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25 NOVIEMBRE 2020
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La última idolatría

Martino Diez | 0 comentarios valoración: 2  31 votos
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Es inútil mirar a otro lado ante el ataque con arma blanca en la catedral de Niza. La motivación es religiosa, la respuesta debe ser religiosa. No es que no hagan falta detalles sociológicos sobre el terrorista, Brahim Aouissaoui, del que todavía se sabe poco, su probable malestar juvenil, su radicalización, su llegada a Lampedusa… Pero esa no es la cuestión. También es importante contextualizar este crimen tan horrible en la crónica de estos días: el discurso de Macron sobre el separatismo islamista, la nueva polémica en torno a las viñetas satíricas contra el profeta del islam, el asesinato del profesor Samuel Paty, la crisis diplomática.

Y después de Niza, a diferencia de las viñetas, las condenas de casi todo el mundo islámico, empezando por los musulmanes franceses, sin condiciones ni peros, incluso de Erdogan, que hasta un momento antes estuvo avivando el fuego. Porque un versículo coránico, el 22.40, declara la sacralidad de todos los lugares de oración y porque, evidentemente, las tres personas asesinadas no tienen nada que ver con las famosas viñetas. Además, la posición de la Iglesia francesa en este tema, como en todo el tema del separatismo islamista, ha sido muy equilibrada y atenta a la sensibilidad de los creyentes musulmanes.

Pero todo esto es secundario. La cuestión es que un joven de 21 años entra en una iglesia y mata a tres personas convencido de estar haciendo la voluntad de Dios. Entonces hay que responder a esto, y decir alto y claro que lo que ha hecho es ante todo un acto de idolatría. ¿Por qué idolatría? Este pecado, el segundo más grave según el Corán, que lo llama ‘shirk’, muchos musulmanes suelen concebirlo como una idea un poco caricaturesca, algo así como las tribus de un bosque perdido que todavía se postran ante las estatuas de sus antepasados. Ha llegado el momento de reflexionar sobre una idolatría mucho más peligrosa, la idolatría de la propia imagen de Dios, que lo degrada a un utensilio para desahogar el propio resentimiento.

En el Corán hay una historia muy interesante, contada varias veces. Es la historia de Iblis, uno de los ángeles (o de los ‘jinn’, según otra versión). Un día, en el amanecer de los tiempos, recibe de Dios una orden imposible. Tiene que postrarse no ante su Señor –algo que lleva haciendo toda la eternidad, con una devoción incansable y feroz– sino ante Adán, al que Dios acaba de modelar en la tierra. Debe ser un error, piensa Iblis, “si yo soy mejor que él”. Así que rechaza la orden, no se postra, y acaba expulsado del paraíso. Así nace el diablo.

¿Qué nos enseña esta historia? Que se puede amar la propia imagen de Dios más que a Dios mismos y, en nombre de esa imagen, ignorar el mandato divino porque no entra en los propios esquemas. Algunos místicos han intentado rescatar a Iblis como el auténtico monoteísta –el único de la historia– por estar dispuesto a todo con tal de no adorar a nada fuera de Dios mismo. Pero no, no es el auténtico monoteísta, es más bien el último idólatra, el más sutil, el que transforma a Dios en un objeto de su propia voluntad. Como dice Adrian Candiard, “cuanto más cerca de Dios, mayor riesgo de idolatría. El fanatismo es una enfermedad de la vida espiritual”. Este es el crimen de Brahim Aouissaoui y de quien lo armó. Ahora podrán encontrarse.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  3354 votos
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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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Elena Simón | 1574 comentarios valoración: 2  4459 votos

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