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24 NOVIEMBRE 2020
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>Entrevista a Ricardo Dudda

"Mucha gente piensa que la política ya no les habla a ellos"

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 2  26 votos
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Ricardo Dudda es autor de “La verdad de la tribu. La corrección política y sus enemigos” (Ed. Debate). Conversamos con el periodista de Letras Libres, que ve con preocupación una escenificación del conflicto creado de modo artificial que no se corresponde con la realidad.

En una columna reciente escribía que “el problema más importante no es Trump sino la causa y contexto que le llevan a la presidencia”. ¿Cuáles cree que son esas causas y ese contexto?

Lo que quería decir es que estos años los demócratas han pensado que el problema era solo Trump, que hemos vivido un tiempo que era una ilusión y Trump lo ha llevado al traste. Pero no es así. Desde 2008 hay un descontento muy grande. Entre las causas a las que me refiero está que la política se ha alejado mucho, se ha tecnocratizado muchísimo. Mucha gente piensa que la política ya no les habla a ellos, lo hemos visto en muchos sitios, detrás del voto populista en general. También hemos visto regulaciones que durante décadas han compartido republicanos y demócratas y que a parte de la población le ha venido muy mal, como la gestión que hizo Obama de la crisis con los rescates financieros, y muchos aspectos que han dejado a parte de la población fuera del relato. Eso no significa que los votantes de Trump fueran los más desfavorecidos, pero sí ha habido una especie de trasvase de la clase más baja hacia votos republicanos, al contrario de lo que solía suceder.

“Mucha gente estaba perdiendo su trabajo y los medios les obligaban a contentarse porque una mujer era candidata”

¿Se podría decir que personas no extremistas se han abrazado a opciones extremas?

Sí. Por ejemplo, en la izquierda estadounidense tenemos la campaña de Clinton, que libraba una batalla de guerra cultural, muy influida por una teoría posmoderna muy apoyada por universidades de élite que en cierta manera no estaba llegando a la población. Con la ayuda de los medios, construyó un debate sobre temas de género y raza, olvidándose un poco de cuestiones materiales y económicas. Mucha gente estaba perdiendo su trabajo y los medios les obligaban a contentarse porque una mujer era candidata, ¿pero de qué manera esto me ayuda? Luego está el declive del partido republicado, que ya no existe, que está totalmente a merced de Trump y ya veremos qué pasa. Había un pacto común de ambos partidos en que los dos querían mantener a EE.UU como ese estado de derecho, el país de la libertad, y el partido republicano ha tardado meses, pocos años, en convertirse en un partido pseudo-autocrático a las órdenes de un populista.

La gente corriente percibe una desconexión entre los problemas reales y la política.

También ocurre en España, donde tenemos a un presidente que en medio de una pandemia se pone a hablar de resiliencia, y cuestiones medio tecnocráticas. Es una cuestión tanto de derecha como de izquierda, del establishment liberal, de pensar que las cosas siguen igual después de la crisis de 2008, que la gente sigue queriendo el voto centrado, que hable de Europa y de progreso, pero la gente está más enfadada porque tenemos líderes que hablan de progreso y se apropian de la idea de progreso cuando no hacen nada por mejorar la situación de millones de personas. En EE.UU también ha pasado así, evidentemente con la ayuda de la polarización de los medios.

Es mucho más complejo pero sí ha habido un problema de la derecha que ha visto que podía acusar a la izquierda de elitista, que era un poco novedoso porque solía ser al contrario. De pronto se han dado cuenta de que la izquierda tiene referentes culturales muy elitistas y se ha metido en una especie de burbuja, y la derecha ha aprovechado ese filón populista: sois los de la izquierda los que estáis alejados de los problemas de la gente. Eso ha atraído a un nuevo votante de clase baja hacia los partidos de derechas.

“No se ha producido ese trasvase para que viéramos hasta qué punto ha estado en peligro la democracia y la convivencia”

En España da la impresión de que entre los jóvenes hay una desconexión con lo que supuso la Transición y, por ejemplo, se pone en cuestión la Monarquía. ¿Cuál es el origen de esta desafección?

No se ha explicado lo suficiente y la izquierda lo ha convertido en temas cuestionables. No me parece mal cuestionarse los grandes consensos, pero se ha hecho para acabar con el llamado régimen del 78. Es incuestionable el valor del rey Juan Carlos, pero alguien que ha nacido muchos años después necesita una explicación añadida, porque lo ve como una especie de fetiche, una figura protocolaria que no se explica. Del mismo modo, la Transición se ha quedado como algo melancólico y nostálgico.

Ratzinger dice que el conocimiento científico es un conocimiento acumulativo, sin embargo, en el conocimiento moral no es así y la libertad debe ser siempre nueva.

Es obvio que cuando una generación no ha vivido nunca la posibilidad de que la democracia pueda truncarse, lo frivoliza un poco. Pero no sé qué tipo de aprendizaje se puede hacer, se hace a la fuerza cuando se pone en peligro. Es como el aire, solo lo notas cuando te falta. No creo que exista una manera de aprenderlo, a no ser que tengas una construcción nacional para recordar lo importante que son las instituciones democráticas. En eso soy un poco cínico, te preocupas cuando lo vas a perder.

Quizá la crítica debe ser hacia los mayores, que no hemos sabido transmitir ese valor.

En ese sentido, a menudo pienso en la cuestión de ETA. Yo recuerdo el terrorismo como trasfondo, de niño. Pero hay una generación que ha vivido todo eso de manera muy intensa y debería haber concienciado más a la generación siguiente, y no se ha producido ese trasvase para que viéramos hasta qué punto ha estado en peligro la democracia y la convivencia. Hasta el punto de que mucha gente ni siquiera sabe quién es Miguel Ángel Blanco. Lo malo es que los problemas se politizan y no forman parte del relato común, sino de cada parte. Y culpa de ello la tienen los nacionalismos periféricos, que usan estas cosas para hacer su guerra del relato.

“La política debe servir para limar asperezas en cuestiones que son un desafío y, sin embargo, falta valentía política”

La falta de conversación sobre temas polémicos como, por ejemplo, la inmigración, donde se tiende a encasillar en bandos y no existen los matices, los grises… ¿hace crecer la polarización?

Falta valentía política para asumir que hay cuestiones que son desafíos pero que la política debe limar las asperezas en ello. Los politólogos siempre dicen que las políticas públicas siempre tienen limaduras negativas, no siempre salen todos ganando, es imposible. Se trata de que a nivel general sea positiva, y vas corrigiendo. Y algo así pasa con el relato. En comunidades homogéneas la entrada de inmigración las altera, pero el Estado está para limar esas asperezas y garantizar la convivencia. Y ahí falta valentía política, admitir que es disruptivo es una derrota de la política. La polarización hace que te plantes en un tema y parece que unas cuestiones son de derecha y otras de izquierda.

La derecha y la izquierda en España, ¿no se consideran legítimas mutuamente?

Hay una anulación del adversario, como cuando dice Pablo Iglesias “no vais a volver a ganar las elecciones”, con una arrogancia que roza el autoritarismo. Un partido puede haber cometido muchos errores pero de ahí a ser ilegítimo, y en cambio estamos en ese debate, que es bastante preocupante.

“Las diferencias deben ser reales y no deben estar construidas sobre bases artificiales creadas en departamentos de comunicación”

Sin embargo, en nuestra vida cotidiana nos tenemos que poner de acuerdo con personas que piensan distinto en nuestros entornos laborales, familiares… en medio de la pandemia quizá había un médico de Vox que cuidaba a un enfermo de Podemos o al revés.

Hay una escenificación del conflicto que no se corresponde con la realidad. Es como en la lucha libre americana, que luego se van juntos a tomarse algo después de darse una paliza. Salvo los muy fundamentalistas, nadie se define por su ideología. La gente se define por otras cuestiones, por lo que le gusta más que por la ideología, y si se rebaja un poco el tono ideológico se descubre la pluralidad de identidades de la gente, que es muy amplia y que permite una cierta paz social. Ese es el problema de enfrentar a la gente por distinciones que en gran medida son artificiales.

Las sociedades modernas son muy diversas y en este contexto es un desafío el poder conseguir consensos sólidos y de unidad en cuestiones básicas. ¿Cuál cree que deberían de ser esas cuestiones básicas?

Lo primero que haría sería rebajar la cuestión de que las diferencias ideológicas sean culturales. La política se ha convertido en algo muy mediático, como una forma de entretenimiento más, como una especie de deporte mediático, y entonces se podrán ver las diferencias reales y abordar las cuestiones reales. En realidad, solo hay una manera de hacerlo y es la cuestión de la nación, pero es un tema muy espinoso en España. No tenemos una tradición que lo permita, soy muy pesimista. La única opción sería tras el 1 de octubre de 2017 ya vimos lo que duró. Esas diferencias que existen entre partidos y sociedad no deben estar construidas sobre bases artificiales creadas en departamentos de comunicación sino que sean reales. Más que unificar, ser conscientes de las diferencias reales, no artificiales, y trabajar sobre esas diferencias reales.

Moncloa quiere vigilar lo que considera desinformación. Ante esto la comunidad periodística ha mostrado su preocupación, ¿está fundado este desasosiego?

La preocupación es normal y está bastante extendida, salvo los que son muy del aparato. Cada vez que un gobierno intenta garantizar la libertad de información, no podrá hacerlo porque la tentación es muy grande, especialmente en un gobierno que mezcla los bulos con las críticas al gobierno, y en eso puede ser muy peligroso. Parece que en la pandemia se ha unido la crítica legítima con el negacionismo y la desinformación, y eso no puede ser. Unido al uso que ha hecho el gobierno de la ley mordaza, que no solo no deroga sino que la usa como herramienta represora y arbitraria, resulta bastante preocupante. Veremos en que queda porque también es verdad que este gobierno hace muchos intentos y luego rectifica, por miedo a la opinión pública o a la prensa, pero habrá que ver en qué queda.

¿Estamos ya en el populismo en España?

No es de forma irreversible porque al fin y al cabo siempre ha habido debate, pero hay una degeneración a nivel más de discurso populista. El problema es más de despotismo y endogamia, uso de las instituciones de manera torticera, pero al menos en cuestiones de retórica y batalla cultural sí se da el populismo tanto en Vox como en Podemos, que ahora se ha relajado un poco porque está institucionalizado pero está intentando introducir este tipo de cuestiones en el gobierno, y nos encontramos con una ambigüedad constante. Pero depende de lo que consideremos populismo, se supone que se define como algo fuera de las instituciones, pero claro que puede entrar.

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