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3 DICIEMBRE 2016
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Bolonia, USA y la desnortada España

Arturo Galán (Boston)

Europa quiere competir con las universidades de Estados Unidos, pero esto no se consigue de la noche a la mañana. Tenemos distintas tradiciones y distintas formas de hacer las cosas. Sin embargo, si resulta evidente su superioridad en materia universitaria, deberemos fijarnos en las cosas que hacen bien. Entre las grandes diferencias entre Europa y Norteamérica está el precio de las matrículas ­­­­­-y no digo que esto haya que copiarlo-. Estudiar en las mejores universidades viene a costar en USA unos 45.000 $ por curso académico. Otra de las grandes diferencias está en los estudiantes, quizás en relación con lo anterior: más maduros y responsables, conscientes de la oportunidad que supone estudiar en la universidad, del dinero que invierten (muchos tendrán que devolver un crédito), exigentes con sus profesores y constantes en el estudio. Evidentemente, todos asisten a clase. Muy pocos estudiantes suspenden, y los que suspenden reiteradamente son invitados a marcharse. Cuando en España pedimos a los alumnos que realicen una lectura para la clase siguiente, no más de un 5% reconoce haberlo hecho. En EE.UU. sucede justamente lo contrario.

El Espacio Europeo de Educación Superior pretende imitar algunos aspectos de tradición anglosajona en la forma de enseñanza: grupos más pequeños, seminarios, tutorías, evaluación continua, etc. El peso del examen final raramente supera el 50% de la nota. La calificación se compone de la participación en clase (argumentos sobre las lecturas obligatorias y aportación de nuevas ideas), varios papers o trabajos a lo largo del semestre, participación en los cursos on-line... Está probado que el estudio continuo es más eficaz.

Pero en nuestra querida España pretendemos hacerlo sin arriesgar y sin una política educativa clara ni decidida: ¡reformas a coste cero! Y claro, el personal se rebela con toda la razón: bandazos constantes desde la Administración Pública, prisas de última hora, mayor presión para el profesorado, precariedad laboral y bajos sueldos... Habrá que ver cómo se hacen los seminarios o se realiza la evaluación continua cuando los grupos son numerosos sin más medios que los que tenemos. ¡Misión imposible! El proceso de Bolonia difícilmente tendrá éxito sin la implicación y el convencimiento personal del profesorado.

Pese a todo, soy un defensor del proceso de Bolonia. Primero, por la apertura de miras que supone (mayor posibilidad de movilidad internacional, más flexibilidad y un replanteamiento del trabajo que hacen los profesores y los alumnos). Segundo, por mi propia experiencia: las guías para la elaboración de los nuevos planes de estudio nos han obligado a los profesores de distintos departamentos, por primera vez en mucho tiempo, a sentarnos a dialogar sobre la idoneidad de las asignaturas, sobre lo que puede interesar más a los alumnos. Con una mayor participación en la elaboración de los planes, se están configurando estudios más coordinados, evitando superposiciones de materias, frenando los intereses personales y departamentales espurios, y buscando una mayor coherencia en la formación en beneficio de los alumnos. También el personal de administración y servicios se ha involucrado más en colaboración con el profesorado. Está prevista la evaluación de la calidad de los títulos y, con ello, la posibilidad de la mejora continua. Un trabajo que nos está enriqueciendo a todos y que contribuye a superar el tan fragmentado conocimiento universitario.

Tendremos que ver también si nuestros nuevos alumnos están dispuestos a asumir el reto de esta nueva forma de aprender y trabajar, de rendir cuentas semanal o quincenalmente y de no dejar todo para el examen final.

Un nuevo desafío. Esperemos que, por falta de medios, no se convierta en el mismo perro con distinto collar. Aunque, ¡quién sabe!, quizás mañana cambien de nuevo a Universidades de Ministerio y nos lleven a Agricultura...

Arturo Galán (Boston) es profesor de la UNED

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