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20 SEPTIEMBRE 2020
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Preguntas abiertas

Francisco Medina | 0 comentarios valoración: 2  23 votos
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Cuando el estado de alarma llegaba a su fin y comenzaba la llamada “desescalada”, llegué a pensar que lo peor había pasado, que íbamos a ir volviendo poco a poco a la normalidad, a retomar nuestra vida de antes: vivir en casa como si no hubiese pasado nada, ir a trabajar como antes, salir de paseo, ir con amigos, ir a la iglesia…como antes del confinamiento.

Pero no ha sido así.

La verdad, tal como han ido desarrollándose las cosas, no podía ser de otra manera: con el ocio nocturno, las salidas de vacaciones a la playa, o las reuniones familiares y de grupos de amigos, los contagios se han disparado, los ingresos hospitalarios han subido y en algunos municipios se ha vuelto a lo que parece ser un nuevo confinamiento. La segunda ola ha llegado para quedarse, con un inicio de curso aciago e incierto en los colegios -con un más que probable incremento de los contagios- y, en lo político, lo económico y lo social, aún no hemos visto nada de lo que se avecina.

Es difícil asimilar la huella de los 50.000 muertos que el coronavirus ha dejado en estos meses. Detrás de las cifras está el rostro de gente que, directa o indirectamente, hemos conocido (padres, madres, hijos, abuelos, primos, hermanos, vecinos, amigos, compañeros de trabajo, conciudadanos…); el dolor de sus familiares, las secuelas de aquellos que lo han padecido, el miedo de los mayores que viven solos o en residencias…

¿Hemos aprendido algo de todo este tsunami?

Me temo que estamos estancados. Inmersos en nuestras peleas ancestrales. El COVID-19 ha desatado otros virus latentes en nosotros: el hooliganismo político, (pongo de Fiscal General del Estado a uno de los nuestros; de Secretarios de Estado, Subsecretarios, Secretarios Generales Técnicos, Directores Generales, y demás, a gente de los nuestros; construyo un relato histórico que legitime a los nuestros; utilizo las cátedras y Departamentos de las Universidades para poner a uno de los nuestros; creo Comisiones de investigación para dar caña a los otros y oculto los pecados de los nuestros; en los Plenos del Congreso y del Senado maniobro para proteger a los nuestros y lincharles a ellos); el hooliganismo social (el individualismo tan concreto del consumo de las plataformas digitales; el móvil como referencia cognoscitiva; la inmediatez de los mensajes colgados en Twitter…) y el hooliganismo económico, traducido en una obscena veneración de una concepción economicista de la libertad en las relaciones y transacciones comerciales, fruto de esa economía líquida.

En España, hemos vivido muchos años de forofismo: frente a la ensoñación ideológica de un hombre nuevo que el PSOE de Rodríguez Zapatero había alentado, el Partido Popular de José María Aznar y Mariano Rajoy sólo ofrecía tecnocracia y un capitalismo irresponsable de los amiguetes, y dejó completamente abandonado el tema educativo y social, ahondando en el páramo cultural en el que estamos, fruto de una endogamia corrosiva que ha penetrado hasta la médula en nuestra sociedad y se ha reflejado en el mundo educativo y en nuestras universidades.

Nuestro modo de estar (que es también, en el fondo, el mío) tiene consecuencias: ir a nuestro aire nos ha pasado factura no sólo en un aumento fuerte de los contagios. En lo económico, y frente a muchos defensores de la autorregulación y de una libertad de empresa desvinculada de los otros, el Papa Francisco ha sido profético: esta forma de hacer economía mata, ha matado, tanto el cuerpo como el alma de muchos, y ha ocasionado serios daños medioambientales. Como Z. Bauman ha constatado, nuestro ocio, nuestro estilo de vida, nuestra forma de comprar, de consumir… en la que la comunidad no tiene cabida o se problematiza de forma permanente, son reflejo de un individualismo que nos debilita y nos deja solos.

En este período nuevo, cargado de incertidumbre, se me presentan claramente insuficientes las viejas recetas (“es la economía, estúpido”) de un desarrollo económico, de una concepción de libertad como valor supremo e ilimitado, que se nos presentó como una panacea. La realidad es que la puesta en cuestión indiscriminada y acrítica de los cuerpos intermedios (familia, sociedades, cooperativas…), realizada por el pensamiento ilustrado del siglo XVIII, ha acabado generando una cosificación destructiva de las relaciones con las cosas y de las relaciones humanas. Y ha separado al hombre de sus vínculos.

En este punto, el principal reto que tenemos es el de tener coraje para mirar al fondo de nuestra conciencia y cuestionarnos muchos de los planteamientos que hemos asumido (entre ellos, pensar que nuestra garantía de libertad de estar en el mundo se identificaba con el liberalismo económico y social). Cuesta reconocerlo, pero también los católicos tenemos nuestra cuota de responsabilidad: fuertemente concienciados en temas de bioética y valores no negociables, y habiendo hecho hincapié -muchas veces de forma unilateral- en la libertad educativa, hemos llegado a pensar que, en el fondo, la cuestión de la pobreza, la inmigración o la trata de personas, o una economía de rostro humano no iba con nosotros.

Tendremos que asumir, en un momento histórico en el que la presencia de la Iglesia en España está disminuyendo a pasos agigantados, que una mentalidad de ghetto -fruto de una concepción de las iniciativas eclesiales que bebe de esa lógica del goodfellas (uno de los nuestros) tan scorsesiana- empobrece la creatividad e incapacita para nuevas relaciones. Estamos jugando orsay desde hace muchos años.

Soy consciente de que no es fácil vivir a la intemperie. Cuando pienso en mi historia personal, me vienen a la memoria muchas de mis actitudes, mis esperanzas y miedos, y formas de pensar de las que me había impregnado. Llegas a disfrutar y a enamorarte del refugio existencial y espiritual en el que te instalas cuando lo fías todo a un ámbito exclusivo de personas, de carne y hueso, de relaciones -líquidas, al fin y al cabo- o a fórmulas ya conocidas de religiosidad do ut des. Con el tiempo, te van pasando cosas y te das cuenta de que este mundo no era real, y, por tanto, no ha dejado poso, porque no te vinculaba con la realidad, que siempre es dolorosa, pero más humana, cuando mantienes las preguntas abiertas.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  3255 votos
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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón | 816 comentarios valoración: 2  4362 votos

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