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23 OCTUBRE 2020
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Mirar al otro como hermano para salvarnos, nosotros y el mundo

Andrea Tornielli | 0 comentarios valoración: 2  31 votos
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Estamos rodeados por las “sombras de un mundo cerrado”, pero hay quien no se rinde ante el avance de la oscuridad y sigue soñando, esperando, ensuciándose las manos, comprometiéndose para crear fraternidad y amistad social. La tercera guerra mundial a pedazos ya ha comenzado, la lógica de mercado fundada sobre el beneficio parece vencer sobre la buena política, la cultura del descarte parece prevalecer, nadie escucha el grito de los pueblos que pasan hambre, pero hay quien indica un camino concreto para construir un mundo distinto y más humano.

Hace cinco años, el papa Francisco publicaba la encíclica Laudato Si’, captando de manera evidente las conexiones existentes entre crisis medioambiental y social, guerras, migraciones, pobreza. E indicaba un objetivo que alcanzar: un sistema económico y social más justo y respetuoso con la creación, que ponga en el centro al hombre custodio de la madre tierra y no al dinero elevado a divinidad absoluta. Ahora, con la nueva encíclica Fratelli Tutti, el sucesor de Pedro muestra un camino concreto para alcanzar dicho objetivo: reconocerse hermanos y hermanas, hermanos por ser hijos, custodios unos de otros, todos en la misma barca, como ha puesto aún más en evidencia esta pandemia. El camino para no rendirnos a la tentación del ‘homo homini lupus’, de los nuevos muros, del aislamiento, y mirar en cambio el icono evangélico del buen samaritano, tan actual y tan fuera de nuestros esquemas.

El itinerario señalado por el papa Francisco se funda en el mensaje de Jesús, que borra toda extrañeza. De hecho, el cristiano está llamado a “reconocer a Cristo en cada ser humano, para verlo crucificado en las angustias de los abandonados y olvidados de este mundo y resucitado en cada hermano que se levanta”. Pero el de la fraternidad es un mensaje que también pueden escuchar, comprender y compartir hombres y mujeres de otros credos, así como no creyentes.

La nueva encíclica se presenta como una summa del magisterio social de Francisco, y recoge de manera sistemática apuntes de pronunciamientos, discursos e intervenciones de sus primeros siete años de pontificado. Toma su origen e inspiración sin duda del “Documento sobre la fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común”, firmado el 4 de febrero de 2019 en Abu Dabi con el gran imán de Al-Azhar, Ahmad Al-Tayyib. De aquella declaración común, piedra angular del diálogo entre religiones, el Papa vuelve a proponer un llamamiento para que se adopte el diálogo como camino, la colaboración común como conducta y el conocimiento mutuo como método y criterio.

Pero sería reductivo relegar esta nueva encíclica tan solo al ámbito del diálogo interreligioso. El mensaje de Fratelli Tutti se dirige de hecho a cada uno de nosotros. Y también contiene páginas luminosas sobre el compromiso social y político. Puede resultar paradójico que sea el obispo de Roma, una voz en el desierto, quien relance hoy el proyecto de una buena política. Una política capaz de retomar el papel que le es propio, y que durante demasiado tiempo ha delegado en las finanzas y en la fábula de los mercados que producirían bienestar para todos sin necesidad de ser gobernados. Hay un capítulo entero dedicado a la acción política vivida como servicio y testimonio de caridad, que se nutre de grandes ideales y proyecta el futuro no pensando en la pequeña ganancia electoral sino en el bien común, y especialmente en el futuro de las nuevas generaciones. En un tiempo en que muchos países cierran sus fronteras, es precisamente el Papa quien formula la invitación a no perder la confianza en los organismos internacionales, aunque necesiten reformas porque no solo importan los más fuertes.

Entre las páginas más potentes de esta encíclica figuras las dedicadas a condenar la guerra y el rechazo a la pena de muerte. Siguiendo la huella de la Pacem in Terris de Juan XXIII, partiendo de una mirada realista a los catastróficos resultados que tantos conflictos de las últimas décadas han causado en la vida de millones de personas inocentes, Francisco recuerda que hoy es muy difícil sostener los criterios racionales madurados en otros siglos para hablar de una posible “guerra justa”. Del mismo modo que resulta injustificado e inadmisible el recurso a la pena capital, que debe ser abolida en todo el mundo.

Es verdad, como señala el Papa, que “en el mundo actual los sentimientos de pertenencia a una misma humanidad se debilitan, y el sueño de construir juntos la justicia y la paz parece una utopía de otras épocas”. Pero hay que volver a soñar, y sobre todo realizar juntos ese sueño. Antes de que sea demasiado tarde.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  3303 votos
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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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Elena Simón | 1211 comentarios valoración: 2  4409 votos

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