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31 OCTUBRE 2020
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Todos somos Trump

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  33 votos
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“Yo no llevo una mascarilla como él. Siempre que lo miras llevas una mascarilla”. Estas dos frases, pronunciadas por el candidato republicado señalando a Biden, en el primer y ¿último? debate de campaña, no pueden ser usadas contra la persona de Donald Trump. Es ahora uno más entre los millones de infectados del mundo que necesitan la mejor atención y los mejores deseos. Pero esas palabras del presidente número 45 de los Estados Unidos revelan hasta qué punto la realidad es testaruda, y se obstina (en sentido figurado) en desmontar construcciones ideológicas. El virus, por supuesto, no tiene propósito alguno, no tenemos claro ni siquiera si es un ser vivo. Forma parte de una naturaleza que no tiene conciencia, que solo es madre en un sentido figurativo (las metáforas son peligrosas), que ni premia ni se venga, pero que exige a quien sí la tiene que la use siguiendo un principio básico: primar los hechos sobre las interpretaciones. No lo sabemos a ciencia cierta. Pero si los colaboradores de Trump en las muchas reuniones de las últimas semanas hubieran usado la mascarilla, se hubieran reunido en lugares ventilados y hubiesen respetado las pocas evidencias que tenemos sobre el virus, es posible que el 45 presidente de los Estados Unidos no hubiera dado positivo.

Esta naturaleza sin conciencia y su amenaza retrata la conciencia de cada uno, retrata culturas, sistemas políticos, debilidades y fortalezas y situaciones económicas. La UE, tan lenta y tan reticente a desarrollar una política exterior común (más necesaria que nunca), ha sabido dar un paso adelante flexibilizando los criterios de restricción de deuda y de déficit (problemas de otra época) y creando el fondo Next Generation. Lo que parecía un tronco seco ha reverdecido. Alemania ha quedado retratada con un país en el que los jóvenes no viven en familia, pero también como un país con un buen sistema sanitario, pragmático, con un modelo federal que funciona, con un acuerdo político elemental entre los partidos mayoritarios que permite resolver problemas. Francia ha quedado fotografiada como un país mucho más alejado de Alemania de lo que sus líderes proclaman habitualmente, a menudo poco transparente, pero con unos servicios públicos que funcionan. Italia, golpeada duramente en la primera ola, frágil por la inestabilidad política y por el estancamiento económico, ha sabido recurrir a su proverbial flexibilidad.

¿Y España? España quedó retratada en la primera ola como un país con un pésimo Gobierno, ejemplo de la reducción ideológica. Y, a la par, como un país con un personal sanitario muy vocacional que, a menudo sin medios, dio lo mejor de sí mismo. Esa misma energía social que se derrochó entre marzo y junio en los hospitales se volcó en iniciativas de solidaridad y de voluntariado. La segunda ola ha terminado de perfilar la imagen.

Ni la clase política, ni el modelo de servicios públicos, ni el modelo territorial han resistido bien el test de estrés que supone la pandemia. El Gobierno en minoría de Sánchez, a mediados de julio, cuando finalizó el estado de alarma y el primer pico quedó doblegado, trasladó todas las responsabilidades a las Comunidades Autónomas, a los gobiernos regionales. Su debilidad, su incapacidad para generar consensos, su negativa a un mínimo entendimiento con la derecha fueron todos factores que le llevaron a desistir de gestionar la crisis sanitaria una vez que había remitido la primera ola. No tenía fuerza parlamentaria para mantener un estado de alarma u otras fórmulas que impusieran una desescalada progresiva. A mitad de agosto, los indicadores de los que disponía el Gobierno de Sánchez ya mostraban que España se encontraba en una situación alarmante. Pero no se habían creado instrumentos sanitarios, ni administrativos ni legales que permitieran un trabajo conjunto eficaz. Solo hace unos días se han fijado criterios generales para aplicar un encapsulamiento urbano. La gestión de los datos ha sido caótica, la desescalada fue demasiado rápida, las restricciones se levantaron antes de haber fortalecido el sistema sanitario. Los españoles han descubierto que tienen una de las mejores medicinas hospitalarias del mundo, pero un sistema de atención primaria débil y que los médicos tienen carreras muy difíciles y están mal distribuidos. Han faltado test y los rastreadores han llegado tarde. Han aflorado las debilidades del sistema territorial, el sistema de Comunidades Autónomas, con las mismas competencias que un sistema federal, pero sin sus mecanismos de coordinación. Y de fondo, siempre de fondo, una forma de hacer política que desde 2004 convierte al adversario en enemigo. Infección que también afecta a una derecha dividida y débil, sin una estrategia clara. La clase política, con sus luchas, ha acrecentado el escepticismo y la desconfianza.

El Gobierno de Sánchez, en minoría, ha tomado algunas, pocas, buenas decisiones. El sistema de protección de los ERTES (protección de la Seguridad Social a los trabajadores de empresas en dificultad) y el Ingreso Mínimo Vital (renta mínima garantizada para las familias sin protección) se han revelado buenos instrumentos de rescate laboral y social. Pero, al ponerlos en marcha, el Gobierno se ha encontrado con que la Administración central no era capaz de gestionarlos. Chocante baño de realismo en un país en el que un cierto discurso dominante ha defendido siempre que el Estado era la solución de todos los problemas. Y al llegar la crisis, el Estado real, no el pensado o ideologizado, ha resultado no tener capacidad suficiente.

No es solo Trump el que se quita la mascarilla. Hay muchas maneras de negar los hechos.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  3314 votos
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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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Elena Simón | 1303 comentarios valoración: 2  4420 votos

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