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24 NOVIEMBRE 2020
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>Entrevista a José Luis Vázquez Borau

Etty Hillesum: 'Lo único importante, Dios, es salvar un fragmento de ti en nosotros'

Enrique Chuvieco | 0 comentarios valoración: 2  13 votos
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Sin tradición religiosa, la mística judía llevó a Dios a los campos de concentración nazis, subraya José Luis Vázquez Borau, autor de Etty Hillesum: una mística en el horror nazi. Hablamos con él coincidiendo con el arranque de EncuentroMadrid, que este viernes 20 de noviembre emite por su canal de YouTube un espectáculo teatral basado en textos de esta autora.

Recientemente ha publicado en la editorial Digital Reasons Etty Hillesum: una mística en el horror nazi, ¿qué ha encontrado en esta mujer?

En primer lugar, se trata de una mujer joven. Murió a los veintinueve años. En segundo lugar, desde que se han dado a conocer sus diarios-cuadernos han tenido un impacto igual o mayor que el Diario de Ana Frank. En tercer lugar, se ha hablado mucho sobre dónde estaba Dios en Auschwitz. Pues bien, gracias al testimonio explícito de Etty Hilesum podemos decir que Dios estaba en Auschwitz en "los actos de caridad de Etty" y de otros testigos como el padre Maximiliano Kolbe.

¿Quién era Etty?

Una judía neerlandesa, que nació el 15 de enero de 1914 en Middelgurg, ciudad de los Paises Bajos, donde su padre daba clases. Tuvo dos hermanos: Jaap (1916) y Mischa (1920). Jaap fue médico y durante la guerra trabajó en el hospital judío de Ámsterdam, pero no sobrevivió a la guerra. Micha fue un excelente pianista, pero fue internado en un centro psiquiátrico en 1939. Las diferencias de caracteres entre los padres provocaron tensiones y desencuentros, creando una atmósfera familiar conflictiva. No había sido educada en la fe judía y carecía de prejuicios con el sexo. Se siente profundamente insatisfecha y decide ir a un psicólogo. Un amigo le recomienda a Julius Spier, de cincuenta y cuatro años, casado y con dos hijos. Spier le anima a leer los Salmos y los Evangelios, no para convertirse sino para tener una comprensión del mundo más exacta. Además, le dice de anotar sus vivencias en un diario que comenzará en 1941, tres años antes de su muerte.

¿Cómo fue su proceso?

La escritura de Etty constituye un canto a la vida como creación de Dios. Toma la costumbre de hacer un largo tiempo de silencio por las mañanas y no puede aceptar que el ser humano solo sea "un barril hueco arrastrado por la historia del mundo" o que la existencia carezca de sentido. Atribuir todo al azar significa condenar el cosmos a la insignificancia y el caos. Etty no reniega de la vida, pese a que la ocupación crece sin cesar, imponiendo el toque de queda a los judíos y privándoles de cualquier derecho. El nazismo no propone nada. Su visión del futuro rinde culto a la muerte y la destrucción. Pese a todo, la vitalidad de Etty prosigue su curso ascendente.

¿Y su compromiso?

El 15 de julio de 1942 Etty encuentra trabajo como mecanógrafa en una de las secciones del Consejo Hebraico, que actuaba de puente entre los nazis y la población judía. Allí trabaja como ayudante social de las personas que están en tránsito y siente un enorme deseo de acompañarlas a todas. Para Etty los nazis son despiadados, pero no está dispuesta a odiarlos: "No creo que podamos mejorar en algo el mundo exterior, mientras no hayamos mejorado primero nuestro mundo interior". Se ofrece voluntaria para trabajar como asistente y enfermera en el campo de concentración de Westerbork, como enviada del Consejo. Gracias a esto pudo realizar una docena de viajes a Ámsterdam actuando como miembro de la resistencia, llevando cartas y mensajes de los prisioneros, además de recoger medicinas para llevar al campo. En uno de estos permisos tiene que ir al hospital pues su salud es frágil. La inesperada muerte de Spier le produce un hondo abatimiento, pero su espíritu soporta la noticia sin resquebrajarse.

Señala usted que Etty que ella no pertenecía a ninguna tradición religiosa, ¿cómo llegó a ello?

Profundizando en su interior. Frente a las amenazas del terror, Etty se refugia en la oración. Descubre la presencia de Dios en lo más profundo de su corazón. Cuando los alemanes en 1942 ya tienen los planes para la deportación de los judíos holandeses hacia su exterminio Etty escribe: "Y si Dios no me sigue ayudando, entonces tendré que ayudar yo a Dios". Y añade: "Solo una cosa es para mí evidente: que Tú no puedes ayudarnos, que debemos ayudarte a ti y así nos ayudamos a nosotros mismos. es lo único que tiene importancia en estos momentos, Dios: salvar un fragmento de ti en nosotros".

Cómo fueron sus últimos días?

Etty poco a poco llega a la conclusión de que la prisión es inevitable y rechaza posibles escondites para no ser encontrada por la Gestapo. Etty se entregó a las SS el 6 de junio de 1943 junto a sus padres y hermano. Los padres de Etty fueron gaseados a su llegada a Auschwitz el 10 de septiembre de 1943. La muerte de Etty está registrada el 30 de noviembre de 1943. Su hermano Mischa sobrevivirá hasta el 31 de marzo de 1944. Su hermano Jaap murió el 17 de abril de 1945 en Luben cuando regresaba a los Países Bajos.

Uno de los epígrafes del libro se titula "¿Cómo creer en Dios en medio del horror nazi?", una cuestión bastante extraña en esas terribles circunstancias...

Etty descubre a Dios de una manera experiencial y no por una vía confesional o doctrinal. Etty no frecuentó nunca ni la sinagoga ni la iglesia cristiana. Su despertar religioso no se lo debe a un pastor, sacerdote o rabino, ni siquiera a un laico confesional, sino a un amigo, judío como ella, Julius Spier psicólogo experto en la lectura de las manos. Etty se siente libre, no depende de nada ni de nadie; libre incluso del tiempo, no está sometida al futuro: "Merece la pena vivir la vida, y si supiera que iba a morir mañana, diría: Es una gran pena, pero tal como ha ido, está bien".

Subraya también el camino interior de Etty que la lleva a decir que Dios es lo más profundo del ser humano y que siempre es presencia entre nosotros.

Dios llega a ser una presencia connatural a Etty. Su vida es un continuo diálogo con él. Dios es todo en ella. Y, no es Dios quien tiene que ayudarnos a nosotros, somos nosotros los que tenemos que ayudarle. Dios necesita de nosotros para emerger. Solo viviendo y actuando desde la interioridad se aportará la solución y la novedad que la situación demanda. Solo desde la interioridad se construye el mundo y la sociedad nueva.

En los campos de concentración, según relata Ud., Etty se afanó en la atención y dedicación con sus hermanos judíos, que sufrieron el horror nazi. Fue una auténtica luz en aquellas tinieblas.

Etty, ante su amigo muerto, confirma como quiere que su vida sea en adelante: "sacarte a la luz en los corazones de los otros, Dios mío”. Habiendo sido insensible a esta realidad durante muchos años de su vida, ahora sabe por experiencia que es real y que es profunda y que está siempre presente en todo, pese a las situaciones inhumanas que contempla. Nadie le podrá arrebatar este tesoro que quiere que otros descubran.

En el capítulo final, desarrolla "La experiencia mística, un modo de vivir lo humano", ¿cuáles son las claves para recorrer este camino interior que llevan a ello.

Donde hay experiencia de unidad y de plenitud, la experiencia mística, el mal ya no es una amenaza en la interioridad del ser humano. Etty descubre que la existencia del mal está en nosotros. No es algo externo que se nos imponga. Está en cada uno de nosotros. Lo importante no es estar vivo a costa de lo que sea, sino cómo se vive. "Yo he muerto mil veces en mil campos de concentración. Y aun así la vida me parece hermosa y llena de sentido cada minuto de la vida".

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  3353 votos
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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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