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24 OCTUBRE 2020
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Cuidar a los enfermos y aprender lo que significa amar

Andrea Tornielli | 0 comentarios valoración: 2  27 votos
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Incurable nunca es sinónimo de intratable. Esta es la clave de lectura para comprender la carta de la Congregación de la Doctrina de la Fe “Samaritanus bonus”, dedicada al “tratamiento de las personas en fases críticas y terminales de la vida”. El documento, ante una pérdida de la conciencia común acerca del valor de la vida y debido a debates públicos demasiado condicionados a veces por casos concretos que aparecen en los medios, reitera claramente que “el valor inviolable de la vida es una verdad básica de la ley moral natural y un fundamento esencial del orden jurídico”.

Por tanto, “no se puede decidir directamente atentar contra la vida de un ser humano aunque este lo pida”. Desde este punto de vista, la clave de bóveda que sostiene la “Samaritanus bonus” no es una novedad. El magisterio de la Iglesia ha rechazado muchas veces toda forma de eutanasia o suicidio asistido, explicando que alimentación e hidratación son apoyos vitales que se deben garantizar al enfermo. El magisterio también se ha expresado en contra del llamado “encarnizamiento terapéutico” porque ante la inminencia de una muerte inevitable “es lícito tomar la decisión de renunciar a tratamientos que solo provocarían una prolongación precaria y penosa de la vida”.

La carta vuelve a proponer de manera puntual lo que los últimos pontífices ya han señalado, lo cual se consideraba necesario ante legislaciones cada vez más permisivas sobre estos temas. Sus páginas más novedosas son las que se refieren a que el acompañamiento y cuidado de estas personas nunca pueden limitarse a la perspectiva médica. Hace falta una presencia coral para acompañar con afecto la presencia, las terapias adecuadas y proporcionadas, la asistencia espiritual. Resultan significativas las referencias a la familia, que “necesita ayuda y medios adecuados”. Hace falta que los estados reconozcan la primera y fundamental función social de la familia “y su papel insustituible, también en este ámbito, proporcionando recursos y estructuras necesarias para apoyarla”, afirma el documento. El papa Francisco recuerda que la familia “siempre ha sido el ‘hospital’ más cercano”. Pues aún hoy, en muchos lugares del mundo, el hospital es un privilegio para unos pocos, y suele estar muy lejos.

“Samaritanus bonus” también nos recuerda el drama de tantos casos sobre los que se debate en los medios y nos ayuda a mirar el testimonio del que sufre y del que cuida, a los muchísimos testimonios de amor, sacrificio, dedicación a los enfermos terminales o a personas que viven en estado de inconsciencia, atendidos por madres, padres, hijos, nietos. Experiencias vividas cotidianamente en silencio, a menudo en medio de muchas dificultades. En su autobiografía, el cardenal Angelo Scola narra un episodio que le pasó hace unos años. “Durante una visita pastoral en Venecia, un día, saliendo de casa de un enfermo, el párroco me presentó a un hombre más o menos de mi misma edad, de apariencia muy discreta. Tres semanas antes había muerto su hijo, con una grave discapacidad, que no podía hablar ni caminar, al que había cuidado amorosamente durante más de treinta años, atendiéndolo noche y día, confortándolo con su presencia constante. El único momento en que se alejaba era el domingo por la mañana para ir a misa. Ante esta persona sentí un cierto embarazo, pero como nos suele pasar a los sacerdotes me sentí obligado a decir algo. ‘Dios se lo pagará’, murmuré un poco aturdido. Y él me respondió con una gran sonrisa: ‘Patriarca, fíjese que yo ya lo he recibido todo del Señor porque me ha enseñado lo que significa amar”.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  3305 votos
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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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Elena Simón | 1215 comentarios valoración: 2  4411 votos

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