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27 NOVIEMBRE 2020
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Una nueva "Pacem in terris"

Massimo Borghesi | 0 comentarios valoración: 2  36 votos
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“Fratelli tutti”, la encíclica recién publicada, hay que leerla con atención para comprenderla adecuadamente. De hecho, corremos el riesgo de una banalización mediática que, centrándose en dos o tres puntos, reduzca este documento a una serie de intenciones piadosas. Se trata, sobre todo, de precisar el horizonte en el que se sitúa: un mundo que se precipita hacia destinos de guerra. Los Papas no escriben encíclicas sobre la fraternidad para una tierra tranquila.

La Pacem in Terris de Juan XXIII salió después de que, con la crisis de los misiles en Cuba, estuviéramos a dos pasos de la tercera guerra mundial. No es el caso actual, afortunadamente. Sin embargo, resulta innegable que la crisis de la globalización, el enfrentamiento cada vez más insistente entre bloques (EE.UU, China, Rusia), el continuo combate de guerras por diversas vías, el terrorismo religioso, etc., están configurando un mundo altamente inestable, a punto de estallar.

Hay que añadir las grandes disparidades económicas, la tragedia del Covid con sus efectos en los países más pobres, la inmigración. El cambio de época asiste, después del 89, a un progresivo desmoronamiento de los esquemas y contrapesos que la humanidad había previsto tras la enorme tragedia de la segunda guerra mundial, desde los grandes organismos a la declaración de derechos universales o el proceso de unificación europea. Todo se descompone: la ONU, la UE, el vínculo entre EE.UU y Europa, mientras que el relativismo cultural tiende a exaltar el particularismo y el aislamiento. El espíritu de los tiempos eleva el maniqueísmo en todas sus formas: política, económica, religiosa. Por todas partes resurgen las barreras, antiguas diferencias y viejos nacionalismos.

En este contexto es donde Francisco lanza el sueño de una fraternidad renovada entre pueblos y personas: fraternidad religiosa, política, económica, social. Un sueño análogo al de Martin Luther King, cuyo nombre aparece citado al final junto a los de san Francisco, Gandhi, Desmond Tutu, Charles de Foucauld: “I have a dream”. No se trata de ceder ingenuamente al espíritu utópico, a la filantropía humanitaria, como lamentan los críticos del Papa. Francisco es un realista que conoce perfectamente la crítica de san Agustín a la teología política, a la confusión entre el Reino de Dios y el reino de los hombres. Pero es un realista que sabe que el realismo, si no quiere ser cínico, debe ir siempre más allá, debe arriesgar un proyecto ideal, debe abrir a la esperanza. El cristiano es un hombre con esperanza y no con resignación. El auténtico realismo es un real-idealismo. Por eso, Fratelli Tutti representa en este momento una poderosa roca en el pantano de las ideas, de la política, de una fe estancada.

La encíclica de dirige a todos —“Fratelli tutti”— pero es innegable que entre sus primeros destinatarios están los cristianos, especialmente los católicos. Muchos de ellos, lejos de ser protagonistas del cambio, forman parte del problema actual, parte de ese maniqueísmo político-religioso que caracteriza el momento presente. Ellos también participan, muchas veces sin ser conscientes de ello, de los grandes vientos de la historia. En los años 70 el viento soplaba hacia la izquierda, hacia el encuentro y subordinación del cristianismo al marxismo. Desde la caída del comunismo, el espíritu del mundo ha girado hacia la derecha. Así, de momento, ante una globalización económica abstracta y a menudo violenta, dominada por un neocapitalismo sin escrúpulos, nos encontramos con la reacción populista, el resurgimiento de los nacionalismos político-religiosos, la territorialización de la religión reducida a factor étnico, el fundamentalismo y el terrorismo en nombre de Dios.

Fratelli Tutti parte del gran Documento sobre la Fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común, de febrero de 2019, firmado en Abu Dabi con el gran imán de Al-Azhar, Ahmad Al-Tayyeb. Profundiza en todas sus implicaciones y lo propone al mundo como ideal para el momento presente. De la fraternidad religiosa puede surgir una fraternidad universal, un movimiento de paz capaz de atravesar pueblos y naciones. Esto no puede dejar de ir acompañado por una revolución cultural, por una “nueva cultura”, la cultura del encuentro. Una cultura que “vaya más allá de las dialécticas que enfrentan. Es un estilo de vida tendiente a conformar ese poliedro que tiene muchas facetas, muchísimos lados, pero todos formando una unidad cargada de matices, ya que «el todo es superior a la parte». El poliedro representa una sociedad donde las diferencias conviven complementándose, enriqueciéndose e iluminándose recíprocamente” (215). Se trata de afirmaciones –el poliedro, el todo es superior a la parte– que se sitúan en el centro del pensamiento de Bergoglio desde antes de ser Papa. Desde este punto de vista, la encíclica presupone una fundación cultural concreta que sostiene el designio de la fraternidad.

Los capítulos III y IV, dedicados a la apertura al mundo y al corazón, presuponen una antropología relacional que une personalismo y pensamiento dialógico. Los nombres de tres pensadores, Georg Simmel, Gabriel Marcel, Paul Ricoeur –citado dos veces–, están llamados a dar sostén a esta perspectiva. Igual que, paralelamente, se muestra fundamental la antropología polar de Romano Guardini, presente en varios momentos del documento. Es la antropología polar lo que permite ponerse en guardia ante falsas “polarizaciones” actuales, ante el contraste entre una globalización liberal, falsamente universal, y un populismo particularista que falsifica el concepto de pueblo. La ley de la polaridad, según Francisco, une y distingue entre universal y particular; reconoce la antinomia, la complementariedad en la diferencia. Se propone como solución a nivel teórico de las feroces contraposiciones actuales.

Una última observación que permite evitar lecturas apresuradas y malentendidos es que la encíclica responde también a aquellos que durante estos años han acusado al Papa de filantropismo, irenismo, humanismo, de haber separado Misericordia y Verdad. A esos les vendría bien empezar a leer este documento empezando por los capítulos finales, del sexto en adelante. Aquí, de acuerdo con la Caritas in Veritate de Benedicto XVI, es posible observar un firme anclaje del diálogo en la idea de verdad. Una verdad objetiva, la única que permite el reconocimiento racional de una naturaleza humana única y universal, frente al relativismo dominante de la cultura actual. Verdad, justicia y misericordia no se pueden separar. El Papa está respondiendo de tal manera a sus críticos de derechas, que no cesan de atacarle, desde la Amoris Laetitia. Su respuesta no deja de citar, desde el capítulo octavo, dedicado al diálogo interreligioso, el “texto memorable” de la Centesimus Annus de Juan Pablo II: “Si no existe una verdad trascendente, con cuya obediencia el hombre conquista su plena identidad, tampoco existe ningún principio seguro que garantice relaciones justas entre los hombres” (273). Sobre todo, no deja de evidenciar de qué manera la identidad cristiana constituye un factor esencial en el diálogo fraterno con todos. Por eso, aun valorando la acción de Dios en las demás religiones, “los cristianos no podemos esconder que «si la música del Evangelio deja de vibrar en nuestras entrañas, habremos perdido la alegría que brota de la compasión, la ternura que nace de la confianza, la capacidad de reconciliación que encuentra su fuente en sabernos siempre perdonados‒enviados. Si la música del Evangelio deja de sonar en nuestras casas, en nuestras plazas, en los trabajos, en la política y en la economía, habremos apagado la melodía que nos desafiaba a luchar por la dignidad de todo hombre y mujer». Otros beben de otras fuentes. Para nosotros, ese manantial de dignidad humana y de fraternidad está en el Evangelio de Jesucristo” (277).

El sueño del papa Francisco de una nueva fraternidad, en un mundo hecho pedazos, hunde sus raíces en la “música del Evangelio”, en el “Evangelio de Jesucristo”. Fratelli Tutti se dirige a la humanidad entera pero no olvida la raíz de la esperanza. Es bueno que los críticos del Papa lo sepan y lean este texto con atención.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  3357 votos
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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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Elena Simón | 1602 comentarios valoración: 2  4459 votos

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