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27 NOVIEMBRE 2020
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El trauma colectivo

Eugenio Borgna | 0 comentarios valoración: 1  26 votos
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¿Qué ha pasado en estos meses de cambios tan profundos en nuestra vida con la aparición y extensión de la pandemia? Quiero decir que en la génesis de lo que hoy sigue siendo un drama colectivo han concurrido dos factores: el aislamiento en casa, en residencias y hospitales, y el miedo, miedo al contagio y miedo a la muerte. La virulencia y la rapidez con que se ha difundido la pandemia han sido de tal magnitud que no han permitido tomar medidas inmediatas de prevención y tratamiento, estas han tenido que ceñirse a las consecuencias y, al menos en las primeras semanas de pandemia, no resultaron demasiado útiles. Solo en el momento en que la prensa empezó a mostrar imágenes desgarradoras de gente, y no solo ancianos, que moría en una soledad desértica, percibimos de manera dramática la presencia de una enfermedad de origen desconocido, de evolución imprevisible, y mortal.

De repente cambiaron nuestros hábitos de conducta y se prohibieron hasta los gestos más sencillos y afectuosos, como estrecharse la mano, hacer una caricia, acercarse a una persona enferma o a un amigo. La primera dimensión de lo que todavía hoy sigue siendo un trauma colectivo ha sido el aislamiento. Sus consecuencias psicológicas han sido mucho menos evidentes en los que son más proclives al diálogo interior y a la reflexión, a la meditación y al recogimiento, al silencio y la oración, que han dado un sentido a la pérdida de las relaciones sociales dando paso a todo ello en nuestra vida. Claro que, en la manera de enfrentarse al malestar causado por el aislamiento, también han influido factores como la edad y el lugar de residencia: en grandes ciudades, sobre todo en sus periferias, o en ciudades pequeñas, en casas con espacios amplios o en viviendas con espacios asfixiantes que no permitían la privacidad ni la autonomía.

Las semanas que vivimos aislados podían resultar de ayuda para conocer mejor nuestra vida interior, sus límites y confines, nuestras fragilidades y sensibilidad, pero también podían ser fuente de angustia, desesperación, nostalgia, memoria del corazón, arideciendo nuestras expectativas y esperanzas, y generando las raíces de un trauma colectivo que ni siquiera se apagó cuando la pandemia parecía reducir su intensidad.

La segunda dimensión de este trauma colectivo ha sido el miedo, miedo al contagio, miedo a la muerte, que ha despertado en nuestro interior. La muerte acompaña a la vida en muchas circunstancias dolorosas: la muerte natural, la muerte debida a una enfermedad o a un accidente, la muerte voluntaria. Y cada vez que aparece nos obliga a tomar conciencia de ella, con dolor, desesperación, resignación y oración. La muerte, que las pantallas de televisión nos mostraban en las semanas más duras de la pandemia, se ha visto dañada en su dignidad, en su intimidad, una muerte desgarrada y cosificada, una muerte que llegaba a menudo en una situación de aislamiento atroz. El silencio de la muerte, la soledad de la muerte, la dignidad y la piedad de la muerte, no aparecían en las imágenes que circulaban por las pantallas, que mostraban la humanidad torturada y lacerada por algo radicalmente ajeno al sentido de la muerte como otra imagen de la vida, como decía Rainer Maria Rilke.

¿Qué queda hoy del trauma colectivo que durante los primeros meses del año inundaba nuestra vida? El aislamiento dejará en algunos de nosotros huellas de ansiedad y depresión, destinadas sin embargo a caer poco a poco en el olvido si la pandemia no vuelve a extender sus brazos. La angustia de la muerte, de una muerte tan terrible como la que hemos conocido con su presencia y su frecuencia, será difícil olvidarla aunque los contagios se redujeran. Pero el peligro de contagio sigue siendo muy alto y la tarea a la que todos nos enfrentamos es la de cumplir con un rigor extremo las normas de comportamiento que se nos han impuesto pero sin caer presa de un trauma colectivo que nos haga ajenos a la amistad y a la solidaridad, a la acogida y la hospitalidad, a la gentileza y la ternura, a la esperanza.

La esperanza parece naufragar por los acantilados de la soledad, de la angustia y de la desesperación que estas semanas han invadido nuestros corazones, pero tras la desesperación, como dice Georges Bernanos, ¿no podrá acaso brotar una nueva esperanza que, como un puente, ponga en contacto nuestra esperanza con la de aquellos que ya la han perdido?

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  3356 votos
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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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Elena Simón | 1600 comentarios valoración: 2  4459 votos

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