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24 NOVIEMBRE 2020
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Cerrar heridas

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  29 votos
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“Es el momento para cerrar las heridas”, una buena frase, una estupenda frase del presidente electo de los Estados Unidos. Biden, después de un recuento de infarto, ha hecho un buen discurso para celebrar una victoria que Trump se niega a reconocer. Va a ser un programa difícil de ejecutar porque las heridas en su país, como en buena parte de Occidente, llegan hasta la última célula del organismo social.

Biden ha ganado con un margen amplio, pero no aplastante. Pero los electores, aunque se empeñen algunos editorialistas de la Costa Este, no han mandado el mensaje de que Trump es inaceptable. El candidato demócrata se ha impuesto por tres puntos en el voto popular. Los titulares que atribuyen la derrota del republicano al abandono de los votantes blancos críticos con la globalización, en el cinturón industrial del Medio Oeste, pueden ser efectistas. Pero la realidad es siempre más compleja. Ni en Wisconsin, ni en Michigan, ni en Pensilvania, Biden ha superado a Trump por más de un punto. No ha habido un abandono masivo y radical del hombre que hizo del proteccionismo una de sus banderas. Las categorías demoscópicas se han revelado demasiado esquemáticas. Hay sí, más evangélicos blancos, que han votado a Biden que a Trump. Biden ha avanzado entre los blancos y Trump entre los negros, los hispanos y los asiáticos. Pero intentar entender el voto solo con moldes identitarios es la mejor manera de caer, desde el principio, en la trampa en la que está atascada la política de Estados Unidos y la política occidental desde hace décadas.

Si Biden quiere realmente cerrar heridas tendrá que superar lo que, con acierto, David Brooks ha llamado una “guerra religiosa”. Una polarización que traslada a la política y usa la política para enfrentar diferentes modos de entender la vida. Cada parte en conflicto considera que el ejercicio del poder es la mejor manera de hacer triunfar un determinado sistema de ideas.

La derecha estadounidense, hace algo más de diez años, creyó llegado el momento de deshacerse del complejo tecnocrático. Era necesario hacer una guerra cultural al mundo liberal (progresista). En la primera oleada de guerras culturales, muchos en la izquierda rechazaban los ideales de la Ilustración por imperialistas. Desde hace un decenio la derecha ataca al progreso porque lo considera parte de un plan de las élites intelectuales para socavar los valores tradicionales. El trumpismo, no Trump, ha estado apoyado por algunos grupos convencidos de la urgencia de plantar batalla a una concepción que utilizaba los resortes del poder para imponer su sensibilidad. El término guerra cultural ha hecho fortuna en la nueva derecha de algunos países de Europa.

En esta dialéctica, gran parte del mundo liberal ha reaccionado en los últimos cuatro años dominado por un antitrumpismo hiperventilado. El progresismo ha vivido una guerra cultural que, como señalan algunos analistas con acierto, ha tenido mucho de obsesión colectiva. La maldad de Trump lo ocupaba todo: los argumentos de novelas, de películas, de series. Ha habido pocos esfuerzos sinceros para comprender por qué Trump había ganado, qué sentían, que querían los que habían optado por el que, sin duda, ha sido uno de los peores presidentes de los Estados Unidos. Las caricaturas esquemáticas del granjero con peto y con armas en su pick up, del blanco desclasado por la globalización, del cristiano integrista han simplificado lo complejo.

Los medios progresistas, determinados cada vez más por un cierto target y por la necesidad de sobrevivir en una sociedad cada vez más segmentada, han saturado una conversación nacional que ha dejado de ser conversación. El narcisismo de las redes sociales a menudo ha empeorado la situación. Se fija posición en pocos caracteres y esa posición se convierte en fetiche psicológico (esto sucede en los dos bandos). La guerra cultural del progresismo ha subido tanto de tono que, por ejemplo, en el feminismo se ha convertido en una guerra civil. Una parte de las feministas descalifican a otras porque no lo son del modo correcto. Las feministas de la igualdad se enfrentan a las de la diferencia y las segundas piensan que las primeras se han quedado anticuadas.

Los demócratas han avanzado en el voto blanco. Pero cerrar heridas no es solo reconectar con la clase media y la clase obrera. Es acabar con la teologización de la política del trumpismo y del antitrumpismo. La cuestión decisiva, como señala Lilla, es cambiar esa pseudopolítica de la mirada hacia uno mismo que te hace definirte de una forma cada vez más excluyente y estrecha. El problema es que, a los jóvenes y no tan jóvenes, en buena parte de Occidente, no se les educa para pensar en el bien común, para garantizarlo en términos prácticos y para convencer a gente muy distinta de la necesidad de un esfuerzo compartido. Es lo opuesto a una guerra religiosa. Es una tarea demasiado complicada para un presidente, aunque sea el presidente de los Estados Unidos. El cambio solo puede venir desde abajo.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  3353 votos
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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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Elena Simón | 1559 comentarios valoración: 2  4458 votos

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