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11 DICIEMBRE 2016
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Algo más que una crisis de inteligencia

Roberto de la Cruz

Estén atentos al próximo acontecimiento histórico que se producirá en nuestro planeta. Las palabras de Pajín en el desayuno informativo del 3 de junio parecían la antesala de algún hecho extraordinariamente relevante. A veces escuchamos a los oradores políticos utilizar términos como el mundo entero, civilización, oriente y occidente, o similares. Pero creo que nunca se había oído a ningún dirigente -salvo al hablar del cambio climático- utilizar el planeta en su discurso. Y Leire lo hizo. El acontecimiento histórico planetario serán los dos liderazgos progresistas a ambos lados del Átlántico, sentenciaba.

No tardó mucho Zapatero en responder a las lisonjas de su delfina. Por la noche, en una entrevista en Telecinco decía que Pajín es una gran dirigente de futuro para España. ¿Qué revelan estas actitudes del secretario general y de la secretaria de organización del PSOE? Sin duda, como declaraba Mayor, el grave deterioro de la clase política española. Pero hay algo más. Hay un problema de idolatría. Y el ídolo por excelencia es el que vive del poder. Lo recordaba el fundador de Comunión y Liberación allá en 1987. El ídolo es aquello en lo que el hombre pone su esperanza existencial e histórica, a lo que rinde una devoción incondicional, "es lo que, explícita o implícitamente, se considera el motivo adecuado por el que mueve la realidad y vive la sociedad", explicaba Luigi Giussani.

¿Qué consecuencias se derivan de tales concepciones, explicitadas a la perfección este miércoles por Pajín? Siguiendo esos criterios, el poder se aleja del servicio a las necesidades de los ciudadanos y se convierte en un fin en sí mismo. Si yo soy el acontecimiento histórico planetario, nadie mejor que yo sabe qué es lo que necesita la sociedad que gobierno, y entonces asumo el derecho de ocupar todo el espacio. La consecuencia inmediata es la restricción de la libertad de los gobernados, el poder establece las necesidades de la sociedad y la respuesta que dar. Y en el extremo, los administrados acaban desechando cualquier papel protagonista al creer que es el poder quien lo puede asumir mejor. Sin duda, las intervenciones de los últimos días corroboran que nos sobran los ídolos, que necesitamos que la política se ponga al servicio a la sociedad civil.

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