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24 OCTUBRE 2020
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El error de Charlie Hebdo

Maurizio Vitali | 0 comentarios valoración: 2  46 votos
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Debo confesar que a mí Charlie Hebdo no me hace gracia. Y eso es un problema para un semanario que se define satírico, y que más bien me parece que recurre al juego fácil (o sucio). Como si en la fiesta de cumpleaños de un niño de tres años, dos abuelos se presentan con sus regalos; uno de ellos con un refinado juego educativo, y el otro con una caja con los personajes de la serie de dibujos animados favoritos del pequeño, Peppa Pig. El pequeño se lanza sin dudar sobre este último. Los dos consuegros eran hombres de mundo y el abuelo pedagógico le dice amablemente al de Peppa Pig: “Has jugado fácil, has ido sobre seguro”. Como es muy educado, dice “has jugado fácil” y no “has jugado sucio”, que en este caso serían más o menos sinónimos.

Charlie Hebdo juega fácil, apuestan sobre seguro, más seguro imposible. Y así venden copias. Llegan a una vulgaridad tan exagerada que acaba resultando paradójicamente inocua, pero con una vehemencia ideológica tan ofensiva que llega a hacer daño realmente a los que creen en algo.

Emmanuel Macron, la mayor parte de los medios franceses, los intelectuales que firman llamamiento, los “yo soy Charlie Hebdo” hacen como el abuelo del regalo de Peppa Pig. Dicen: “La blasfemia forma parte de la inviolable libertad de expresión”, y esta forma parte de los derechos universales del hombre. Es el reflejo opuesto de un Estado islámico, como por ejemplo Pakistán, donde la blasfemia es delito penal. Pero Francia presume de libertad para blasfemar, mientras no concede libertad para llevar velo o cualquier símbolo religioso.

Creo que estamos ante dos errores: la religión corrompida hasta llegar al fundamentalismo y la laicidad que llega a coincidir con el nihilismo. Ambas posiciones, reflejos opuestos, generan intolerancia. Una brutal y desesperada a golpe de macheta, otra a base de cuchilladas de papel. Pero en todo caso el que es diferente es un enemigo que hay que neutralizar. Yo, yo no soy Charlie Hebdo.

Sería bueno salir de esta dialéctica perversa. El plan por el que volver a empezar no debe ser el de la ley ni el derecho penal sino el cultural y, en todo caso, el deontológico. Pero sobre todo el cultural. La modernidad ilustrada creyó que proponía una buena vida separando a la sociedad de las confesiones religiosas. Pero ignoró el sentido religioso. No se trata de la opción opinable de una organización religiosa sino de una necesidad constitutiva de la persona humana: exigencia de significado, razón para vivir, necesidad de cumplimiento, de no ahogarse en una nada desesperante, deprimente o violenta, o simplemente mediocre y resignada a la monotonía que solo rompe de vez en cuando algún que otro breve destello lúdico.

El conflicto entre laicidad y religiones no solo alimenta una abstracción ideológica inútil. El nivel del sentido religioso, o como lo queramos llamar, es donde los hombres pueden encontrarse con un interés común, sin quedar sofocados por la nada. ¿Se puede hacer humor y sátira a este nivel? Sí, señalando las insuficiencias, torpezas, mediante chistes y humor (“y al séptimo día sonrió”). Pero nunca un insulto, que solo hace reír a los sádicos.

Luego está el lado deontológico, pues no todo se resuelve por vía penal. Hay profesiones, como la periodística, que requieren sabiduría y equilibrio entre la libertad de expresión y la autorregulación. Hay varios códigos, como el de la tutela de los derechos de los menores, que establecen límites a la libertad de expresión. Y no es que amemos menos la libertad, es que también amamos la seriedad.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  3303 votos
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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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Elena Simón | 1211 comentarios valoración: 2  4409 votos

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