lógica: en la comisión había gente que no quería firmar el protocolo falsificado. Los estuvieron presionando durante unas horas, no consiguieron que cedieran y se los llevaron de ese modo para evitar que hablaran con la gente que estaba esperando fuera del colegio.

Después, salió a la luz lo que había sucedido con la sede de Tijanovskaya. Sufrieron amenazas y la KGB se ofreció a “protegerles”. Durante las elecciones, en sustancia, la dirección fue arrestada, les estaban “protegiendo” 20 geos. Tijanovskaya fue a la sede del Comité Ejecutivo Central y puso una queja por la falsificación de los resultados. La estaban esperando. La obligaron a pronunciar un discurso que no quería pronunciar y la llevaron al extranjero. No es que la dejaran salir del país, sino que la deportaron, la echaron. Estaban seguros de que eso apagaría las resistencias.

Cuando se acaba con los líderes, el pueblo, normalmente, se desmorona. Pero parece que eso no va con los bielorrusos, ¿cómo se explica?

El pueblo bielorruso tiene un precedente histórico muy interesante. El 9 de marzo de 1918, en el territorio de la actual Bielorrusia, se proclamó la República Popular Bielorrusa, cuyo máximo órgano de gobierno era la Rada BNR (Parlamento de la República – Rada Bielorruskoy Narodnoy Respubliki, NdT). Cuando, en 1919, Minsk fue tomada por los bolcheviques, el gobierno de la BNR continuó con su actividad desde la clandestinidad. Desde entonces y hasta ahora este es el gobierno “vigente”, el más antiguo de Europa, al que los bielorrusos recuerdan y aprecian y toman en consideración.

Hay una gran poeta bielorrusa, Larisa Geniyush, que en el año 1943 trabajó como secretaria en la Rada BNR. La KGB la detuvo en Praga, la mandó a la Bielorrusia soviética y la invitó a aceptar la ciudadanía. Pero ella se negó a hacerlo hasta el final de su vida, incluso después de pasar 7 años en un laguer.

Esto no responde a la pregunta sobre lo que pueda pasar mañana, simplemente quiero ilustrar que los bielorrusos ya tienen experiencia de lo que es tener a un líder perseguido o distanciado.

Una de las acciones pacíficas más incomprensibles, en medio del baño de sangre de Lukashenko es la de las “Mujeres de blanco”. ¿Es una ingenuidad o una astuta táctica? ¿La “demencia y coraje”  de algún artista libre?

Es la continuación de la línea femenina de la protesta. Parecía que iba a ser ahogada, después de los dos días de carnicería, en los que la fuerza quiso demostrar que no hay nada que le haga frente. En cualquier momento del día puede llegar una furgoneta y llevarse a cualquiera. Para ellos no es importante llevarse a los instigadores, sino a cualquier persona. Los sacan de la cotidianeidad, para que vivan con el miedo a flor de piel.

Yo participé en la primera marcha, en el mercado Komaroski. Imaginaos la escena. Detrás del mercado estaba la furgoneta. Las mujeres, vestidas de blanco, compraban flores y las iban dejando formando un reguero. Se acerca un coche con una sirena; las mujeres se quedan a cierta distancia, porque tienen miedo de acercarse. Y, de pronto, ante mis ojos, empiezan a acercarse construyendo una larga línea junto a las flores. Inesperadamente, el furgón se aleja, seguido del coche de la policía.

El símbolo de la energía de las mujeres ha contagiado de nuevo a toda Bielorrusia. La gente bromea diciendo que en las mercerías del país se han agotado las telas blancas y rojas. Todo el mundo ha sacado de los cajones su ropa blanca, incluso quienes no se la ponían nunca.

Este es un milagro, consecuencia inmediata de la llamada del diapasón de Eva. Al principio fue Eva, después el triunvirato y, ahora, todas las mujeres.

¿No hubo ataques violentos en la manifestación de las mujeres?

No los hubo. Apareció un recurso que está presente en el arquetipo de los bielorrusos y que neutraliza al aparato terrorista masculino. La visión de las mujeres y las flores hace que aparezca algo de humanidad en estos terroríficos y degenerados generales. Tal vez intuyan que si alguno de los monstruos toca si quiera a una sola mujer, se verán desarmados.

A través de esta declaración, de las mujeres de blanco, incluso las fuerzas de seguridad han sentido el aliento de la sociedad. Como un filtro blanco a través del cual, esta escoria veía personas. Después de esto, se empezaron a unir a las mujeres hombres con pancartas y manifestaciones de muchos miles de personas inundaron las ciudades.

Pongamos que mañana Lukashenko perdiera el poder. ¿Quién pasaría a gobernar el país? ¿Tijanovskaya, que dice que la política no es lo suyo?

Svetlana está rodeada de gente en la que se puede confiar, cuenta con activistas y especialistas en distintas esferas que tienen un paquete de propuestas. En la mesa redonda en la que yo estuve presente, Tijanovska dijo: «Entre vosotros hay una persona gracias a la cual decidí presentar mi candidatura. Estuvo hablando conmigo durante horas, me convenció, me tranquilizó, me explicó las cosas». Yo no puedo ahora desvelar su nombre, pero, creedme, no se trata de cualquier espontáneo con el deseo heroico de dirigir el país. Después, cuáles de las propuestas de los grupos de la oposición tendrán luz verde, ya no lo sé.

El gabinete de Tijanovskaya ya tiene formado un consejo de coordinación, en el que hay personas con autoridad, juristas, científicos, economistas, representantes sindicales, escritores. Podemos hablar del inicio de un periodo de un doble poder en el país.

La forma de hablar del pueblo sacude la “conciencia de la nación”

En momentos como estos, la iniciativa suelen tomarla los que son llamados “conciencia de la nación”. Sus voces no se oyen ahora. Aparte, quizá de la alusión de Svetlana a Lukashenko que circuló un par de días por Facebook. ¿Dónde está toda esta gente y dónde sus voces?

Voy a ser sincero. A Svetlana Alexievich no se la oye, no ha declarado nada oficialmente. Los que se dirigen a ella, alguna respuesta sí reciben. Es todo lo que puedo decir ahora. Se trata de una situación simbólica. Svetlana no calla porque no tenga nada que decir, o porque esté ocupada cultivando su huerto. Es solo que la “conciencia de la nación” está conmovida por la forma en la que habla el pueblo.

Me parece que, ahora, todos nosotros escuchamos, ¿entendéis? Se trata de un momento particular. Se percibe como cierta humildad, casi virginidad. En este silencio no hay confusión ni miedo.

La oposición oficial está tratando de recuperar la voz, pero tampoco ellos lo consiguen.

Hablemos de las voces musicales de la protesta.

Con la música pasa más o menos lo mismo. Seguramente conocéis a Serguey Mijalok, un famoso cantante de rock, célebre en todo el territorio postsoviético, muy activo, muy bielorruso. ¿Dónde está ahora? ¡En Ucrania! Está de gira. Y su voz aquí no se oye para nada.

Por las calles de Minks hubo una manifestación con radiocasetes en los que resonaba música. Andrey Jadanovich tradujo una canción de la resistencia polaca, ‘Caerán los muros’ y esa es la canción que se escucha en las calles. Mientras que ‘Soldados del mundo’, de Mijalok no se oye. Mijalok tuvo mucha resonancia en el Maydan, cuando las protestas eran fuertes. Pero aquí no funciona. No suena su música en la situación que estamos viviendo.

Pero ‘Esperamos un cambio’, de Tsoya, de pronto está sonando con un retraso de treinta años, ¿no?

He pensado en eso. Tsoya se formó en los tiempos de la Perestroika y en sus canciones hay una sed de cambio que une, no para organizar una resistencia fuerte, sino una comunidad de personas libres. El enganche es otro. Y no es un punto infantil o débil, simplemente, es distinto. Hay suficiente voluntad y coraje, pero no queremos traspasar una línea que supondría un error para Bielorrusia. Por eso no damos el paso que se espera de nosotros.

Conquistar el país con la intuición, detener a los verdugos con flores…

Siendo racionales, no es posible hacer nada. Nada. Todas las vías lógicas dependientes del poder ya han sido consideradas y sofocadas violentamente de antemano. Al menos, ahora está pasando algo frente a lo que el poder se ve indefenso.

«Ahora no hay ninguna gana de luchar…»

¿Hay algún signo de que el viejo sistema se esté rindiendo?

Yo no tengo mucha experiencia en la relación con los representantes del poder. Pero puedo decir que en la URSS se destruyeron todos los estados independientes para construir un efímero pueblo soviético. Tras la caída de la Unión cada uno tuvo un destino diferente. Por ejemplo, en Asia Central tuvo lugar un renacimiento extremista de los estados.

En Bielorrusia, la posición de Lukashenko fue la de mantener el pueblo soviético. Y así se creó un estado que debería sustentarse por el mismo pueblo y estaría defendido de toda injerencia externa. La creación de los cuerpos de seguridad y otros similares siguió un patrón determinado: reclutaban a los chicos desde su infancia y, para ellos, Lukashenko sería como un “padre” durante toda su vida. El aparato burocrático se formó según el principio del propio interés. En él había personas del pueblo, especialistas que podían hacer algo más que parasitar. Gracias a ellos el estamento no se llegó a realizar, a pesar de la insistencia de Lukashenko. Era una idea inviable.

En Minks hay un hombre, Pavel Latushjo, que fue durante algún tiempo ministro de cultura, después embajador en Francia y su último cargo fue el de director del Teatro de Marionetas de Minsk. Ahora ha encabezado una protesta en forma de representación teatral en contra de la violencia en el país. Hace unos días lo destituyeron de su cargo de director. Cuando se supo, todos los empleados del teatro presentaron su renuncia. Todos. Parece que, al final, el funcionario tuvo éxito. Fue libre de la dependencia del sistema.

Yo creo que entre los que rodean a Lukashenko hay gente que se siente realmente ligada a este pueblo. Entre ellos, también militares, agentes de policía.

¿Hasta qué punto Lukashenko se da cuenta de que el sistema que ha construido se le está “escapando de las manos”?

Hace unos días, en las redes sociales, se hablaba de por qué Lukashenko apareció en el meeting de la fábrica con su hijo. Quizá supiera que le iban a insultar, a gritar que se fuera y a acordarse de su madre.

Algunos piensan que le ha entrado el pánico, que el tirano se ha quedado totalmente sólo. Si deja a su hijo sin vigilar, quizá se lo lleven como rehén. No sabemos mucho de Lukashenko, pero es un hecho que ya se escuchan voces de gente cercana a él en contra de su dictadura. Lukashenko se “funde”. La coraza empieza a desprenderse a la vista de todos.

¿Es cierto que ha habido personas de las fuerzas de seguridad que se han unido a las protestas?, ¿o se trata de un mito revolucionario?

No es un mito. Es un fenómeno que está madurando poco a poco. Igual que las huelgas. Aquí nunca ha habido huelgas, ahora estamos empezando a hacerlas. O como las consignas “¡Vete!” y “¡Lukashenko, al furgón!”, que le gritaron el otro día, junto a otros tantos insultos, los trabajadores de la fábrica en el meeting. Por las calles marchan pequeños grupos de personas envueltos en banderas con los colores blanco-rojo-blanco, y en las paredes de los edificios de la KGB cuelgan pancartas de protesta.

En Minsk, durante el día, ya no se ve a los antidisturbios. Solo patrullan de noche. El poder está perdiendo iniciativa.

Y por eso, el ejército calla.

Los soldados no han actuado contra Lukashenko. Pero no los hemos visto tampoco defendiendo activamente su poder. Minsk está plagada de zonas militares; poner en marcha al ejército no costaría nada.

Si durante los dos primeros días se hubiera tenido que recurrir al ejército como garantes de la paz, se podría haber mostrado la terrible maldad de lo que estaba pasando en las calles, y se habría presentado la intervención militar como una medida ineludible para salvar a los ciudadanos pacíficos. Pero esta oportunidad ya se ha perdido. Mandar ahora al ejército solo provocaría una triple indignación.

¿Qué está pasando ahora en el país?

Se está llevando a cabo una singular alfabetización. Se están creando comités de formación de huelgas. Aquí nunca se ha hecho huelga, la gente no sabe cómo se hace, no cuenta con estructuras ni con experiencia. La Unión Europea ha prometido apoyar a los huelguistas. Se están produciendo diálogos entre los huelguistas y las administraciones de las empresas. Un proceso que se está extendiendo.

Hace algunos días hubo un importante ejemplo que sentó precedente. Todo internet se hizo eco de él. En Zaslavl, el conductor de un camión de la basura circulaba tocando la bocina y la policía no pudo detenerlo. Fue un acto personal de protesta. Y no fue algo que despertara bromas, sino, más bien, un profundo agradecimiento.

Los estudiantes de la Escuela militar han escrito una carta al Ministerio de defensa de Bielorrusia exigiendo que tomen partido por el pueblo. Hay voluntarios en todos los hospitales, ofrecen ayuda a los heridos; hay taxistas que llevan gratis a los pasajeros que se dirigen al centro de prisión preventiva…

Es algo parecido a lo que sucedía en el Maydan, del que Bielorrusia de alguna manera, se distancia. ¿Hay miedo a los “maydanistas”?

Nosotros no nos distanciamos del Maydan. Estamos agradecidos al Maydan, somos solidarios con Ucrania, sentimos como nuestro el dolor por los actos de guerra en el este. No viajamos a Crimea.

Pero en nuestra situación actual, para nosotros es importante no apropiarnos de otra experiencia, de otros modelos. Si se pasara a una fase de resistencia aún más dura, nos veríamos obligados a hacer nuestra esa experiencia.

Pero, por ahora, las cosas son distintas. Y no hay ninguna gana de combatir.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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Arte y pintura en Páginas Digital

El caballero de la mano en el pecho

David vencedor de Goliat de Caravaggio

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