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25 NOVIEMBRE 2020
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Paz para el imperio

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  27 votos
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La paz del imperio. El criterio de San Agustín en la Ciudad de Dios parece el más conveniente para afrontar los resultados de las elecciones de este martes en Estados Unidos. El mejor resultado será el que mantenga la paz en el imperio. A menos que se apueste por una teologización de la política y se espere de uno de los candidatos la defensa de determinados valores. No parece conveniente, teniendo en cuenta la condición histórica de la sociedad y del hombre del siglo XXI, el mayor bien posible para todos.

Pax Americana. Estados Unidos ya no es el imperio de hace 70 años. Aunque tiene el 43 por ciento de las bombas atómicas del mundo y acumula el 40 por ciento del gasto en defensa. Y en tiempos absolutamente problemáticos como los que vivimos, los errores de un gigante en lento declive –tampoco hay que exagerar– pueden acelerar la formación de la tormenta perfecta.

Para que haya paz en el imperio lo primero es una victoria clara. Si no se produce en estados decisivos como Michigan, Carolina del Norte o Wisconsin todo se puede complicar mucho. Los gobernadores son demócratas y los parlamentos están en manos de los republicanos. Cada uno puede reclamar a su candidato como vencedor. Hay más voto por correo que nunca y el recuento de ese voto no aparece en la noche electoral. Trump puede proclamarse ganador dentro de unas horas y negar la validez del voto por correo si no le es favorable. El caos sería grande.

Un ganador claro. Y mejor si el perdedor es Trump y su presidencia se acaba en el primer mandato. El presidente republicano no es el demonio, pero su salida de la Casa Blanca podría detener algo la segmentación del país. Las políticas identitarias de la izquierda estadounidense, enfocadas en cuestiones de raza, sexo y etnia, han acentuado la fragmentación desde finales del siglo pasado. Han fortalecido la conciencia de pertenecer a una comunidad que estaba por encima de todo. El pensamiento de derechas de los últimos años no ha superado el molde identitario y ha vertido sobre la misma estructura otros contenidos: la defensa de los blancos que no viven en las costas y que han sufrido la globalización, de las comunidades religiosas, del uso de las armas. El proyecto común se diluye. No hay que gobernar para todos, es suficiente con obtener el respaldo de un 30 por ciento de la población. Un país a cuotas. Trump tuvo la inteligencia de conectar con los que no se sentían representados. Y el plan ha seducido a importantes comunidades evangélicas y algunas católicas. Pero no es bueno que el modelo de la polarización infinita, basada en la identidad, se perpetúe. Mina las bases elementales de la democracia: la percepción del otro como una oportunidad. No conviene que desde el centro de uno de los imperios se extienda, como se ha extendido, un modo de concebirse que no tiene en cuenta el conjunto. Tampoco es conveniente que se apoyen modelos de democracia iliberal.

El miedo al otro ha alimentado durante estos cuatro años la retórica de Trump contra los inmigrantes. Ni el refuerzo del muro ni la política radical de expulsiones que prometió se han llevado a cabo. Pero la cultura de la sospecha hacia los extranjeros ha sido nociva. Muchos la toman como inspiración. Aunque, sin extranjeros, Estados Unidos literalmente no funcionaria.

La difícil paz y el desarrollo en el mundo pasan por algunas cuestiones clave: la respuesta inteligente a las pretensiones hegemónicas de China, la lucha contra el cambio climático, el fortalecimiento de los órganos de gobernanza globales, la pacificación de Oriente Medio, el realismo con potencias medias como Rusia y Turquía, la continuidad en los esfuerzos de desarme.

La reunión del Partido Comunista Chino celebrado hace unos días ha confirmado que las pretensiones de expansión de Xi Jinping siguen intactas. Los cuatros años de Trump han sido torpes para hacer frente al imperio que quiere tomar el relevo. La guerra comercial con el gigante asiático no ha repatriado las cadenas de valor. Es lo que hubiera podido mejorar la economía de Estados Unidos. La retirada del Acuerdo Transpacífico, con alianzas a los dos lados del océano, fue un error porque eliminó un contrapeso a China.

El apoyo al gobierno radical de Israel ha abierto aún más la herida palestina. Sin algún tiempo de paz en Tierra Santa, el mundo de mayoría musulmana estará siempre incendiado. Y romper con Irán ha supuesto perder la gran baza de los chiíes. Trump se ha dedicado a debilitar a la Organización Mundial del Comercio, a la ONU y al G20. No colabora en el proceso de desarme. Se ha salido del Acuerdo de París sobre el cambio climático y se ha enfrentado con sus aliados de la OTAN. No ha frenado la desestabilización que llega de Rusia. No tiene hipótesis sobre cómo responder a Turquía, mientras Erdogan patrocina con Qatar el islamismo en Occidente.

El emperador no es dios ni sacerdote, se le juzga por su servicio a la paz.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  3354 votos
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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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Elena Simón | 1575 comentarios valoración: 2  4459 votos

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