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20 SEPTIEMBRE 2020
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Moria como retrato

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  16 votos
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Los miembros del Eurogrupo, los ministros del euro, se veían las caras presencialmente en Berlín el pasado viernes. Por primera vez después de seis meses. La gobernadora del BCE, Christine Lagarde, era contundente: hay que mantener los estímulos (más gasto) para hacer frente a la situación económica que el COVID ha provocado en Europa. La UE se juega su futuro en esta crisis. Por fin, tenemos lo más parecido que hemos tenido nunca a una política económica común con el fondo Next Generation.

Esa misma noche, en el campo de Moria, en la Isla de Lesbos, muchos de sus 13.000 refugiados dormían a la intemperie después de que un nuevo incendio hubiera devastado sus precarios alojamientos. Moria es la gran denuncia de cómo la penúltima crisis de la UE, una crisis más pensada que real, la llamada crisis de refugiados, sigue sangrando. Sigue poniendo de manifiesto la debilidad política y jurídica de la integración, la debilidad cultural de la región del mundo que, por historia y por presente, está llamada a ser una región diferente: una reserva práctica de humanidad. Veremos pronto si el Pacto Europeo de Asilo e Inmigración, que en principio debe ser presentado después de muchos aplazamientos a finales de septiembre, sirve para lograr algún avance. La mejora de la política de asilo europea es una ocasión para construir más Europa.

Antes de que se produjera el incendio en Moria, las condiciones para sus 13.000 habitantes ya eran inhumanas desde hacía mucho tiempo. Antes de la llegada del Covid ya había diarrea, difteria y algunas enfermedades raras. Moria iba a ser en 2015 uno de los hotspot que aliviara la presión que estaba sufriendo Grecia, iba a facilitar una identificación y derivación rápida de los refugiados. Se convirtió pronto en un campo de internamiento. Sus ocupantes solo tienen un litro de agua al día para beber, lavarse y cocinar. Las letrinas son las de un campamento militar para 800 personas. La suciedad está por todas partes y falta la más mínima intimidad para todo. La desesperación en algunos casos provoca un fenómeno tan poco frecuente como los suicidios infantiles. De momento, lo único anunciado por la UE es la ayuda para sacar de la isla a unos centenares de Menores No Acompañados.

Moria es el resultado de una falta de solidaridad con los países del sur y de la reacción excesiva ante un fenómeno que se magnificó. Del Welcome Refugees, se pasó a la sensación de estar sufriendo una colonización excepcional que podía poner en peligro el Estado del Bienestar y la integridad cultural europea. Los números no dicen eso. En el año crítico, en 2015, cuando se recibieron un millón de solicitudes de asilo, los primeros seis países (Sudáfrica, Estados Unidos, Turquía, Malasia, Kenia y Egipto) en solicitudes del mundo habían recibido 1,7 millones. La relación entre los flujos de refugiados y la población total de países receptores es la misma en la UE que en el resto de los países con rentas altas en el planeta. La reacción primero de la Comisión y después del Consejo fue aprobar unas cuotas de reasentamiento (para la la llegada segura desde sus países de origen de refugiados especialmente vulnerables), y unas cuotas de reubicación, el traslado desde los países fronterizos que más presión estaban sufriendo (Italia, Grecia y Hungría) a otros países miembros. El programa de reasentamiento ha funcionado relativamente bien, de los 22.500 refugiados previstos se han reasentado 19.400. Otra cosa bien diferente ha sido la reubicación. Estaba prevista la de 160.000 refugiados y solo se ha producido para 34.000. Algunos países nunca quisieron participar en el sistema de cuotas y otros las incumplieron. Hungría o Polonia mantienen un rechazo frontal a acoger, pese a que han sido condenados por el Tribunal de Justicia de la UE. Al final, en 2016, se acordó la externalización del control mediante el acuerdo con Turquía. Un acuerdo que vulneraba el derecho internacional y que ha puesto a la Unión Europea en manos del nacionalismo neotomano de Erdogan. La presión sobre Grecia se ha reducido significativamente. Las llegadas mensuales se cuentan por pocos miles y, en su mayoría, son afganos. Ha sido a costa de no garantizar los derechos humanos. Y en las islas griegas han quedado 40.000 personas en tierra de nadie en situación deplorable. Parece que se les utiliza para evitar el efecto llamada.

Los criterios para conceder o denegar el asilo son una cuestión nacional. Y según los sucesivos Acuerdos de Dublín, el país de entrada sigue siendo el que asume la responsabilidad de tramitar las solicitudes. Todo eso genera evidentes disfunciones. España, Italia, Grecia, Chipre y Malta piden, con razón, que se establezca un mecanismo de reubicación obligatoria entre todos los estados miembros. Pero de todas las cuestiones en juego, quizás la más relevante es la de la integración. Una región del mundo con 500 millones de habitantes y una grave crisis demográfica depende en gran medida de su capacidad de acogida, que no es solo un imperativo humanitario, sino la prueba de cuáles son las certezas y las evidencias de las que vive. Integramos cuando estamos seguros de quiénes somos, cuando estamos dispuestos a aprender de todos.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  3256 votos
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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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Elena Simón | 826 comentarios valoración: 2  4363 votos

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